Cuestión de fe

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Íbamos a misa a darnos la paz. Era una batalla aquello. Remoloneábamos antes de ocupar los bancos. Nos mirábamos unos a otros, planeando la estrategia, intentando adivinar el movimiento del rival. Todos queríamos sentarnos entre Vicky y Yolanda. Doblete. O al lado de Beatriz, que no era poca cosa.

O, según qué días, a la vera de Marta, que era la que mejor olía, pero la que tenía peor humor. Aquellos besos de domingo hacían más llevaderas las semanas. Aquellos besos eclesiásticos en la mejilla que eran, para un niño de diez años, lo que un polvo empotrador contra la encimera para un adulto de cuarenta. Ya de mayor entendí, qué idiotas no sospecharlo, que eran ellas las que elegían con sutileza nuestros asientos, que se reían por dentro de los disimulados empujones que nos dábamos entre nosotros, que aquel beso era su placer y terminó siendo nuestra angustia.

Antes de eso, antes de que la carne se hiciera verbo, yo había querido ser cura. Veía Pueblo de Dios para cachondeo general, porque mi casa tenía de católica lo que Florinda Chico tenía de método Stanislavski. Incansable, ajeno a la socarronería doméstica, me sentaba frente al televisor en pijama para escuchar a los sacerdotes contar sus historias, esa coreografía blanquísima, la lentitud del discurso, el hieratismo, tanto rito apasionante, que si vino, pan, tapar la copa, los libracos… era muy pequeño y a mí aquello me parecía fascinante. Los silencios. El eco. Los micrófonos plateados. No veía el momento de ponerme ya a oficiar delante de mis señoronas enperladas, mis adustos caballeros de traje verdoso y todos aquellos niños bien peinados, con encaje y mocasín.

No sé qué pasó por el camino, pero perdí la vocación. Los niños querían ser futbolistas, yo quería ser cura. Ni ellos ni yo conseguimos nuestros sueños. Jesús me soltó de la mano. Soy de los que beben cerveza en el bar de al lado mientras los amigos se besan, con la venia sacerdotal, frente al altar. Ahora toda mi fe la invierto en el voto. Mi dios ahora no es un rubiazo de ojos claros, con túnica alba y melenón suave, sino un gris candidato trajeado. La política, como la religión, es una comunión con lo incierto. Ir a las urnas es lo más parecido que existe a reclinarse y echar un rezo. Y, en el mejor de los casos, conformarse con un ´virgencita, que me quede como estoy´.

Hace tiempo que perdí interés en la política. No en hablarla. Porque hablar de política sigue siendo mejor que practicarla. No quiero decir que en el sexo pase igual, pero ahí dejo la idea apuntada. Como en misa, en los mítines nos dice lo que queremos oír. Un juego de trincheras fácilmente digerible. Unos pocos acólitos que se sientan absortos a escuchar y que lo mismo se entusiasman con las epístolas paulinas que con los chascarrillos de Monedero, las bravatas de Ortega-Smith o los acaloramientos de Ábalos. En la Iglesia vamos de lo terrenal a lo celestial y en los partidos políticos están empestiñados en convertir lo que debería ser divino en una suerte de ejercicio vulgar y mundano. En algún momento perdimos la perspectiva de lo que debe ser la democracia si escuchamos a los líderes con melosa devoción y cacareamos sus proclamas en nuestra esfera privada sin que asome la disensión, ni la escucha del otro, ni la posibilidad, aunque sea remota, de estar equivocado en alguno de nuestros planteamientos. La fe mueve montañas, dice el dicho. Qué no moverá la política, este poder palpable, lucrativo e igualmente opaco.

Las cosas de la vida: tras mi fracaso como cura, fantaseé con ser alcalde. Eso ya fue en el instituto. Recuerdo a Herminio Trigo sirviendo en un perol en el campo de fútbol de Miralbaida. Con mucha gente riéndole los chistes. Henchido de pueblo, platos de plástico, camping-gas. Parecía divertido ser él, en el centro de todo, en la portada del Diario Córdoba, con ese bigotazo, como un Stalin de andar por casa, sonriendo satisfecho mientras la ciudad crecía así como crecía, parcelada, improvisadamente, deshaciéndose en polígonos y huertas. Visto en perspectiva, creo que lo que siempre quise fue mandar. O que me escucharan. Por eso me puse a escribir, supongo. Para que me hicieran caso. A veces pasa, que la palabra de uno solo tenga sentido cayendo en el oído de los demás.

Que Dios y el Ibex nos acompañen en este futuro incierto, con esta España que, como a la Gata Flora, si se la meten chilla y si se la sacan llora. Yo sé que es un dicho muy pedestre, pero ningún otro define mejor estas querencias pueriles. Queríamos Gobierno hasta que hay un posible Gobierno, que entonces ya no lo queremos. Queríamos votar hasta que votamos. Ganaron unos pero perdimos todos. Esas cosas que se leen. Donde no hay lugar para los demás. Sólo para uno mismo. Para el pataleo y el berrinche. Ególatras y torpes, ilusionistas y loros, nuestros políticos están viviendo su propio western crepuscular. Yo, que quise ser cura y alcalde, os recomiendo paciencia, levantar el freno del acelerador, bajar las expectativas, acercarnos al futuro como quien avanza a oscuras por un pasillo. Palpando, sin correr, con exagerado cuidado. Dejen la fe a los profesionales de esto y sobre los políticos no pongáis otra cosa que la lupa, para los propios y para los ajenos. Y lo digo por si alguna vez soy alcalde, o me llaman para ministro o quién sabe. Gastad cuidado, y no me quitéis el ojo de encima.

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15 de noviembre de 2019 - 14:42 h