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Ángel Parejo: “No encuentro nada mejor en el mundo que dedicar mi tiempo libre a salvar vidas”

Entrevista N&B a Ángel Parejo, coordinador de Infancia Solidaria Andalucía

Alejandra Luque

18 de julio de 2026 20:03 h

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Ángel Parejo (Lucena, 1970) lleva tatuado en su brazo derecho el continente africano. Dentro, la imagen de Mudhat, de los primeros menores que acogió por primera vez -allá por 2012- para intentar que sobreviviera. Ella y su mamá llegaron de Kenia a Córdoba dentro del programa Sana Sana, de la ONG Infancia Solidaria. Desde entonces, este lucentino es el coordinador de la delegación que la asociación tiene en Andalucía. Aunque su trayectoria profesional estaba ligada al sector del mueble, una crisis económica personal en 2009 lo llevó a replantearse sus prioridades y a dedicar su vida a lo que él define como “salvar vidas” de niños que, en sus países de origen, no tendrían ninguna oportunidad de sobrevivir.

A lo largo de estos años, Parejo ha pasado de ser familia de acogida en siete ocasiones a liderar una red de ayuda que ha conseguido firmar convenios con hospitales públicos de referencia en Andalucía, convirtiendo a esta comunidad en la única de España con este tipo de acuerdos para cirugía pediátrica. Su trabajo no se limita a la logística de visados y vuelos; es un compromiso emocional profundo que le ha llevado a enfrentar la crudeza de la enfermedad, el duelo por la pérdida de algunos menores y la incomprensión de ciertos sectores de la sociedad.

Según datos de la organización, desde 2006 y hasta el inicio de este año, Infancia Solidaria ha operado a 700 menores, de los que 166 han sido en Andalucía. De estos casi dos centenares, 60 han llegado a Córdoba, la provincia que ha acogido a más menores. A la espera de cerrar el año, en este 2026 se han operado 23 niños, por lo que la cifra ya alcanza los 723. Con una visión crítica sobre la falta de apoyo institucional y la desinformación que alimenta la polarización social, Parejo defiende en la siguiente entrevista una “geografía del corazón” donde no importan las fronteras ni el origen y desvela los retos, las alegrías y las duras lecciones de humanidad que aprende cuando los menores ingresan.

PREGUNTA (P): En el vídeo mencionabas que “hay gente que no entiende o que no comparte lo que hacemos”. ¿A qué te referías exactamente?

RESPUESTA (R): Es algo que me ha pasado en mi pueblo. Me paró una mujer en la Plaza Nueva. Iba con mi mujer y con unos amigos. Me dice: “Oye, ¿tú eres el chaval que trae a los niños para operarlos y demás?”. Yo le dije que sí, pensando que me iba a decir: “¡Pues mira, qué cosa más bonita!”. Pero va y me dice: “Pues a ver cómo me apañas a mí una cita, porque me tengo que operar la rodilla, y tú no haces nada más que traer un niño, otro y otro de fuera, y yo aquí esperando una operación de rodilla”. Con mucha cortesía le respondí: “Señora, primero que este no es el sitio ni el lugar, ni yo tengo por qué darle explicaciones. Pero es que los médicos cirujanos cardiovasculares que operan a nuestros niños no operan rodillas”. Y es verdad que hay una lista de espera tremenda en cardiología de adultos, por ejemplo, pero en cirugía cardiovascular pediátrica no tienen corazones que operar. ¿Por qué? Porque hoy en día en España, cuando las mujeres están embarazadas, les diagnostican el caso a los bebés e, incluso, los operan dentro del útero. Además, y este dato no es mío, sino de los propios médicos: el 60% de las familias a las que les comunican que su hijo viene con una malformación en el corazón decide abortar, lo cual es algo lícito y cada uno hace lo que quiere. Los pocos que nacen aquí, recién nacidos, les hacen la transposición de vasos o les tapan el agujerito de la comunicación interventricular y salen adelante. En cambio, nosotros traemos casos de niños con 2, 3, 5 o hasta 9 años, donde el corazón ya se ha acostumbrado a trabajar de una manera deficiente y a lo mejor no traen ni arterias pulmonares. Para nuestros cirujanos cardiovasculares, operar estos casos es un reto. Ellos graban todas las intervenciones quirúrgicas y luego, en sus ponencias y reuniones médicas, exponen: “Mirad, hemos sacado adelante este ventrículo único en un niño de 7 años con esta técnica”. A la larga, todo ese aprendizaje es beneficioso para tus nietos, para los míos y para las siguientes generaciones. Eso es lo que la gente no entiende, y yo tampoco tengo por qué ir dándole explicaciones a todo el mundo por la calle.

