Días de agosto en el Monasterio del Parral
He pasado la última semana de agosto en el monasterio jerónimo de clausura de Santa María del Parral evocando la memoria de mi padre, que estuvo allí de monje en 1946-1947.
El monasterio está situado extramuros de la ciudad de Segovia, junto a la antigua Casa de la Moneda, en un paraje natural de incomparable belleza a orillas del río Eresma. Es el único monasterio masculino de esta orden monástica española que queda activo en el mundo, albergando hoy a sólo seis monjes. Otros edificios que fueron regentados por los jerónimos son ahora propiedad privada o pública y se destinan a fines no religiosos, como el que está situado en la sierra de Córdoba.
Sobre una antigua ermita dedicada a la Virgen de El Parral, el monasterio de Segovia fue construido a mediados del siglo XV bajo el patrocinio del Marqués de Villena (futuro valido del rey castellano Enrique IV). Desde entonces ha tenido periodos de esplendor y también de crisis, e incluso de abandono, debido a determinados avatares históricos que hasta llegaron a provocar la disolución de la orden monástica de los jerónimos (invasión francesa, desamortización de Mendizábal, guerras civiles y carlistas…) Una vez refundada, empieza en 1929 un primer proceso de reconstrucción del monasterio, que, más tarde, ya durante el franquismo, experimentará las obras de mejora que le han dado su actual configuración.
En la actualidad, el monasterio se erige como un edificio histórico de porte monumental, con su espléndida iglesia de estilo gótico tardío, mudéjar y plateresco (y un bello retablo renacentista), abierta al público en visitas programadas. Ya en el interior, y de uso exclusivo de los monjes y huéspedes, hay varios claustros, que rodean a altos cipreses y a un pinsapo de gran porte. También, una pequeña capilla, presidida por una imagen sobrecogedora de Cristo crucificado, donde radica el coro y se celebran los cultos diarios y la misa conventual.
Dispone, además, de un amplio terreno de huerta y jardín, regado por manantiales que vienen de la sierra y que vierten su agua cristalina en los diversos estanques de piedra del monasterio. Paseando por el viejo camino de columnas de la huerta, con un reloj de sol en el muro lateral que da al sur, puede divisarse, en medio de una densa arboleda, el Alcázar segoviano y otros edificios emblemáticos de la ciudad castellana.
El monasterio de El Parral es un lugar que llama a la contemplación. Es también un espacio donde uno puede encontrar la paz interior, ya sea en el silencio que impregna la vida monástica, ya sea en las lecturas de los salmos litúrgicos o en los solemnes cantos de música gregoriana.
Pasear por los claustros o contemplar su encina milenaria, es emprender un viaje al pasado de más de cinco siglos, en el que el tiempo se detiene y la vida fluye de otra manera, apartada del ruido mediático, de la presión de los smartphones, del ritmo frenético y la inmediatez de nuestra época. No obstante, y dada la edad tan elevada de los monjes, el futuro del monasterio es cuando menos incierto, difícil de adivinar.
Evocar la memoria de mi padre
Diversas razones de tipo personal me llevaron a recluirme durante varios días en el monasterio de El Parral. Una de ellas era evocar, como he señalado, la memoria de mi padre, que estuvo allí de monje hace ochenta años, antes de casarse y formar la familia de la que procedo. Algunas fotos del álbum familiar así lo corroboran.
En ese sentido, puede decirse que ha sido una especie de regreso al futuro, en la medida en que fue en esos claustros donde se decidió el porvenir de mi familia. Si mi padre hubiera decidido permanecer en el monasterio no habría existido la familia Moyano-Estrada ni yo estaría escribiendo ahora este artículo.
Estar en una celda similar a la suya; pasear por los claustros y la huerta por los que él paseó; escuchar los mismos cantos gregorianos, o leer los pasajes de la “Liturgia de las horas” que él leería sentado en los estalos del coro, ha sido una experiencia llena de emotividad.
Sólo por eso, mi estancia en El Parral ha sido más que satisfactoria al haber podido rememorar el paso de mi padre por ese monasterio que siempre recordaba con alegría e incluso con nostalgia.
Conocer y comprender la vida monástica
Pero, además, tenía la motivación de conocer por dentro la vida del monasterio para intentar comprender el significado del monacato en un tiempo como el nuestro tan secularizado y tan poco dado al sosiego, la contemplación y la trascendencia. Y en ese sentido, la experiencia ha merecido la pena.
