Sobre este blog

Como desde siempre he sido reacio a levantar pesos o manipular herramientas, pero sé leer, escribir y hablar, he acabado trabajando (es un decir) en medios de comunicación escritos y radiofónicos. Creo que la comunicación y la cocina tienen muchas cosas en común: por ejemplo ambas necesitan emisores y receptores, y tienen una metodología parecida, una suerte de sintaxis y de morfología que deben ser aplicadas. Cocino habitualmente en casa y mi último descubrimiento ha sido comprobar que recoger y limpiar utensilios mientras preparo la comida es muy bueno: ha cambiado mi vida, de hecho. Buen provecho a todos.

Qatar 2022. Cargo de conciencia (I)

Imagen promocional del Mundial.

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Suele definirse el “cargo de conciencia” como un sentimiento de culpabilidad provocado por la responsabilidad de una mala acción, o algo así. Bah, debe ser otra milonga más de nuestro peso y pesado judeocristianismo. Nos la debería de soplar, pero no es fácil el soplo. Son muchos años ya.

¿Debería darle “cargo de conciencia” a un tipo como yo ver los partidos del Mundial? That´s the question.

La FIFA, esa cosa, decidió en 2010 que el Mundial de Fútbol del año 2022 se celebrase en un pequeño emirato del Golfo Pérsico. Donde apenas había estadios sobre la arena. La decisión se despachó fuera de los despachos oficiales, con sombras de sobornos, trinques varios, sobres y maletines: Michael Platini pasó de ser uno de nuestros cromos favoritos a ser un tahúr de la ribera del Sena.

En Qatar no hay apenas cataríes, así que los estadios de fútbol se han ido construyendo con mano de obra inmigrada que han llegado de Nepal, Sri Lanka, India o Palestina. Ninguna selección de esos países participa en el Mundial. Si es que dejarse la vida no sea una participación. Tres o 90 o 6.500 han muerto allí “por la causa”, según las cifras, las letras o las fuentes. Da igual: uno solo ya desinfla el balón.

Tampoco fuera de Qatar hay cataríes, solo emigra de ahí su gas y su petroleo hasta teñir de chapapote la Torre Eiffel del escudo del Paris Sant Germain que muchos franceses llevan en su corazón.

En este Mundial de signos, como todos, es posible que veamos logotipos borrados de las camisetas, escudos teñidos a negro, brazaletes con la bandera del arco iris… cosas así. Como vimos manos alzadas en París con el nazismo, como lo recordamos en la Roma del fascismo en el 34, como vimos a los papelitos volar en Buenos Aires delante del bigote del General Videla y de sus “desparecidos” mientras Kempes se cargaba a Holanda para que no se lo cargaran también a él.

Como cuando en el 82 vimos la tonta sonrisa de “El Naranjito” mientras España olía por las mañanas a Goma2.

Como cuando en el Estadio Azteca el propio Dios le prestó la mano al hombre que tenía el mejor pie izquierdo de la Historia. En el fútbol, salvo el portero, nadie puede tocar el balón con la mano; sin embargo las reglas estallan en los reglamentos y gol es gol.

Empieza hoy el Mundial (20-N; ay, nostálgicos, qué fechita más entrañable. Id a misa, que es domingo) con el partido entre la selección anfitriona, como es tradición, y la que le toque según el sorteo de su grupo. Es un Qatar-Ecuador.

Vamos con los nuestros: ecuatoriano es el motorista que me trajo anoche unas bandejas de sushi de mierda a casa donde estaban mis amigos, ecuatoriana es la keli que aspira la moqueta, hace la cama y le pone la cinta precinto al inodoro del cuarto de baño de la habitación del hotel, ecuatoriano el que te trajo el pedido de Amazon, ecuatoriana también la que empuja la silla de ruedas de la anciana de mi barrio cuando va a tomar un poco de sol.

Ecuatoriana la que cambia los pañales muy fuera de su casa. Y no conozco a ningún catarí por el barrio.

¡Vamos Ecuador, a por ellos!

No. No tengo “cargo de conciencia”. Tengo otro montón de cargas y voy a ver el Mundial.

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Como desde siempre he sido reacio a levantar pesos o manipular herramientas, pero sé leer, escribir y hablar, he acabado trabajando (es un decir) en medios de comunicación escritos y radiofónicos. Creo que la comunicación y la cocina tienen muchas cosas en común: por ejemplo ambas necesitan emisores y receptores, y tienen una metodología parecida, una suerte de sintaxis y de morfología que deben ser aplicadas. Cocino habitualmente en casa y mi último descubrimiento ha sido comprobar que recoger y limpiar utensilios mientras preparo la comida es muy bueno: ha cambiado mi vida, de hecho. Buen provecho a todos.

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