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Y cada noche remaré a tu isla...

Rakel Winchester

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 “ Por más que a mí me quiten que te quieracomo el foque al agua remetierasólo tu amor tendré por compañeraque más te quise dar y más te diera...”

Él era un mazacote cuadrangular de cemento silencioso, con dominio trabajado de su pasiones, ingenioso hasta la médula y de aspecto autárquico. Un rectángulo precioso. Ella, orgánica de arriba a abajo y escultora de cuerpos, tenía grandes dosis de pico y pala, un cargamento de arcilla blanda deseosa de redondear aquellas aristas y un generador de palabras 24 horas.

“...Porque sé que sin ti yo no vivo

porque donde tú estés, te persigo

por eso te quiero

y sueño contigo...“

Cada noche ella remaba a su isla, sintiéndose a la deriva, venciendo las tempestades que su subconsciente iba repartiendo a su paso. El viento espolvoreaba en sus ojos partículas de tierra de lo imposible provenientes de las plantas de los pies que aquel hombre lanzaba sin querer al caminar ...mas ella, con una paciencia asombrosa, se consolaba sabiendo que navegar portando sus innatos mares de lágrimas le ayudaría a limpiar su mirada y agarrar el fondeadero de aquella utopía.

Se nutría observándolo escondida tras los matorrales sabiendo que si él la descubriera se haría el muerto o, lo que es peor, sería capaz de lanzarse a las zanjas sin fondo que rodeaban aquella isla. Mas sabiendo que no era digna, ni poseedora, ni merecedora de su amor, no podía remediar ir en su búsqueda cada noche y enternecerse cada vez que veía en su pecho aquella herida. Aquella herida que poseen los seres mágicos que determina la existencia de una fecha de caducidad sumada a una denominación de origen patentada. Patentada de mutuo acuerdo.

“Tu amor para mí no es fantasía

me duele el recuerdo cada día

soy de tu querer que me abandona

y me quería, y me quería...“

Él únicamente iba cubierto por un taparrabos. Ella, desnuda.

Él ocultaba con aquella armadura su parte salvaje, la de puro macho, la que le determinaba como hombre. Y ella, que sabía intuir las formas bajo cualquier telón por grueso que fuera, no podía evitar mantenerse en una excitación constante por tan sólo imaginarse cabalgando sobre él.

Se colocaba boca abajo sobre la arena. El frescor de la tierra le calmaba el calor asfixiante que le producía la visión de aquella especie de hombremono senequista.

No era sexo, no... se juraba que era amor. Amor que al arrastrarse iba dejando un hilillo de líquida gelatina de deseo proveniente del interior de sus muslos. Amor que enrabietaba su entrepierna.  Amor extraño que le horadaba las entrañas un poquitito más cada noche.

Hay mil maneras de amar, y ella renunció al contacto físico en un acto de generosidad. ¿Acaso había algo más romántico que eso?

Aquel ser bello era poseedor de un don. Había negociado con la muerte varias veces, las mismas que había saltado al otro lado, decidiendo regresar finalmente. Por lo que su alma preciosa era más visible que su cuerpo. Y a cambio de seguir en tierra había renunciado a la pasión salvaje, conformado con ser un conglomerado de madera que amaba con el pensamiento. Ni su cuerpo le respondía, ni sus manos. Sus labios se metían hacia adentro al besar y vivía contracturado de contenerse. Eso sí, se rumoreaba que si conseguías uno de sus abrazos, toda tu amargura se desvanecía. La pasada, la presente y la futura.

“Tú y yo bajo la manta

tú y yo bajo la luna

brillaban tus ojos negros

reflejando la ternura.“

Ella tenía miedo... miedo de no sentirlo antes de su partida. Y por ello acechaba oculta bajo las nubes del anochecer. Sin hacer ruido. Y cuando él tomaba sus pociones soporíferas para dormir... se acurrucaba a su lado, posando la cara en su pecho para escuchar el leve latir de su corazón, cuyo son la conformaba. Y aspiraba el aroma de su pelo. Y acariciaba sus dedos, uno a uno. Cada resquicio de ellos. Y así se despedía de él, jurándose no volver. Jurándole descanso. Le agarraba el rostro con las dos manos, pegaba su nariz a la de él... e imaginaba... mientras le canturreaba bajito en los labios, deseando que alguna palabra de aquella letrilla se acomodara en su sangre para siempre con el tono de su dulce voz... para reconocerla en otra vida al nombrarle...

