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Connery

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Luis García

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Desde hace muchos años he practicado a distancia esa pasión tan juvenil de la mitomanía. No tengo el menor interés en observar de cerca a gente a la que admiro profundamente. Ni por curiosidad. Me basta con disfrutar de su obra, de esas películas y de esos libros que hacen infinitamente más placentera la existencia. Pero algunas veces te has cruzado con alguien, has coincidido en un restaurante o en una librería (esto último me pasó hace no mucho en “Ocho y medio”) e intentas fijar tu vista y tu oído para ver el careto y escuchar la voz de algún hombre o mujer que tienen justamente ganado el apelativo de míticos. Estoy seguro que con algunos, la imagen que te has formado de ellos a través del cine, la personalidad y las sensaciones que transmiten, permanecerán intactas al observarlos en carne y hueso. Pero ocurre lo mismo con gente totalmente anónima. Aunque no tuvieras la menor idea de lo que representan, sería imposible no fijarse en ellos, no percibir su campo magnético, su aura, ese aroma tan poderoso como insólito. También he tenido el placer de experimentar esta sensación. Así, he constatado a distancia las esencias de la masculinidad, el estilo autónomo, la clase genética, la sabiduría vital en tipos tan irrepetibles como Humphrey Bogart, como Cary Grant, como Michael Caine. Y como Sean Connery.

Connery, independientemente de que se meta en la piel de un minero de Pensilvania o en la del último pirata berberisco, al letal servicio de su majestad o como maestro de Eliot Ness, como enloquecido rey de Kafiristán o como agónico Robin Hood, siempre desprenderá estética, clase y códigos intransferibles.

Por eso me levanto esta semana con la noticia de su enésima citación para declarar sobre sus supuestos tejemanejes en la compra-venta de su patrimonio malagueño y el mosqueo te invade. Podrías imaginártelo en la vida real como delincuente de primera clase, atracando bancos invulnerables, estafando a los pulcros tiburones que acumulan y tapan mierda estimulados constantemente por ese polvito blanco que les hace sentirse dioses mientras disfrutan de yates y putas de superlujo que les relajan del extenuante trabajo de robar al prójimo. Pero resulta bochornoso constatar que pudo hacer rapaces bisnes, participar en ilegales recalificaciones urbanísticas y mantener un colegueo surrealista con el impresentable zoológico marbellí. Asociar la fragancia que desprende ese tío, su presencia, sus modales, con la caspa racial, la ordinariez satisfecha, el cutrerío exhibicionista, la ostentación hortera y el analfabetismo chillón del gilismo y sus sucesores me parece ridículo. Hermanar su inimitable imagen con la de ese grupo de tonadilleras, rocieras, tránsfugas despreciables, chuloputas de club de carretera, siliconeo militante, leguleyos con hedor franquista y algún que otro custodio de arte al por mayor, es simplemente inconcebible.

Connery ha vuelto a escaquearse de su cita con el juzgado. Bueno, le pueden ocurrir cosas peores. Por ejemplo, que le dediquen cultural atención en espacios tan refinados como Sálvame, La noria o en cualquier otro emplazamiento del distinguido universo Telecinco.

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