En Infancia Solidaria somos todos voluntarios

P: ¿Cuántos niños hay ahora mismo en lista de espera?

R: Ahora mismo, 57 niños.

P: ¿Y todos por cardiopatías congénitas?

R: Sí, todos cardiópatas. El país del que nos llegan más solicitudes con diferencia es Venezuela. El sistema sanitario allí está totalmente desmantelado desde hace mucho tiempo. Como ya hemos traído a muchos niños de allí que han vuelto sanos, las propias madres hacen campaña en su país y nos ayudan a coordinar los casos nuevos: les ayudan con el papeleo, las autorizaciones de viaje y las citas en la embajada para los visados. Hemos creado una red de ayuda preciosa gracias a ellas.

P: ¿Consideras que la polarización social que impera desde hace años también la habéis notado en ese rechazo hacia vuestra labor?

R: Sí, por supuesto.

P: ¿Y cómo se ha materializado?

R: Se materializa sobre todo cuando hacemos alguna publicación en redes sociales. Nunca falta el comentario racista, de mal corazón y de mal gusto, quejándose de que estamos utilizando recursos públicos. Yo entiendo que en la mayoría de los casos es por pura desinformación. Pero claro, la desinformación es lo que hace que ese discurso prevalezca y siga adelante. Si la gente se informara de muchísimas cosas, la cosa cambiaría.

P: Sí, pero a día de hoy, quien quiere ser ignorante o estar desinformado es porque quiere, porque hay herramientas de sobra.

R: No, es que a muchos les va muy bien escuchar ese discurso que dice: “Claro, es que los extranjeros vienen a quitarte el trabajo y a quitarte lo tuyo”. Mira, yo tuve que hacer un llamamiento para buscar a alguien que cuidara de mi padre. De 200 mensajes y llamadas que tuve, solo tres eran de españoles. Los demás eran todos de fuera. ¿Qué quiero decir con esto? Pues que se necesitan sí o sí, en ese ámbito y en el que me digas: en el campo, en un sector o en el otro. En todo. Es verdad que los recursos no son ilimitados y habrá que buscar un equilibrio. Ayer mismo escuchaba un programa en la radio y llevaban mucha razón en lo que decían: ya no es solo la gente pobre que viene a buscarse la vida. ¿Cuántos ingleses y cuánta gente de fuera viene aquí de vacaciones y se pega dos, tres o cuatro meses? Si se ponen malos, hay que atenderlos en urgencias, lógicamente. Siempre alardeamos de que cuanto mayor sea el número de turistas que vienen de vacaciones, mejor, pero también habrá que dotar de recursos a la sanidad para atender eso, ¿no? Porque no todo el mundo se pone malo, ¿pero, y si pasa? Esas cosas hay que mirarlas. Pero claro, tú le explicas esto al ignorante del que hablábamos y no lo entiende; así es como lo dominan y como suben tanto esos partidos políticos que ven sangre en el confrontamiento. Ahí es a donde van.

Ángel Parejo enseña el tatuaje que se hizo con la primera niña que ayudaron en Infancia Solidaria

P: Actualmente, ¿cómo se articula la ayuda que se gestiona desde Infancia Solidaria en Andalucía?

R: Yo empecé siendo familia de acogida en mi casa, lo fuimos siete veces. Pepo Díaz, el presidente fundador que está en Madrid, vio cómo me movía y me propuso coordinar Andalucía. Cuando yo empecé, solo se operaba en Sevilla, Málaga y Córdoba. Ahora lo hacemos en Sevilla, Córdoba, Málaga, Granada y Cádiz, que las hemos abierto nosotros. De hecho, la única comunidad autónoma en España que tiene convenios con hospitales públicos para esto es Andalucía, con estos cinco hospitales de referencia. Aparte de la cardiología, que es un tema de vida o muerte, hemos abierto convenios con la clínica La Arruzafa para temas de oftalmología y con San Juan de Dios para traumatología y quemados. Hay un alto índice de niños quemados en sus países porque calientan el agua y la comida con fuego en el suelo, y los niños chicos se arriman y ocurren desgracias. Estamos intentando llegar a más especialidades. ¿Y cómo se gestiona todo esto? Al principio lo hacíamos más con el corazón, pero he tenido que aprender a base de golpes. Yo no tenía ni idea de cómo expresarme en público, cómo hablar con un embajador, cómo gestionar un visado, un pasaporte o un convenio con un hospital. Lo he aprendido todo sobre la marcha. Los casos nos llegan por dos vías: en África, el 95% viene a través de ONG españolas o amigas que trabajan allí sobre el terreno. En Sudamérica (Venezuela, Honduras, El Salvador, Nicaragua...), son los mismos hospitales de allí los que, al ver que no pueden solucionar el problema del niño, le dicen a la madre: “Mira, llama a esta organización”, porque ya conocen a mamás que han venido con nosotros y han vuelto sanas.

