Fantasía 3: La música del Purgatorio

Estoy a las afueras de Pomona, California (EEUU), en un rancho un poco destartalado, rodeado de tierra desierta en la que apenas crecen unas acacias dispersas y, eso sí, hay un pequeño maizal que se riega con aspersores. "El maíz es para las vacas", me dice Tom Waits, señalando un establo cercano en el que cuento doce vacas un pelín escuálidas.

Mi buen amigo Tom es un gran músico y un poeta excelso. También es actor; pero eso lo hace un poco por cachondeo y por entretenerse.

Desayunamos en la mesa de la cocina del rancho cubierta de un mantel de cuadritos y junto a una luminosa ventana que da al maizal. La mujer de Tom, Katheleen Brennan, nos ofrece panqueques recién hechos y café.

Tom me cuenta que, cuando no graba, rueda o sale de conciertos, se dedica a llevar a los chavales de los ranchos vecinos al colegio. Los monta en su viejo Mustang y les canta canciones de Disney mientras conduce.

Tiene también un coyote amaestrado. "Se llama Frank, porque cuando aúlla afina como Sinatra".

A Tom le gusta comprar o recopilar instrumentos antiguos. Me señala un trasto desvencijado que está apoyado en la pared. "Mira eso. Es mi última adquisición. Es un pequeño órgano que recogí de una vieja iglesia presbiteriana abandonada. A unas setenta millas de aquí… Le faltan algunas teclas; pero suena bien".

"¿Que suena bien…?", pregunté yo, desconfiado. "Sí", dijo Tom, "suena como el purgatorio".

"Oh, I know; lo que tú digas. Tú, en estas cosas, siempre llevas razón", contesté mientras le daba un mordisco al panqueque.

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11 de octubre de 2015 - 03:05 h