Durante mi estancia he seguido desde antes del amanecer el orden pautado de la vida monacal, organizada en torno a las horas canónicas (maitines, laudes, tercia, sexta, nona, vísperas y completas). Impregnándome de ella, he podido comprender, desde mi agnosticismo, el sentido que para algunas personas tiene el hecho de apartarse del mundo y dedicar su vida a la oración, a la reflexión espiritual y al diálogo interior, además de poder desarrollar su talento y capacidades (la jardinería, la huerta, la carpintería, la pintura, la música gregoriana…)
También he convivido con otros huéspedes seglares que, como yo, han realizado estancias en El Parral durante estos mismos días por motivos diversos. Llevados por el deseo (o la necesidad) de vivir algunos días fuera del mundo en busca de paz interior y del recogimiento facilitado por el voto de silencio, o simplemente atraídos por la música sacra, algunos de ellos son huéspedes habituales del monasterio, al que suelen regresar para revivir la experiencia monástica y de paso ayudar en algunas tareas.
He podido comprobar, además, que la vocación contemplativa de los monjes no significa ignorar los problemas del mundo, sino abordarlos de otro modo, desde el rezo, la lectura de salmos o la música sacra. Y lo hacen, además, con un sentimiento de esperanza que, por extemporáneo que nos pueda parecer, resulta más sólido que la fragilidad de nuestra esperanza laica y secular.
Los monjes de El Parral no están alejados del mundo, pues se informan de lo que ocurre fuera del monasterio. La única diferencia con los seglares es que ellos han decidido no participar del modo como lo hacemos nosotros, sino de otra forma, en uso de su libertad, según sus deseos y con los medios que consideran más útiles y efectivos.
Cada día lo dedican a una figura del santoral (durante mi estancia se dedicaron a San Agustín, Santa Teresa de Jornet, Santa Mónica, San Juan Bautista…) y a un tema de la vida real (la vejez, el cuidado de los mayores, la atención a los enfermos, la familia, la juventud, la pobreza, la desigualdad…) eligiendo de los libros sagrados las lecturas más apropiadas.
Frugalidad, ascetismo, recogimiento
Compartir en el refectorio del monasterio las tres comidas del día con los monjes y los demás huéspedes, ha sido también una buena lección de frugalidad y ascetismo. El prior leía en voz alta alguna lectura sagrada o ponía alguna audición de música clásica, mientras los comensales guardábamos un estricto silencio.
Pasear por la huerta, escuchar la caída del agua en los estanques o simplemente permanecer en la celda hasta el toque de campana para la misa conventual o los cultos de la siguiente hora canónica, eran ocasiones únicas para el recogimiento.
La jornada finalizaba sobre las 9 de la noche, cuando, tras los rezos y lecturas de “completas” y el conmovedor Nunc dimittis (cántico de Simeón), se apagaban todas las luces del monasterio menos la de la hornacina donde está la pequeña imagen de la virgen de El Parral que le da nombre al lugar. Entonces comenzaban a sonar las notas del órgano y los monjes cantaban la Salve Regina en latín, extendiéndose un velo de paz y silencio en el monasterio. Antes de regresar a las celdas y habitaciones, el prior vertía sobre nuestra cabeza gotas de agua bendita con un hisopo.
Esta ha sido la experiencia de un agnóstico entre los muros de El Parral, contada desde el máximo respeto a los monjes jerónimos que me acogieron durante estos días finales de agosto. Y también desde la evocación de la figura de mi padre, que siempre guardó un grato recuerdo de su paso por ese monasterio segoviano y del que siempre dijo que había sido el lugar donde se había sentido más feliz.
Sobre este blog
Soy ingeniero agrónomo y sociólogo. Me gusta la literatura y la astronomía, y construyo relojes de sol. Disfruto contemplando el cielo nocturno, pero procuro tener siempre los pies en la tierra. He sido investigador del IESA-CSIC hasta mi jubilación. En mi blog, analizaré la sociedad de nuestro tiempo, mediante ensayos y tribunas de opinión. También publicaré relatos de ficción para iluminar aquellos aspectos de la realidad que las ciencias sociales no permiten captar.
0