P: ¿Y estas operaciones se llevan a cabo por un convenio marco general o cada hospital tiene el suyo propio?

R: Nosotros trabajamos con la Junta de Andalucía, bajo la autorización de la Consejería de Salud y el Fondo de Cooperación y Ayuda Humanitaria.

P: ¿Temes que el acuerdo de Gobierno de PP y Vox eche por tierra dicha autorización?

R: ¿Qué te digo? El tema de la cooperación está difícil. Por ejemplo, aquí en Lucena gobierna el PP con el apoyo de una representante de Vox, y nos han tumbado absolutamente todo lo que hemos presentado. Todo. Yo había convencido al Ayuntamiento de Lucena de que, aunque tuvieran convenios con cofradías y otras asociaciones -lo cual respeto perfectamente-, una ciudad como esta debía tener un proyecto de cooperación internacional propio de una ONG lucentina, porque nosotros estamos registrados aquí y la delegación de Andalucía se gestiona y se financia desde Lucena. Teníamos un convenio firmado para cuatro años (un año prorrogable a tres más) por valor de 25.000 euros anuales. Lo firmamos cuando estaba el PSOE y el PP en su momento votó a favor. Pero en cuanto entraron a gobernar con Vox, al segundo año nos lo quitaron. Y me gustaría que se supiera que, aparte de nuestro proyecto Sana Sana (que consiste en traer a los niños a operar), ya tenemos tres proyectos propios de cooperación internacional que financiamos desde aquí: una guardería para 35 niños en Lamu (Kenia); un centro para niños con discapacidad y exclusión social en Guinea Bissau, donde trabajamos junto a la ONG AIDA; y una escuela que hemos construido en Mandamaweni, una isla muy remota de Kenia donde no hay agua potable ni luz ni nada, para que los niños tengan una iniciación a la educación.

En Lucena no tenemos el respaldo municipal que tiene cualquier cofradía

P: ¿Has hablado con el alcalde?

R: Con él y con todo el mundo. Lo que han hecho ha sido sumar nuestros 25.000 euros a otros 25.000 que tenían de cooperación y meterlo todo en una convocatoria de subvenciones abierta. Pero claro, ahí entramos a competir con Manos Unidas, con UNICEF... y esa gente son monstruos, son máquinas. En Infancia Solidaria tenemos la característica de que somos todos 100% voluntarios, nadie cobra un duro. Si necesito un abogado, tengo que pedir un favor; si hay que presentar un proyecto técnico para una subvención, hay que estar muy preparado y nosotros no tenemos esa estructura. Como esa gente tiene personal contratado para presentar los papeles perfectos en cuanto sale la convocatoria, nosotros nos hemos quedado fuera y hemos perdido los 25.000 euros. Así que nos ha tocado volver a lo de antes: a montar barras solidarias, a organizar eventos, a tirar de artistas para hacer obras de teatro o conciertos para intentar buscar la financiación por nuestra cuenta. No tenemos el respaldo que aquí tiene cualquier cofradía. Y volvemos a lo de antes: entiendo que no compartas lo que hacemos, pero pido el mismo respeto. Las cofradías están registradas como asociaciones sin ánimo de lucro y les dan dinero para hacer una vitrina donde poner un enser, que me parece muy bien por el patrimonio, pero es que lo que nosotros hacemos es salvar vidas de niños que se mueren irremediablemente. Poco a poco, cuando traemos a un niño y algunos políticos vienen a visitarlo y ven lo que hacemos de verdad, cambian de actitud. Pero llegar hasta ahí me ha costado la vida.

P: ¿Qué apoyo sentís por parte del tejido empresarial de la zona?

