Las dos estrellas de los abejorros

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De tanto en tanto, por las redes aparece la historia del abejorro que vuela porque no sabe que su cuerpo no está preparado aerodinámicamente para ello. Dicen que hasta está escrito en las paredes de la NASA, y aunque científicamente sea un bulo, el ejemplo no está mal para explicar lo importante que es vivir sin lastres propios ni creencias limitantes, que no dejan de ser esas pajas mentales que nos contamos para explicar (y predecir) nuestra falta de resultados. Nos joden la vida porque nos impiden alcanzar los sueños que tanto anhelamos, pero nos reconfortan y establecen un techo de cristal que nos evita el mal rato de tener que justificar nuestro fracaso o nuestra incapacidad para lograr algo más. Simplemente, las cosas son así. Ya está.

Pero al abejorro nadie le ha dicho que no podía volar. No lo sabe, no ha crecido escuchando el manido "pero déjalo, que no puedes", nadie ha ejercido nunca un poder coercitivo, jamás escuchó un sentencioso "eso es imposible" y no ha terminado incorporando en su identidad esa incapacidad para hacer algo que está dentro de su esencia. Sencillamente, no volar no entra en sus planes, por eso nunca se lo ha creído y no ha dejado que una opinión externa condicione su existencia. La selección española de baloncesto es como los abejorros. Nunca se ha creído que no podía ganar, y por eso ayer se colgó la segunda estrella de su escudo escribiendo probablemente la historia más bella jamás contada en la historia de nuestro baloncesto.

Lo tenía todo en contra. Todo. Las ausencias (Pau Gasol, Abrines, Ibaka, Mirotic, Sergio Rodríguez…), el inicio titubeante, las opiniones, las feroces críticas tras la primera fase, los vaticinios de los agoreros… Pero ellos siguieron a lo suyo, creciendo, mejorando, minimizando los puntos débiles y potenciando los fuertes. Tras el Mundial de Japón en 2006, la Federación Española (FEB) lanzó una campaña sobre los valores que ese título podía transmitir a la sociedad, algo que podría recuperar este año enarbolando banderas como el sacrificio, el trabajo en equipo, la capacidad de superación, la autoestima más allá de la opinión externa, la asunción de roles, el objetivo común por encima de los egos, el desarrollo de un lenguaje coherente con la misión, la gestión de las emociones…

"Nosotros creemos", decía partido tras partido Ricky Rubio, pero casi nadie le hacía caso. Ricky se ha hecho mayor delante de nuestras narices, y quizás hasta ayer no nos hemos dado cuenta. Hace unos días leía en El Mundo que el base de El Masnou ha sido durante toda su carrera víctima de las expectativas que se generaron sobre él en comparación con lo que es. Es curioso que el día que España ganó el oro de Japón, Ricky hizo el milagro de llevar a la selección al oro en el Europeo cadete de Linares, y 13 años después es campeón y MVP del Mundial cuando apenas tiene 27. Puede que el problema es que nos hemos cansado de verlo, que con 14 años ya competía entre los mayores con el sambenito de niño prodigio colgado del cuello. Pero el niño se ha hecho hombre, con su pelo a lo lobezno, su coleta y sus tatuajes, pero también habiendo superado la muerte por cáncer de su madre, durísimas lesiones y críticas destructivas. Todo eso le ha ayudado a madurar hasta convertirse en el líder de un equipo de leyenda, en la cabeza visible de una gesta que se recordará con el tiempo y nos encargaremos de transmitir de padres a hijos.

Pues sí, ellos creyeron. Rudy, Llull, los Hernangómez, Marc… Todos creyeron, y por encima de ellos, Scariolo. "Cuando ganamos soy Sergio, cuando perdemos soy el italiano", decía hace tiempo un entrenador legendario que aparte de lecciones tácticas partido tras partido ha sido un ejemplo en la gestión del grupo y en la generación de un entorno emocional idóneo para alcanzar el éxito. Ni una palabra más alta que otra, ni una queja, ni un reproche que sirviera de coartada a la derrota… Eso es el liderazgo, la capacidad para alinear el talento en busca del máximo resultado. Tricampeón de Europa, plata olímpica y campeón del mundo, Scariolo ya es uno dei noi, una pieza indispensable en la historia de nuestro baloncesto y, sobre todo, un digno heredero de los valores generados por Pepu Hernández, el padre del BA-LON-CES-TO.

Como el abejorro, España tenía todo en contra en el Mundial, y aunque el equipo no estaba hecho para ganar, nunca se lo creyeron. Qué lección más bella, qué forma más bonita de mandar al carajo el temido efecto Pigmalión. Quizás tendríamos que tomar ejemplo y dejar de contarnos mierdas a diario, de infectarnos con nuestras propias palabras y de contagiarnos con nuestros propios pensamientos. No es cuestión de ser unos inconscientes, sino de empezar a confiar más en nosotros mismos (individualmente, como ciudad, como país) y trabajar sin que nadie nos diga lo que no podemos hacer, sobre todo, sin que nosotros mismos salgamos derrotados antes de que el árbitro eche el balón al aire. Sólo así España puede lucir dos estrellas sobre su escudo, porque nunca supo que no podía.

"Esto solo es deporte. La vida es mucho más que deporte pero esperemos que esta historia que hemos escrito en China les inspire a ser capaces de superar los baches de la vida"

Ricky Rubio

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Publicado el
15 de septiembre de 2019 - 23:05 h
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