Zubizarreta

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´Jugar bonito´ es como el de ´pan de gambas´, no caben más mentiras en menos palabras. El fútbol es un viaje a la victoria. La victoria no es Ítaca. Nadie nace leyendo a Cavafis. O llegas a puerto o eres pienso de peces y trapos a la deriva. Sólo a los melifluos y a los que odian el fútbol les tientan las derrotas. Como niños que rompen juguetes sólo por ver qué sucede dentro del pecho del Capitán América, dónde está el motor de los coches huecos, qué secretos esconde la cabeza de una Barbie.

No hay dignidad en mascar tierra. Habrá esfuerzo, habrá entereza, pero no hay consuelo. Jugar sólo es bonito si vences. Siento ser tan prosaico. Perder es un baile melancólico. El marcador vomita su sentencia. A lo lejos otros son los que celebran, los que se abrazan, los que señalan al cielo y buscan el calor de la grada. Tengo 39 años. Ni Reyes Magos ni Ratoncito Pérez ni literatura del fracaso. Esta foto de Zubizarreta, mi primer ídolo, con el luminoso frente al Milán como una guillotina. De muy pequeño yo era del Madrid, pero Zubizarreta era como un padre metido a guardameta. Tan grande, tan lento, tan seguro. Zubi, llévame al colegio de la mano. Patea un balón conmigo en el parque. Dime que todo va a salir bien. Pregúntame la tabla del siete, que creo que ya me la sé.

Vivimos tiempos romos. Rodilleras, coderas y casco para el espíritu. Esto no va de hacerse los valientes, sino de aprender a convivir con lo que duele. Si eliminamos la derrota, si la justificamos, si intelectualmente, si artísticamente, la apoyamos; estamos convirtiendo al fútbol en una coreografía sudorosa y triste. Perder un partido es terrible. De las cosas más terribles que existen. Sólo detrás de la Nocilla con dos colores, de la vecina que huele a tabaco y del inoportuno padrastro cuando hay gambas que pelar en Nochebuena.

"Vamos a crear una cantidad de fracasados tremenda. No hay que valorar tanto la victoria, porque sólo la consigue uno. Todos los demás pierden. Hay que valorar el esfuerzo", dice Quique Setién. Pero qué generación de fracasados. Pero qué dices, buen hombre, qué castigo hay mayor que no ser consciente de la victoria, que despreciarla de esta manera. Cosa más abigarrada que irse corriendo a consolar al perdedor cuando el cuerpo nos pide chillar y abrazar al compañero que paró el balón definitivo, al que me asistió en el gol, al que aún sangra por la rodilla. Cómo va a ser más importante el cómo de una derrota que una victoria suavona y arrastrada. Una victoria mediocre y tremenda. Qué es el fútbol sino esta injusticia sobre el césped. Este balón esquivo. El larguero, el cacheo, la mano no pitada, el olor del vestuario a terror y a Reflex. Lo inesperado. El chorreíto. ¿Habrá algo más natural, humano y futbolero que, si las circunstancias lo permiten, empujar el balón con el culo en la línea de gol? ¿Qué es la infancia sino el exceso, la anarquía, el señordelasmosquicidio de todas estas normas melindrosas y cursis que nos estrujan ya de adultos?

Luego llegan los chavales con sus versos en internet y decimos que eso no son poemas, que lean a Mark Strand y a Anne Sexton. Que aprendan. Pero a los chavales futbolistas no se les puede decir que si tienen las botas del revés. Que menos regate y más agarrar en los saques de esquina. Que si el portero se duele de una mano hay que lanzarle todas a ese lado. Que hay otros deportes. Que el fútbol es, sobre todo, equipo y goles. Los artistas sí pueden ver el brillo del cuchillo pero los futbolistas son seres sensibles, con su luz y sus frustraciones, y vamos a crear una generación de no sé qué. No como la mía, cicatrices aún de ese albero con chinos, un error en la salida que aún nutre mis pesadillas. Y aquí estamos, mirando a la vida a la carita, como le pedía Luis Aragonés a Romario. A los jóvenes poetas que les den pero a los jóvenes futbolistas uy la derrota no vaya a ser qué.

No pongamos la educación en manos del fútbol. Dejemos que el fútbol sea fútbol. Dolorcitos y llantinas. Calaveras y diablitos. Desmerecimiento. Fracasar es la chispa de la vida, son espejos donde encontrarnos. Nadie gana siempre. Ni el mejor tiene el expediente en blanco. Cuánto dolor llevará Messi en el corazón. Cuántos partidos que ni siquiera recordamos los aficionados lleva él como puñales marianos en un ladito del pecho. Fantaseo con la idea de que Messi falló un gol importante con ocho años en un partido trascendental sobre tierra que ya nadie recuerda menos él que piensa en ese gol que no fue, en la recriminación de sus compañeros, en el fugaz fracaso. Un Messi que cimenta toda su carrera sobre ese barro de la memoria.

De las derrotas, como del running, también se sale. No hay arquitectura que sustente la perdida. "Murió papá, pero miradlo por el lado bueno, hemos tenido que aprender a cocinar". "Estrellamos el coche y ya es todo chatarra, pero mirad, ahora cogemos más la bicicleta que contamina menos y es más sano". "Nos ganaron tres a cero, nos dejaron sin final, pero nosotros propusimos un juego más vistoso, asociativo y profundo y hay que morir así, siendo fieles a nuestro estilo aunque no sirva siempre para ganar", dijo ningún aficionado nunca.

No engañéis a los niños. Consoladles en la derrota pero no le quitéis intensidad al duelo. Es mejor un "la semana que viene os resarcís" que "has hecho un gran esfuerzo". ¿Qué es el esfuerzo? ¿Quién lo limita? ¿Quién se esforzaba más, Buyo corriendo de un lado para otro del área, haciendo palomitas innecesarias, tirándose a por balones imposibles para evitar el córner o Zubizarreta, hierático, ausente, sin mancharse apenas los calzones, estirando sus larguísimos brazos en búsqueda del balón con seriedad y confianza? ¿Quién se esfuerza más en un equipo? ¿Qué niño no sale a morir o desfallecer en cada pachanga liguera con el peso del escudito serigrafiado en su camiseta de Acerbis prestada? Competir es atarse los cordones y salir al campo. El resto es literatura. Y de la mala.

Alejad el mindfulness de los campos de césped artificial. Alejad la hondura de un deporte barriobajero y revientatobillos. Ni hay que pedir perdón por golear ni hay que pedir atención psicológica por perder. Sólo basta con que la semana que viene haya otro partido. Ajustarse los guantes a la muñeca. No pensar demasiado en el marcador. Seguir erre que erre. Sacudirse las briznas y seguir. También hay diversión en que tu equipo se ponga cuatro a cero. Aunque seas el AC Milan y Zubizarreta se siente en el césped pensando en el encuentro futuro. No hay maldad en el que gana. Sólo felicidad y un orgullo rechoncho y luego el vacío. Tras una maravillosa faena, un periodista se acercó a Curro Romero y le preguntó: "Maestro, ¿qué se siente tras un triunfo así?". "Ahora ya, nada", contestó el torero. En esa nada coincidiremos todos, vencedores y vencidos, donde la pelota y el alma corretean de la mano como en el limbo.

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23 de mayo de 2019 - 18:26 h
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