R: Del tejido empresarial sí que tenemos apoyo, lo que pasa es que hasta ahora he tirado mucho de conocidos y amigos personales. Hay muchas empresas que ayudan por detrás, sin hacer ruido. Por ejemplo, la empresa donde yo trabajo ya ha traído a tres niños. Tengo amigos muy cercanos que son dueños de empresas grandes como Infrico a los que todavía no he ido a pedirles ayuda directamente, pero sé que si tengo una emergencia y los llamo, me han dicho: “Tú ven, que te ayudamos sin problema”. Lo que estoy intentando ahora es no pedirles ayudas puntuales, sino firmar un compromiso anual con ellos. Porque hay mucha gente que dice: “No, es que yo mando 50 euros al año a no sé qué ONG” y con eso ya se sienten las mejores personas del mundo. Yo lo que busco, por ejemplo a través de la Asociación del Frío, donde yo trabajo, es arrancarles el compromiso de que nos traigan dos niños al año de manera fija. Estamos hablando de empresas que facturan 100 millones de euros al año, para ellos es viable.

P: ¿Qué coste económico supone traer a un niño con su familiar para ser intervenido?

R: El coste ronda los 3.000 o 3.500 euros por niño. Eso cubre los trámites de documentación en su país, visados y, sobre todo, los vuelos de ida y vuelta. Tenemos que traerlos con billetes cerrados a 90 días. Si la operación va bien, se vuelven en su fecha, pero si se complica y hay que cambiar los vuelos, las aerolíneas nos meten unos clavazos tremendos. Y luego está el tema de las familias de acogida. Ahora mismo nos hemos tenido que poner de acogida mi mujer y yo en Córdoba para un caso. Es algo a lo que tenemos que darle una vuelta para ver cómo llegar mejor a la gente, porque en Andalucía tenemos un hándicap: en Córdoba, cuando no son los Patios, es la Feria o el verano y no todo el mundo se compromete. Además, este es un acogimiento muy especial. No es como los niños saharauis, que es para el verano. Esto está sujeto a una situación sanitaria muy grave. Saliendo bien la operación, te llevas un paquete tremendo de sufrimiento y cuidados en el hospital; y si sale mal, ni te cuento. Por eso el voluntariado aquí es tan delicado. En cuanto pasamos un momento malo, como cuando fallece un niño, la gente huye despavorida porque se pasa muy mal y se preguntan: “Yo para qué me meto en esto”. Yo mismo he pensado muchas veces en dejarlo. Hemos tenido que buscar ayuda psicológica profesional para sobrellevar esto. A mí se me murió un bebé en casa, Elías. Antes de viajar, los padres nos tienen que firmar un documento donde aceptan que, si el niño fallece, o se entierra aquí o se incinera para que se lleven las cenizas. Una repatriación de un cuerpo cuesta entre 15.000 y 20.000 euros, y la asociación no tiene ese dinero, ni los seguros de viaje lo cubren porque los niños ya viajan enfermos de origen. Sé que firmar ese papel es durísimo para un padre, pero si yo estuviera en su situación y fuera la única oportunidad de salvar a mi hijo, también lo firmaría. Cuando Elías falleció, su madre habló con su marido en su país. Por sus creencias ellos no contemplaban la incineración, pero nos dijeron: “Queremos que se entierre ahí y que esté con vosotros, porque vosotros habéis sido las personas que le habéis dado la última oportunidad”. Y lo tenemos en el cementerio de aquí. Le pusimos su lápida y mi mujer y yo vamos a verle, le llevamos flores como si fuera nuestro propio hijo, les mandamos fotos a sus papás en su país y mi hija también va a verle cuando viene a casa. Para eso hay que estar muy preparado mentalmente, no es un acogimiento de vacaciones. Saliendo bien, se pasa una situación muy difícil, pero si sale mal, te rompe por completo.

Entrevista N&B a Ángel Parejo, coordinador de Infancia Solidaria Andalucía

P: Me hablabas de problemas con las familias de acogida. ¿A qué te refieres exactamente? ¿A la falta de difusión o a que hay pocas familias dispuestas?

