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Sobre este blog

Crecí en los 70 bajo la influencia de la Señorita Pepis, un set de maquillaje para niñas del que arranca un amor interminable por el rojo de labios y el khol enmarcando la mirada. Las tendencias y la moda, la cosmética y el sublime arte del perfume me interesan con una pasión que solamente los adictos sabemos reconocer. Y sí, somos cientos de miles de personas -por cierto, muy distintas en edad y características sociales- para quienes la moda es una motivación, un bálsamo, un acicate, un exquisito pasatiempo. Ahora que Internet y las redes sociales han incendiado el mundo con la revolución fashionista, por qué no echar más leña al fuego desde las páginas de CORDÓPOLIS.

Auriculares

Joven con auriculares Beats Studio Pro

Ana Fernández

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Tengo una relación de amor-odio con los auriculares, ese accesorio tecnológico que comunica y aísla a un tiempo, convertido en extensión del cuerpo humano.

Si el mando de la televisión fue la llave liberadora para cambiar de canal sin levantar el pandero cuando la “pantalla amiga” se veía masiva y colectivamente por las familias, hoy, los confortables cascos y estos casquillos sin cable para las orejas no sé hasta qué punto hacen más dueña a la persona de su soberana individualidad.

Una cosa es cierta: la gente tiene sus razones para escuchar a través del auricular con sonido envolvente y cancelación del ruido exterior, de modo que no voy a criticar a quienes eligen ir por la vida (calles, gimnasios, pasillos, salas de espera, ascensores, trenes, etc.) en compañía de su música, su radio, su pódcast, sus notas de voz, su serie, su audiolibro y el audible que le plazca.

Las personas nos comportamos de diversos modos y muchas veces contradictorios al entrar en el ecosistema de sonidos, ruidos, voces… y ante la misma comunicación; lo mismo montamos una feria improvisada con altavoz y bebidas en medio de la floresta que andamos cual autómatas silentes embelesados con una obra maestra de la cultura universal que zapándonos lo que señores o señoras gurú digan o publiciten. 

A veces, también hay que reconocerlo, cascos y auriculares salvan de hablar cuando no nos apetece; palian el tormento de los sectores económicos desvergonzadamente ruidosos, tan abundantes en España; nos ahorran la desconsideración de mensajes privados que resuenan públicamente o los dolores sonoros de algunas fiestas populares.

Pero los auriculares -al menos eso me parece- presentan riesgos preocupantes, por muchas, atractivas y poderosas que sean sus ventajas.

Estos aparatejos quizás nos están acostumbrando a escuchar sin preguntar ni preguntarnos, a zafarnos de conversaciones triviales que podrían ser cruciales, a fingir que estamos maravillosa y provechosamente ocupados mientras alimentamos a quienes se lucran con nuestras horas semanales de enganche a dispositivos electrónicos con pantalla.

Ocurre que la rebeldía de poner en cuestión y la sensata desconfianza frente a quien venga con recetas para arreglarnos el mundo, lo mismo que la voz de alarma, el autoconcepto y el sentido común, se debilitan cuando escuchamos en el mismo oído, cuando escuchamos en aislamiento y soledad los mensajes; mensajes que se cuelan en la mentalidad sin un debate ni intercambio razonado y veraz de puntos de vista, sino quizás en batallas trucadas y acosadoras que campan por las redes sociales.

Abusar de cascos limita nuestra capacidad de escucha, algo que, a todas luces, no es bueno; porque los sentidos informan y advierten y regalan oportunidades y descubrimientos; así que, si vamos prácticamente encauzados por pantallas y auriculares, vamos mal.

Quienes tienen poder y buscan acumularlo no paran de escuchar por todas partes. Nuestra privacidad es su negocio. Para captar nuestra voluntad. Para comerciar con quienes somos. Para vendernos cosas. Y, por el contrario, en plena expansión de las TIC resulta que crece el porcentaje de gente que no quiere saber nada (ni de calidad, ni de los mejores medios solventes, ni quizás positivo, ni quizás esperanzador) de lo que ocurre en el mundo, probablemente por el veneno de la desinformación, por endeblez de la cultura democrática, por carencias sociales y educativas, por culpa de interesados relatos apocalípticos que ponen en la diana a chivos expiatorios y en la solución a descarados lobos que se presentan al puesto de pastores -y ya vemos que hasta los eligen-.

¿Qué hacemos con los auriculares? ¿Cómo evitar una era de seres digitalmente aislados en burbujas de contenido? Frente a cuestiones como estas, juego a imaginar qué contestarían Noam Chomsky o Martha Nussbaum. A lo mejor funciona esa tarea históricamente nunca bien completada de centrarnos, sin descanso y lo más justa y eficazmente posible, en cada persona, y ponernos todxs, con ganas, con respeto, con curiosidad, a dialogar.

 

Nota: Las menciones a marcas y productos no llevan aparejada ninguna contraprestación

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Crecí en los 70 bajo la influencia de la Señorita Pepis, un set de maquillaje para niñas del que arranca un amor interminable por el rojo de labios y el khol enmarcando la mirada. Las tendencias y la moda, la cosmética y el sublime arte del perfume me interesan con una pasión que solamente los adictos sabemos reconocer. Y sí, somos cientos de miles de personas -por cierto, muy distintas en edad y características sociales- para quienes la moda es una motivación, un bálsamo, un acicate, un exquisito pasatiempo. Ahora que Internet y las redes sociales han incendiado el mundo con la revolución fashionista, por qué no echar más leña al fuego desde las páginas de CORDÓPOLIS.

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