4 de julio de 1776
En la historia de los países hay fechas que son clave para entender su rumbo y posterior desarrollo. El 4 de julio de 1776, del que se cumplen ahora dos siglos y medio, se considera una fecha fundacional en la historia de los EE.UU. Ese día, los delegados de las “trece colonias” reunidos en Filadelfia tuvieron la osadía de aprobar la declaración de independencia respecto del Reino Unido de Gran Bretaña. No obstante, aún tuvieron que pasar años de guerra dura y sangrienta para que el gobierno británico reconociera a la nueva república norteamericana mediante la firma del Tratado de París (3 septiembre 1783).
Los hechos ocurridos en ese año son narrados de forma magistral por el historiador David McCullough en su libro 1776 (edit. Ciudadela, 2023) que tomo de base para escribir este artículo conmemorativo. Obtuvo en dos ocasiones el premio Pulitzer y el National Book Award, además de recibir la Medalla Presidencial de la Libertad, el reconocimiento más grande a un ciudadano en los Estados Unidos.
Precedentes
El conflicto entre la metrópolis y las colonias americanas surgió diez años antes, tras la guerra franco-india (1755-1763) en la que Gran Bretaña arrebata a Francia sus posesiones de Canadá, pero al coste de dejar vacío el tesoro real. Aunque en esa guerra, los colonos americanos jugaron un papel decisivo en la victoria británica, no vieron recompensado su esfuerzo, ni con la ampliación de sus derechos civiles ni con la concesión de beneficios de tipo comercial, sino todo lo contrario.
Por ejemplo, los colonos que combatieron en la citada guerra franco-india vieron cercenadas sus posibilidades de ascenso en el ejército inglés, al tiempo que las trece colonias continuaron sin estar representadas en las dos cámaras del Parlamento británico. Además, se le restringió a los colonos la posibilidad de expandirse hacia los nuevos territorios conquistados, y, para colmo, hubo una serie de leyes que aumentaban los impuestos a las colonias y ponían trabas al comercio en favor de las grandes compañías inglesas (como la de las Indias Orientales).
Ello hizo que se incrementara el malestar de los colonos respecto a la metrópolis, creándose sociedades secretas, como la de los “Hijos de la Libertad” (liderada por Samuel Adams y John Hancock, entre otros), que organizaban protestas y sabotajes contra la presencia militar británica. En una de esas protestas se produjo la conocida como “masacre de Boston” (5 de marzo de 1770) en la que murieron cinco colonos por disparos de soldados británicos.
Años más tarde, y en un clima cada vez más enardecido, se produce el 17 de diciembre de 1773, también en Boston (centro neurálgico de la protesta), el llamado “motín del té”, en el que un grupo de colonos disfrazados de indígenas arrojó al mar cientos de fardos que estaban listos para desembarcar en varios barcos de la compañía británica de las Indias Orientales.
Todos esos disturbios llevaron, por un lado, a expandirse la rebelión de los colonos, uniéndose muchos de ellos, al principio reticentes, a la causa independentista en las grandes ciudades (Boston, Nueva York, Filadelfia, Baltimore…) Y, por otro lado, contribuyeron a incrementar la presencia del ejército británico en las colonias. El conflicto era inminente y estalló en torno a diversas ciudades de Massachusetts.
La guerra colonial
Tras duros enfrentamientos en abril de 1775 en Lexington, Concorde y Bunker Hill (a las afueras de Boston), el rey Jorge III interviene el 26 de octubre de ese año ante las dos cámaras del Parlamento (los Lores y los Comunes) declarando en rebeldía a los colonos americanos. Asimismo, ordena el envío de una gran flota para combatirlos al mando del general William Howe y de su hermano el almirante Richard Howe, que ocuparon las ciudades de Boston y Nueva York.
