Atrapados en la estación de Córdoba-Julio Anguita
No sé si porque nos estamos acostumbrando al deterioro de nuestro sistema ferroviario, si por el efecto narcotizante de los smartphones o por un poco de todo, lo cierto es que apenas hubo protestas en la estación Córdoba-Julio Anguita abarrotada de viajeros y sin aire acondicionado la tarde tórrida del miércoles 24 de junio. Quién lo diría en una estación que lleva el nombre de un político tan reivindicativo.
Tres horas, y hasta cuatro, esperando la salida de los trenes a Madrid y los procedentes de Sevilla con destino a la capital de España no fueron suficiente para que se produjera algún atisbo de protesta. Nada. La gente ensimismada en sus teléfonos móviles, distraída con WhatsApp o Instagram, mirando de vez en cuando la pantalla luminosa de los horarios. Tal era el grado de resignación que mostraba la gente, ya fuese tomando algo en las cafeterías, sentadas en el suelo o simplemente de pie, que parecía como si lo que estaba sucediendo fuera normal. Ni siquiera se alteraban los que seguro perderían el enlace para un vuelo en Barajas.
Las azafatas procuraban atendernos con amabilidad dando muestras de una entereza encomiable. Nos animaban a pedir la hoja de reclamaciones para exigir que, al menos, arreglasen el aire acondicionado, pues ellas también lo sufren. Pero ni por esas. Nadie reclamó nada, nadie se inmutó.
Desde que me jubilé hace casi tres años no viajo en tren con la frecuencia de antes, cuando iba a Madrid cada semana. Había oído que estaba habiendo problemas con los trenes por el deterioro de las infraestructuras y el aumento del tráfico ferroviario. Pero no es lo mismo oírlo en los noticieros que vivirlo en primera persona.
Anticipé a la tarde del miércoles el viaje a Madrid porque dudaba de poder llegar al acto del jueves por la mañana. Quién lo diría de unos trenes de tan alta reputación como los AVE. Eso hubiera sido impensable en la época dorada de la alta velocidad, ya que me habría ido el mismo jueves con la seguridad de que llegaría a tiempo cogiendo uno de los primeros trenes. Pero es otra época la de hoy. Lejos quedan aquellos años en los que te devolvían el dinero si el tren se retrasaba, pues la puntualidad del AVE era su principal signo de distinción.
Para hacer más surrealista la situación resulta que yo vivo justo enfrente de la estación y que podría haber pasado la larga espera en el salón de mi casa, al fresco y tomando un café o un sorbete de limón. Pero no, la incertidumbre de no saber a qué hora saldría el tren hizo que estuviera más de tres horas apilado con cientos de viajeros en la recién estrenada estación Córdoba-Julio Anguita, y casi tocando con las manos el edificio donde vivo.
Por fin salimos para Madrid al reubicarnos en los trenes que venían de Málaga o Granada, pues al parecer el problema estaba en una torre de alta tensión cerca de Santa Justa. Crucé dedos para que no se cayera la tradicional catenaria y nos quedásemos tirados como antaño en el paso de Despeñaperros. Ah, pero si el AVE ya no pasa por ahí, me dije, sino por Brazatortas y Puertollano.
Fue un lapsus mental que me trasladó a otro tiempo, a aquellos años en los que no se sabía con certeza la hora de salida de los trenes ni tampoco la de llegada. Poco más o menos como ahora.
Sobre este blog
Soy ingeniero agrónomo y sociólogo. Me gusta la literatura y la astronomía, y construyo relojes de sol. Disfruto contemplando el cielo nocturno, pero procuro tener siempre los pies en la tierra. He sido investigador del IESA-CSIC hasta mi jubilación. En mi blog, analizaré la sociedad de nuestro tiempo, mediante ensayos y tribunas de opinión. También publicaré relatos de ficción para iluminar aquellos aspectos de la realidad que las ciencias sociales no permiten captar.
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