“Fuiste mi gran amor, sentrañas mías

si no te vieran mis ojos to los días

fuiste algo que pasa y nunca llega

y claro fue tu adiós, y clara mi pena......sin tu amor, sólo a la tierra quierosin tu amor, dos minutos es un díapor eso te quierome quitas la vía...“

E imaginaba...

...Imaginaba que él abría los ojos y sonreía con la mirada. Y le levantaba la cabeza con cuidado para que su cálido brazo fuese su almohada. Sin retirar la vista de la suya. Como un foco de luz entre tanta fría negrura. Imaginaba que su suave mano se entremetía por su cabello. Tieso como un palo, pero exhalando cariño sus yemas... Y ella se estremecía y tensaba las piernas. Y movía nerviosa los dedos de los pies adornadas  sus uñas con esmalte rosa claro. Y aquella otra mano libre acariciaba livianamente su hombro, su cuello, su pecho... haciendo una pausa circundando sus pezones con tal delicadeza... que un suspiro escapaba sin remedio de su garganta... Y a su sexo llegaba aquel dolor regustoso comparado con un imán al chocar con hierro, impregnándose de su interior.

Imaginaba que por un instante él olvidaba su parte más leal... y que dejaba salir al bárbaro.

Al bestia.

Al animal.

El que sin más preliminares que el propio deseo atroz la agarrara como a un trapo de la cintura haciéndola sentir ingrávida y clavara su espalda a una roca, esa roca inclinada que protegía del viento su lecho.

Y abriendo sus piernas en ángulo máximo, se adentrara en ese vértice que quemaba, gruñendo salvajemente, fundiendo su saliva con aquel líquido viscoso impregnado de amor que ya chorreaba. Saboreando cada gota, succionando, mordisqueando, lamiendo como un carroñero cada curva, cada pliegue... Devorando hambriento los alrededores y buceando en su interior con esa lengua histérica liberada de su cárcel.

...Y ella, ansiando asfixiar esa cara bonita entre sus muslos y empadronarlo en esa posición para toda la eternidad. Y él clavando sus dedos en aquellos tobillos ya amoratados, apoderándose de aquel volcán, calmando a bocaítos sus suspiros ...y ella aferrada a su melena con la violencia de una loba que protege su camada, presionaría su cabeza hasta fundir su cuerpo en ella, ahuecando su vagina para dejar espacio al instinto en su más textual significado.

El hombremono  olisquearía esa abertura, sonreiría por primera vez enseñando su diente de oro, la tumbaría en el suelo  a cuatro patas y sacaría de su escondrijo de tela su miembro duro preparado ya para apoderarse de ella. Y, en un momento tarzanesco, golpearía su pecho con los dos puños gritando vilmente al cielo como los jefes de manada.

Cuando sus pieles lindaban fluía una extraña comunicación... que relataba muerte y vida. Penas y risas. Y esa otra forma de sentir... esa otra forma de quererse en lo imposible y en la distancia. Y al igual que el amor animal pasó a ser amor humano el día en que a la hembra le dolieron las rodillas al ser penetrada y probó a darse la vuelta para mirar a su macho, ella, con un sutil giro, montó sobre él y besó su cuello. Y él destensó aquella rigidez. Y ella sonrió. Escupió en la punta de su pene lasciva y frotó su clítoris con él y se embriagó de dulzura flotando sentimientos de colores en el aire.

“Quisiera escuchar la voz del vientoque trae los suspiros que tú dastus penas son como las míascomo la oleá del mar.”

Y aun no cambiando el gesto, él se dejó hacer... Y ella... se estimuló delicada, ahora lento, ahora veloz, estrujando cada segundo de placer para no olvidar nunca cada sensación... contorneando su cintura y entreabriendo sus generosos labios deseosos de besos. Y cuando se sintió saciada... reventó cabalgando sobre él apretando sus músculos vaginales con la furia de una potra bravía. Gritó deseos ocultos en su garganta y respiró de su boca. Dejó de latir arañando su vientre y pidió al universo que ahora sí la dejara partir, sabiendo que habiendo experimentado lo máximo del sentir, ya nada más le quedaba por descubrir que pudiera impresionarle en la vida...

...Y allí desfalleció, sobre él. O así ella lo creyó. Desapareciendo lo negro de su pasado y volviendo a renacer la luz.

Y con el amanecer, montó en la barca recargada de aquella misteriosa alegría con que se impregnaba con aquella fantasía... y el aire le trajo aquel susurro proveniente de aquella isla:

-Usted es un regalo del cielo, es un eternidad metida dentro de una cosa bonita...

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