A la altura de 1776, el ejército americano estaba aún en estado embrionario, siendo dirigido por militares ya retirados o bien por jefes improvisados de diversa extracción social. Herreros, comerciantes, abogados, hacendados, artistas, profesores, estudiantes… como Putnam, Green, Knox, Reed o Sullivan, o simples aventureros, fueron demostrando sobre el terreno su capacidad para ejercer el mando, si bien todavía sin mucho orden ni organización.
El caso de George Washington reflejaba bien la situación. Al comenzar la guerra por la independencia, Washington se encontraba ya retirado en su hacienda agrícola de Mount Vernon en Virginia, tras haber participado como topógrafo militar del ejército británico en la guerra franco-india contra los franceses diez años antes. No obstante, se había unido a la rebelión política contra las leyes tributarias impuestas por la metrópolis, siendo elegido delegado por Virginia en el Congreso de Filadelfia. Estallada la guerra, el citado Congreso lo designa jefe del recién creado ejército colonial, por su conocida experiencia en el terreno militar.
Las primeras victorias del general Washington en las ciudades de Trenton (27 diciembre de 1776) y Princeton (2 de enero de 1777), en un épico ataque por sorpresa cruzando de noche las aguas heladas del río Delaware, fueron de un gran valor simbólico. Tuvieron importantes efectos en la moral de un ejército, como el americano, formado hasta entonces por voluntarios sin disciplina alguna y que había sido derrotado semanas antes en Nueva York por las “casacas rojas” (como llamaban al poderoso ejército británico).
A partir de esas primeras victorias, el ejército americano adquirió confianza en sus capacidades y fue organizándose como un ejército profesional, dejando de ser despreciado como “chusma” por los mandos británicos para comenzar a ser respetado y temido.
La Declaración de Independencia
En plena guerra desigual contra el ejército británico, los delegados políticos de las Trece Colonias reunidos en Filadelfia (entre ellos, John Adams, John Hancock, Benjamin Franklin, Thomas Jefferson, Roger Sherman, John Jay, Alexander Hamilton, Robert Livingston, James Madison…) tuvieron el atrevimiento de firmar el 4 de Julio de 1776 la Declaración de Independencia. Era sólo una simple declaración política, pero de gran carga simbólica como factor de cohesión nacional.
Aunque la Declaración, redactada por Jefferson y revisada por Adams, está llena de grandes propósitos y buenas intenciones, señalando que “todos los hombres son creados iguales, y que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables, como la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad…”, no se hizo mención alguna al tema de la esclavitud, vigente entonces en la mayoría de las trece colonias. Tampoco se mencionaría ese tema en la Constitución aprobada años más tarde (1787), dejándose también abierto el sistema de gobierno (federación/confederación), lo que sería el germen de la polarización que acompañaría a gran parte de la historia de los EE.UU.
El excelente libro de David McCullough narra con el máximo detalle lo acontecido en el terreno militar en el año 1776 (año de la declaración de independencia). Además, analiza el liderazgo de George Washington, que trasciende el área militar para extenderse al político. Ello explica que, una vez aprobada la Constitución en septiembre de 1787 (y refrendada por las asambleas de los nuevos estados), Washington fuera elegido primer presidente de los EE.UU. con John Adams de vicepresidente, ambos reelegidos cuatro años más tarde. Por cierto, sobre Adams, figura clave en la historia política americana, David MacCoullogh escribió una brillante biografía muy recomendable para entender la personalidad del político bostoniano.
Sobre este blog
Soy ingeniero agrónomo y sociólogo. Me gusta la literatura y la astronomía, y construyo relojes de sol. Disfruto contemplando el cielo nocturno, pero procuro tener siempre los pies en la tierra. He sido investigador del IESA-CSIC hasta mi jubilación. En mi blog, analizaré la sociedad de nuestro tiempo, mediante ensayos y tribunas de opinión. También publicaré relatos de ficción para iluminar aquellos aspectos de la realidad que las ciencias sociales no permiten captar.
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