La Odisea de Nolan
Es la primera vez que voy al cine solo, y he elegido “La Odisea” de Christopher Nolan, autor de películas como Interestelar, El caballero oscuro u Oppenheimer. Han sido dos horas y cuarenta minutos de duración, en los que no he pestañeado ni mirado el reloj, señal de que no sólo me ha entretenido, sino también interesado. Al haber ido solo no he tenido ocasión de comentarla con nadie y por eso me he decidido a escribir este artículo en mi blog de Cordopolis.
No tengo suficientes conocimientos de cine como para juzgarla técnicamente, pero soy lo bastante aficionado como para valorar su capacidad para conmoverme. Nolan lo consigue, en algunas escenas más que en otras; sobre todo, aquélla en la que la hechicera Circe ceba a los guerreros de Ulises cuando llegan a la isla de Eea y los convierte en cerdos (según ella, para así devolverlos a su verdadera condición).
He leído varias veces la obra de Homero y he podido reconocerla sin problema alguno en el film de Nolan, aún a sabiendas de que cine y literatura son dos formas diferentes de expresar el talento artístico y que no siempre van de la mano. Hay recortes inevitables en un texto tan extenso como La Odisea, pero también omisiones discutibles, como el encuentro con Nausícaa en la isla de Esqueria, que tanta importancia tiene en el texto original y que no se trata en el film, en favor del episodio de Calipso, en mi opinión uno de los menos logrados.
Aun así, Nolan es bastante fiel al texto homérico, y, salvo en el tratamiento de la figura del propio Ulises, de lo que hablaré más adelante, la película está en sintonía con la obra clásica, recurriendo incluso en ocasiones a pasajes de La Iliada para guiar al espectador en una historia tan compleja.
Además, el elenco de actores y actrices está a la altura de los personajes homéricos, en especial los que encarnan al propio Ulises (Matt Damon), a Circe (Samantha Morton) y a Penélope (Anne Hathaway), pero no tanto los de Antínoo (Robert Pattinson) o Telémaco (Tom Holland), que están por debajo del resto de actores.
El contexto histórico
La película de Nolan narra lo ya sabido: el regreso de Ulises (Odiseo en griego) a su patria, Itaca, de donde salió veinte años antes para unirse a la expedición aquea contra la ciudad estratégica de Troya. No hago, por tanto, de spoiler si explico algunos pasajes de esa historia tan bien conocida. Mi objetivo es animar al lector de este blog a que vea la película, a ser posible en la sala oscura de un cine, y ya puestos animarlo a leer la obra de Homero.
Rey de Itaca, esposo de Penélope y con un hijo de sólo unos meses (Telémaco), Ulises no estaba muy convencido de los motivos que alegaban los impulsores de aquella expedición de conquista. Rescatar a Helena (esposa del rey Menelao de Esparta) supuestamente raptada por el príncipe troyano Paris, no le parecía motivo suficiente. Sabía Ulises que, tras esa explicación, había intereses políticos, como el logro de la hegemonía sobre los estrechos del Helesponto que daban acceso a las riquezas del Mar Negro y que estaban controlados por Troya.
Sus lealtades con Agamenón (el poderoso rey de Micenas, hermano del despechado Menelao) le obligaban a unirse a ellos, además de temer posibles represalias si no lo hacía. Al igual que los demás reyes griegos (aqueos se los denomina en el texto homérico), Ulises no tenía nada contra el rey Príamo de Troya, ni contra sus hijos Héctor, Paris y Casandra, con los que compartían los mismos dioses, viejas amistades e incluso lazos de parentesco y de sangre. Tampoco los comerciantes de Itaca tenían problemas con los troyanos, manteniendo con ellos buenas relaciones en el mar Egeo. No le veía, por tanto, mucho sentido a una guerra con Troya, pero se vio obligado a aceptar la llamada de Agamenón fletando varios barcos con remeros elegidos al azar.
No obstante, Ulises mantuvo siempre la esperanza de que se pudiera llegar a algún tipo de acuerdo antes de iniciar una guerra que sería larga, dada la fortaleza de los muros de Troya. Pero no fue posible y se vio arrastrado e imbuido, también él, por el afán de conquista y de gloria de los belicosos jefes griegos, participando en un inútil asedio de casi diez años de la ciudad troyana.
Dada su discapacidad física (una cojera causada en su juventud por los colmillos de un jabalí), Ulises no podía compararse en el campo de batalla a guerreros como Aquiles, Ayax, Diomedes o Agamenón, bendecidos por los dioses con el vigor de sus cuerpos y la fuerza de sus lanzas y espadas. Por eso, procuraba compensar su debilidad física con el don de la astucia, la estrategia y la instigación que Zeus y Atenea le habían concedido, dándole un rasgo distintivo respecto a los aguerridos jefes griegos. Tales habilidades las puso al servicio de la expedición aquea, sin importarle los medios utilizados ni valorar si con ellos transgredía las reglas de la guerra. En ese sentido, Ulises era más un político frío, calculador y desalmado, que un guerrero.
Fue él quien ideó la argucia del caballo de Troya con la que, rompiendo los códigos del honor, los aqueos, ocultos en el vientre de la bestia de madera, engañaron a los troyanos haciéndoles creer que era un regalo de los dioses. Los propios troyanos, eufóricos por lo que consideraban una retirada de la flota griega, arrastraron el gigantesco caballo hasta el interior de su inexpugnable ciudad, sin saber, pese a los augurios de Casandra, que traían con él la destrucción.