R: La verdad es que no lo sé muy bien. El problema principal es que no encontramos familias. Mucha gente se mueve por el corazón cuando escucha un llamamiento en la radio o lo ve en el periódico y nos llama. Pero cuando nos sentamos y les explico la realidad con total crudeza -porque yo lo explico todo de antemano para que nadie me diga luego que no sabía dónde se metía-, se echan para atrás. Ahora mismo en Córdoba tengo a Lourdes, una mujer jubilada que es un encanto. Está en la plataforma de voluntariado y enseña idiomas en Córdoba Acoge; tiene una implicación tremenda. A ella la he formado un poco y tenerla allí es una tranquilidad tremenda para mí. Antes, si surgía algo, tenía que desplazarme yo a Córdoba, Granada, Sevilla o Málaga. Imagínate el gasto de tiempo y de gasolina que salía de mi bolsillo, así que mi mujer me aconsejó darle una estructura a todo. Yo empecé con esto en 2012 y desde entonces vivo por y para la asociación. No hay un solo día en el que no tengamos que ir a ver a una familia o que, si vamos a Málaga a comer, aprovechemos para hacer una visita de gestión. No supe separar mi vida personal de la asociación, me afectó muchísimo y tuve que pedir ayuda psicológica. Ahora ya he aprendido que hago lo que puedo y lo que no, no. Antes nunca ponía el teléfono en silencio por las noches. Mi mujer se enfadaba, pero yo le decía: “Ponte en la situación de una madre que está en Santo Domingo, Honduras o Venezuela. Por la diferencia horaria, me escribe a las 3:00 o las 4:00a porque su hijo se está muriendo y está desesperada pidiendo ayuda. Si yo lo veo, le contesto. Aunque sea para decirle: ”No se preocupe, que mañana a primera hora de España me pongo con ello“. Esa respuesta ya es un alivio para esa madre. Pero he tenido que dejar de hacerlo. Me acostaba dándole vueltas a qué hospital podía llevar al niño, no dormía, perdí muchísimo peso, me dio ansiedad... Fue muy duro.

He tenido que aprender que nuestro papel llega hasta donde llega. Una vez que el niño aterriza y entra en el hospital, ya no depende de nosotros. De mí depende buscar el dinero de los vuelos, la familia de acogida, el hospital, coordinar el voluntariado y dar apoyo moral y económico a la madre. Pero la parte médica depende exclusivamente de los magníficos profesionales sanitarios que tenemos en este país, que muchas veces no valoramos lo que tenemos.

En la sala de espera de la UCI infantil se viven historias increíbles. Hay familias que llevan allí ocho meses o un año. Ahora mismo hay una niña esperando un corazón. Y hay otra chica de México, que se cayó de un caballo en Cádiz hace nueve meses, a la que le han trasplantado dos riñones y los ha rechazado. Su padre está allí metido día tras día. Lo que se vive en esa sala de espera es tan humano que yo siempre digo que, si eso se extrapolara fuera, el mundo sería maravilloso. Ahí dentro da igual el dinero que tengas, tu religión o tu color de piel; todo el mundo se muestra en su esencia más pura. A las 13:30 salen a dar el parte médico de los niños de la UCI. Si un día sales tú destrozado porque el caso de tu hijo se ha complicado, te sientas a llorar y el de al lado, aunque no te conozca de nada, se pone a llorar contigo porque sabe que mañana le puede tocar a él. Las alegrías y las tristezas son compartidas, y eso ayuda muchísimo.

P: Con respecto a las familias de acogida, me comentabas que les explicáis tanto lo bueno como lo malo en una reunión previa, y que algunas familias acaban rechazando el compromiso tras esa charla.

R: Sí, ocurre a menudo. No te lo dicen en la misma reunión; allí se muestran entusiasmados y te dicen que no hay problema, que les preparemos la visita a su casa. Pero al acabar la reunión te dicen: “Bueno, tengo que hablarlo con mi marido, con mi hijo...” Cuando escucho esa frase, la experiencia ya me dice que esa familia se va a caer de la acogida.

No encontramos familias de acogida para Infancia Solidaria

P: ¿Qué perfil buscáis en esas familias?

R: Ninguno en concreto. El mero hecho de que alguien nos llame tras escuchar un llamamiento en la radio ya dice mucho de su buen corazón y sus intenciones. Pero luego chocamos con la realidad. Además, hay mucha diferencia según el origen del niño. Una acogida de una familia sudamericana no tiene nada que ver con la de una familia africana. Con las sudamericanas compartimos idioma y las costumbres son parecidas. Con la comida no hay problema y poco a poco se van adaptando a lo que tú comes. A una madre sudamericana puedes dejarla en el hospital con más tranquilidad porque entiende perfectamente lo que le explica el médico, y nosotros o el equipo de voluntariado podemos estar pendientes de ella por teléfono. Por ejemplo, la madre que tenemos ahora de Honduras está alojada en un piso de Fepamic porque ella sola puede manejarse, cocinarse y hacer su vida. Sin embargo, acoger a una mamá africana es mucho más complejo. A una mamá que viene de una aldea de Mali no la puedo dejar sola en un piso de acogida porque no sabe lo que es una vitrocerámica, un horno o un microondas. No hay manera de que se maneje sola, por lo que esa acogida requiere un acompañamiento constante y es mucho más difícil.

