Sobre este blog

Desde muy pequeña he sentido que mi mundo lo dirigían como en “El Show de Truman”, pero con Fofito. Me esforzaba en tener una vida seria y, desde arriba, alguien iba soltando “extras” y guiones absurdos que me hacían perder la dignidad a base de risa. Llegó un momento en que mientras protagonizaba esas historias, mi mente solo pensaba -para sobrevivir- en cómo iba a escribirlo. Por lo que ya no puedo seguir siendo testigo en silencio. Necesito vaciar mi cerebro y madurar.

Rakel Winchester

El muelle flojo

El muelle flojo

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Todo el mundo tiene anécdotas vergonzosas, de esas que jamás contaría. Yo tengo muchas y, últimamente, me ha dado por contarlas, lo que son las cosas.

Sabido es por mis cercanos que pasé una tarde con un filete empanado escondido bajo el brazo, esperando a que se fuera todo el mundo de mi casa para comérmelo. O que me guardé un trozo de chorizo que estaba muy duro en el calcetín, pegado al tobillo, durante una cena de amigos que duró 6 horas, para comérmelo a escondidas, aunque tuve que tirarlo a la basura porque se iban a dar cuenta.

Y, por promesa a una amiga, hoy contaré una de mis anécdotas estrella de “muelle flojo”. Cortita, pero intensa.

Tendría 22 o 23 años, y mi novio de esa época y yo nos fuimos a dormir después de una noche de tele, palomitas y refrescos. Y las cosas que pasan, que por pereza no hice el pipí de rigor.

Una es ya mayorcita, y piensa que controla esos asuntos. Aunque realmente sé que jamás lo he controlado. O sea, que me he meado de risa literalmente miles de veces. Me he meado por la calle llegando a casa por la timidez de no preguntar dónde estaba el baño durante una visita, y me meé en la cama hasta los seis años. Vamos, que el pipí y yo hemos sido hermanos toda la vida.

Entonces ocurrió aquello, eso que tantas y tantas noches les pasa a las personas normales que han bebido excesivo líquido y son de “meada tardía”. Pues que me entraron ganas de ir al baño.

Total que, me levanto...

Aún recuerdo como si fuera ahora mismo los chocazos que me iba dando con las paredes del pasillo de mi casa. Plom, plom, plom. Y el sonido de mis pies descalzos por las baldosas.

Enciendo la luz del cuarto de baño. Bufff... Los ojos te hacen chispitas por haber estado a oscuras y, medio de lado, consigo caer sentada en la taza del w.c.

Esa sensación maravillosa del piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiissssssssssssssssssssss cuando estás que ya no aguantas más.

Dios, qué relax... mmmmm... Y entonces, ¡GLUPS! algo falla.

Porque comienzo a notar algo calentito por la zona del trasero, por la mitad superior de las piernas.

Cuando me levanto por las noches a un pipí, normalmente, sigo con los ojos cerrados mientras estoy sentada, porque soy de sueño ligero y si no, me desvelo. Pero en esa ocasión, hice un esfuerzo sobrehumano para despertarme y así, mirar a mí alrededor pa ver por qué notaba esos calores mojados.

Abro los ojos como dos platos, agacho la cabeza y, mientras toco mis pies y piernas y compruebo que están secos, siento como ahora la humedad calentita está localizada en mi espalda.

¡Pero bueno! ¿cómo coño puede ser esto?. Si yo estoy haciendo pipí sentada, ¿cómo tengo la impresión de que el líquido corre por mi espalda? ¡es cosa de marcianos! ¿me estaré volviendo loca?.

SO-CO-RRO.

Y en ese instante me desperté y, sí,

ME HABÍA MEADO EN LA CAMA. Literal.

SÍ, señoras y señores, meada hasta las trancas, con el coño negro y con mi novio durmiendo a mi lado.

Esto ya era lo último que me podía pasar. -¿Por qué a mí, señor? -imploré.

Me quería morir mientras el otro roncaba como un lirón.

Con la mano, palpé a mi alrededor, por entre las sábanas. ¡Oh, noooo! ¡No puede ser! El pijama de mi acompañante -de sueño profundo por suerte- estaba ¡EMPAPADO DE MI PIPÍ!. Tierra trágame, ¿qué hago? socorro, jo, ¡mierda!.

Operación secado.

(Pa verme por un agujerito, en serio).

Haciéndome la dormida y con una toalla dando toquecitos aquí y allá, intenté evaporar el pis de la cama y de la ropa del bello durmiente.

Ni que decir tiene que JAMÁS de los JAMASES entraba en mi campo de posibilidades reconocer lo que había acontecido realmente. NUNCA. De hecho, si lo lee hoy, se va a enterar de la verdad después de 6363637373 años.

Antes muerta, antes muerta, antes muerta...

Pasé toda la santa noche en vela, cambiando toallas con disimulo e intentando secar con mi escaso calor corporal, aquellas malditas sábanas. Y por supuesto, como la mejor defensa es un buen ataque, mi primera frase de la mañana, sin mirar a los ojos -con gesto de mala leche- y, saliendo pitando a la ducha nada más pronunciarla, fue algo así como:

-¡POS VAYA SI SUDAS, PADRE MÍO ¡CUALQUIERA DUERME CONTIGO EN AGOSTO!.

 

Y ahí quedó todo y yo, como una reina.

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Desde muy pequeña he sentido que mi mundo lo dirigían como en “El Show de Truman”, pero con Fofito. Me esforzaba en tener una vida seria y, desde arriba, alguien iba soltando “extras” y guiones absurdos que me hacían perder la dignidad a base de risa. Llegó un momento en que mientras protagonizaba esas historias, mi mente solo pensaba -para sobrevivir- en cómo iba a escribirlo. Por lo que ya no puedo seguir siendo testigo en silencio. Necesito vaciar mi cerebro y madurar.

Rakel Winchester

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