De noche, y mientras los troyanos celebraban su aparente victoria, varias decenas de aqueos salieron del caballo de madera y abrieron las puertas de la muralla al resto del ejército de Agamenón. Gracias a la artimaña de Ulises, la ciudad de Troya fue destruida por completo, incluidos los templos de los dioses, en su mayoría comunes a ambos pueblos.
Terminada la guerra con la destrucción de Troya, los jefes aqueos regresaron a sus tierras con las naves cargadas de botín y de rehenes troyanos. Ulises puso rumbo a Itaca confiando en reencontrarse pronto con su mujer Penélope y su hijo Telémaco al que adivinaba ya crecido tras diez años de ausencia. Pero la fortuna le fue esquiva y la protección de la diosa Atenea fue neutralizada por la inquina de Poseidón, que le hizo vagar durante otros diez años por mares que jamás había surcado y por islas que nunca había explorado.
Confiados en el regreso de Ulises, aunque cada vez más desesperados por no saber su paradero y por una ausencia que se prolongaba sin fin, madre e hijo resistían a duras penas las pretensiones de los muchos aspirantes al trono (sobre todo, del ambicioso Antinoo). Dándolo por muerto, los pretendientes se asentaban día y noche en los aposentos del palacio como una jauría ávida de placeres lascivos y de lujuria, esperando a que Penélope terminara de tejer el sudario de su suegro Laertes y decidiera casarse con uno de ellos para sustituir a Ulises en el gobierno de la isla.
Ulises pasó mil calamidades y desventuras en su viaje de regreso a Itaca (el cíclope Polifemo, el canto de las sirenas, el hechizo de Circe, la atracción de la ninfa Calipso, los lotófagos, el paso del estrecho guardado por Caribdis y Escila…) perdiendo en la travesía a todos los compañeros que partieron con él. Su amor por Penélope y Telémaco y el deseo de volver a la patria de la que nunca quiso salir, le permitió superar tales infortunios.
Regresó a Itaca vestido con los ropajes de un mendigo, envejecido y sin el ímpetu y el vigor con los que había partido veinte años antes. Nadie lo reconoció al llegar, ni su mujer ni su hijo. Sólo su perro Argos movió la cola cuando Ulises se le acercó a acariciarle, y su nodriza Euriclea lo identificó al tocarle la cicatriz de la herida que le había causado el jabalí cuando joven.
Sólo al final, en la escena del arco, quizá la menos lograda del film, por demasiado extensa y belicosa, descubrió Penélope la identidad de Ulises comprobando que no estaba ante un fantasma, sino ante una persona real, atormentada por haber causado grandes males y perdido sueños e ilusiones en su larga travesía por el Mar Egeo.
El Ulises atormentado de Nolan
En La Odisea de Nolan, Ulises sale de Itaca como un caudillo y regresa como un ser descreído, sufriente y roto por dentro. Salió como el astuto político al que no le importaban los medios con tal de alcanzar sus fines, y retornó arrepentido por los males provocados (puede verse aquí un guiño de Nolan a la “ética de la acción” de Camus o a la “ética de las consecuencias” de Weber).
Quizá sea ésta la principal diferencia del Ulises de Nolan respecto al de Homero. No es un héroe el que vuelve, sino una persona moralmente derrotada a pesar de la victoria sobre los troyanos. Sabedor de que sus engaños sirvieron para acabar con una civilización a la que admiraba, el Ulises de Nolan es consciente de que trae en su alma frágil y vulnerable de mortal el germen de una destrucción que puede volverse contra su propio pueblo.
Esta forma, diríamos moderna, de tratar la figura de Ulises se aleja, no obstante, de los códigos morales de un mundo como el homérico donde aún no había surgido el sentimiento de culpa entre sus héroes. Este cambio en la figura de Ulises es lo que ha hecho que surjan algunas críticas sobre el film de Nolan, señalándose que ha modernizado al héroe clásico griego hasta convertirlo en una especie de “Oppenheimer con túnica” (en expresión de Félix Ovejero en un interesante texto publicado en su muro de Facebook).
En consonancia con ello, y en una clara referencia a Dante y La Divina Comedia (donde Ulises yace en el infierno por falsario), Nolan se compadece del héroe y lo embarca junto a Penélope rumbo a poniente, en una especie de exilio voluntario en el que poder expiar la culpa que le atormenta.
De ese modo, el Ulises de Nolan emprende una sabia retirada del mundo del poder y la política para gozar de los placeres familiares que ese mundo de ambición le había negado, dejando que sea su hijo Telémaco quien gobierne la ciudad y haga frente a las amenazas de los “pueblos del mar”.
Sobre este blog
Soy ingeniero agrónomo y sociólogo. Me gusta la literatura y la astronomía, y construyo relojes de sol. Disfruto contemplando el cielo nocturno, pero procuro tener siempre los pies en la tierra. He sido investigador del IESA-CSIC hasta mi jubilación. En mi blog, analizaré la sociedad de nuestro tiempo, mediante ensayos y tribunas de opinión. También publicaré relatos de ficción para iluminar aquellos aspectos de la realidad que las ciencias sociales no permiten captar.
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