P: ¿Y qué hacéis con las barreras idiomáticas?

R: Duolingo, señas y el idioma del corazón, que con ese todo el mundo se entiende si hay buena voluntad por ambas partes. Aun así, la experiencia nos ha hecho profesionalizarnos: ahora les enviamos unas normas de convivencia traducidas a su idioma antes de que viajen. Tienen que entender que vienen a una casa ajena que tiene sus rutinas, que hay que colaborar en las tareas del hogar y que lo prioritario es el cuidado de su hijo, pero que deben respetar los horarios de la familia que las acoge porque al día siguiente hay que madrugar para trabajar. Además, les hacemos rellenar una ficha social muy detallada donde nos explican qué come el niño, cuántos hermanos tiene, si los padres trabajan, cuánto cobran... Hacemos esto porque nuestros recursos deben ir destinados a la gente que de verdad lo necesita; el que tiene dinero se va a operar a su hijo a Estados Unidos sin problemas. También les preguntamos si tienen familiares en España, porque nos ha pasado de todo: niños que se han operado, han salido adelante y, de repente, ha aparecido un hermano que vivía en Barcelona o el marido que estaba residiendo en Asturias y se los han llevado sin decir nada. A raíz de un caso muy particular, tuvimos que poner normas muy estrictas en el hospital: a nuestros niños solo los pueden visitar los voluntarios acreditados de Infancia Solidaria con su carné.

P: Tú empezaste en esto en 2012 con Infancia Solidaria. ¿Qué fue lo que te llevó a dar el paso?

R: Yo tenía una empresa de muebles en Lucena que marchaba muy bien, llegamos a tener a 60 empleados. Pero en 2008 llegó la crisis, el sector se hundió y en 2009 tuve que cerrar la empresa con una deuda tremenda. Tuve que malvender mi casa para pagar lo que debía e irme de alquiler a un piso pequeño. Me quedé a cero: mi mujer en el paro, mis hijos muy pequeños y yo encontré trabajo en el sector del frío industrial. Un día, escuchando Canal Sur televisión por la tarde, salió Pepo Díaz haciendo un llamamiento desesperado: buscaban una familia de acogida en Córdoba para operar de urgencia del corazón en el Reina Sofía a una niña que venía de Kenia. Algo dentro de mí se removió y llamé, pero no me cogieron el teléfono. Llegué a casa y se lo planteé a mi mujer, y ella me miró como si estuviera loco: “¿Pero qué dices? Con la ruina que tenemos encima, sin casa y con los niños pequeños, ¿ahora quieres meter a alguien más?” Yo le dije que no se preocupara, que, total, no me habían cogido el teléfono.

Pero a los diez días volvieron a hacer el mismo llamamiento en la tele. Volví a llamar y esta vez me lo cogió Esther Menacho, que me pasó con Pepo. Me explicaron el caso y les dije que sí. En Córdoba no había ninguna infraestructura de la asociación por aquel entonces. Yo no tenía ni idea de cooperación internacional; había colaborado con Cáritas y con el comedor social de mi pueblo, pero nada más. Además, yo venía de una época muy convulsa: había estado viviendo un año y medio en Brasil por negocios y andaba muy estresado. Si me preguntas qué sentí para llamar en ese momento tan difícil de mi vida, no sabría decirte, pero mi padre siempre me inculcó una regla de oro: “Tú ponte siempre en el lugar del otro y verás cómo las cosas cambian”. Supongo que me apliqué eso.

Fuimos a recibir a la madre y a la niña a la estación de Córdoba. No se me olvidará en la vida. Era una madre masái, nómada, que no había tenido ningún contacto previo con la civilización occidental. El jefe de su tribu la obligó a viajar porque la niña tenía una cardiopatía gravísima. Meter a esa mujer en nuestro piso de 90 metros cuadrados fue un choque cultural brutal: se asustaba con la lavadora, con los electrodomésticos, con todo. Solo hablaban suajili y a mí me dieron un diccionario básico para intentar entenderme con ellas. Imagínate el panorama. Hoy en día viajo allí cada dos años y sigo sin hablar suajili más allá de cuatro palabras sueltas. Mi suegro, Pepe, fue secretario general de la UGT en Córdoba. Es invidente, está jubilado, es superinteligente y vive en Cabra, donde tiene un campo con cochinos, gallinas, cabras y un huerto. Es el hombre más feliz del mundo allí metido. Decidimos llevarnos a la madre allí a pasar el fin de semana. En cuanto esa mujer vio el campo, la tierra y los animales, se le transformó la cara: se lio a trabajar en el huerto con mi suegro y estaba en la gloria. Así que decidimos que ella se quedaba allí viviendo con mis suegros en el campo mientras nosotros nos encargábamos de cuidar a la niña en el hospital durante todo el proceso de la operación. Yo iba y venía del hospital como podía porque seguía trabajando.

Entrevista N&B a Ángel Parejo, coordinador de Infancia Solidaria Andalucía

P: ¿Entonces ya existía el acuerdo médico con el Hospital Reina Sofía?

R: Sí, ese acuerdo ya lo tenía cerrado la central de Madrid. Antes de que yo entrara, ya se operaba en Sevilla, Córdoba y Málaga. Pero el problema era que traían a los niños y no tenían familias de acogida locales para dejarlos. Cuando esta niña se operó y se marchó a su país, a las pocas semanas me llamó Pepo: “Oye, que viene un niño de Honduras y no tengo familia”. Y para mi casa que fue. Y luego otro, y otro... Al ver cómo me movía, Pepo me propuso coordinar toda Andalucía. Acepté, pero con la condición de que mi mujer y yo ya no podíamos ser familia de acogida en nuestra propia casa. Vivir en Lucena y tener que estar viajando constantemente a los hospitales de Córdoba o Málaga ante cualquier urgencia era inviable. Las primeras familias de acogida que busqué eran amigos míos, vecinos y familiares de aquí de Lucena, pero pronto nos dimos cuenta de que debíamos buscar familias que residieran en las capitales de provincia, al lado de los hospitales, por pura logística y para no quemar siempre a la misma gente.

P: Y cuando tú acogiste en Lucena por primera vez, ¿sabes si había antecedentes de alguien que lo hubiera hecho antes en el pueblo?

R: No, no había absolutamente nada de infraestructura ni nadie que hubiera hecho acogidas antes. Al tiempo, registramos la asociación legalmente aquí como Infancia Solidaria de Andalucía y empezamos a estructurarla de forma seria. Hoy tenemos una red tremenda en cada una de las provincias que te he dicho. En cada ciudad hay una persona de referencia que, al igual que yo, empezó siendo familia de acogida. Son bellísimas personas que se encargan de gestionar su zona, lo que a mí me ha quitado un peso enorme de encima. Yo me sigo encargando de la burocracia pesada, los visados y la compra de billetes de avión, pero de la logística diaria en cada hospital se encargan ellos.

P: Has sido familia de acogida siete veces directas, pero supongo que habrá algún niño de todos los que han pasado por la asociación que te habrá dejado una huella especial.

R: El niño que más me ha marcado en toda mi vida no lo acogí yo en mi casa. Se llamaba Lamaranah, aunque cariñosamente le llamábamos “el Pelón”. Venía de Guinea-Conakry y estuvo casi dos años en España. Lo acogieron Juan Romero y su mujer, Carmen. Juan era vecino mío de toda la vida, un hombre que iba en silla de ruedas y que era el presidente de la asociación Cota Cero. Él fue el que luchó para que Lucena fuera una de las ciudades más accesibles de toda Europa para personas con movilidad reducida; todo el mérito de eso fue suyo. Un día me dijo que quería ser familia de acogida y se quedó con Lamaranah. Ese niño tenía un magnetismo especial y pasó mucho tiempo conmigo. Se convirtió en nuestro buque insignia. Una Nochebuena se puso malísimo y tuvimos que salir corriendo al Reina Sofía. Nunca olvidaré que el cirujano, el doctor Jaime Casares, me llamó y me dijo: “Ángel, estaba metiendo el pavo en el horno para la cena familiar cuando me ha sonado el teléfono. Aquí estoy, vamos a ver si lo sacamos adelante”. Lamaranah tenía una anatomía cardíaca complicadísima que aquí no se ve casi nunca: tenía el corazón en el lado derecho del pecho y, además, invertido, con la aorta chocando directamente contra los ventrículos. Solo tenía un ventrículo funcional. Lo operaron, salió adelante y regresó a su país. Al tiempo tuvo que volver a España para que le cambiaran las válvulas del corazón, y aunque años más tarde acabó falleciendo en su país, logró vivir ocho o diez años más plenamente feliz. A todos nos marcó muchísimo su pérdida.

P: ¿Cómo te enteraste de su fallecimiento?

R: Por su madre. Seguimos manteniendo el contacto con ella. De hecho, en uno de mis viajes a su país fui a visitar la tumba de Lamaranah y estuve acompañando a la madre.

Todo el mundo se entiende con el idioma del corazón

P: ¿Por qué siempre viajan las madres con los niños y no los padres?

R: Por varias razones. Primero, porque en estos países las madres son las que mejor entienden y cuidan de los niños. Y segundo, mirándolo de forma práctica para las familias de acogida de aquí, quienes suelen llevar el peso diario de la acogida en las casas suelen ser las mujeres, y es mucho más cómodo a nivel de convivencia alojar a otra mujer en casa que a un hombre desconocido. Aun así, hemos tenido casos de padres que han venido y han resultado ser hombres superimplicados, maravillosos. Pero siempre intentamos que sea la madre. Si la madre está embarazada o tiene un bebé lactante que no puede dejar allí, hemos llegado a traer a la madre con el bebé enfermo y también con el lactante en brazos. Se habla con la familia de acogida de aquí, si no les importa, se organiza el viaje de los tres y adelante.

P: ¿Cuál es la reacción de agradecimiento más emotiva que recuerdes de alguna familia?

R: Las reacciones más emotivas son las que menos te esperas. Cuando llega el momento de despedirse en el aeropuerto, el abrazo que te dan esas madres es de una honestidad y de una humanidad tan profundas que te desarman. Te miran a los ojos sabiendo perfectamente que le has salvado la vida a su hijo. Pero también nos pasa lo contrario por culpa del miedo. Una vez, con los billetes ya comprados para volar al día siguiente -que nos habían costado 4.000 euros-, la madre nos llamó para decirnos que no viajaba. La familia del marido no la dejaba venir porque no se creían que hubiera gente al otro lado del mundo dispuesta a pagarles un billete de avión, abrirles las puertas de su casa, darles de comer y ponerles un hospital de primer nivel gratis. En Honduras nos pasó que pensaban que era una trampa para traer a los niños a España y robarles los órganos. Literalmente pensaban eso. Al final, tras muchas llamadas de madrugada y poniendo a otra madre hondureña que ya había pasado por la experiencia al teléfono para convencerla de que todo era real, la mujer accedió a viajar.

Y hablando de donación de órganos, te voy a contar una historia real que te va a poner los pelos de punta y que demuestra a qué nivel de generosidad puede llegar el ser humano. Hace unos meses falleció una de nuestras niñas, Alana. Estábamos en la sala de espera del Reina Sofía de Córdoba, donde también había una familia esperando un corazón para su hijo. Nos hicieron entrar a hablar con la intensivista de la UCI y nos dijo: “Médicamente hemos hecho todo lo humanamente posible por Alana, pero su corazón no responde tras la cirugía. Lo único que podría salvarle la vida es un trasplante de corazón urgente. Pero la ley de trasplantes española establece que los órganos son prioritariamente para ciudadanos españoles o residentes legales en el país. Si llegara un corazón compatible y no hubiera absolutamente ningún receptor compatible en toda España, la ley permitiría ponérselo a ella, pero las posibilidades de que eso ocurra a tiempo son casi nulas. Así que tenemos que proceder a desconectarla. Les avisaremos cuando llegue el momento”. Salimos de allí rotos. La madre de Alana le preguntó a la doctora por qué su hija no podía recibir ese órgano. A las dos horas y media nos llamaron para que entráramos a despedirnos antes de proceder a la desconexión. En ese momento, la madre de Alana pidió hablar con los médicos y les ofreció donar todos los órganos de su hija para que otros niños pudieran salvarse. Es decir, a su hija le habían denegado un órgano por ley, pero ella, en su inmenso dolor, decidió donar los de su hija para salvar a niños de aquí. Yo miré a la doctora y pensé: “Esta mujer le acaba de dar la mayor lección de humanidad de la historia a todos los que estamos en esta sala, a la ley de trasplantes y al político que la redactó”. Desconectaron a la niña delante de nosotros y donaron todos sus órganos. Yo en su lugar me habría sentido encabronado con el sistema, pero ella ni me miró; simplemente dijo: “Aprovechen todo lo que puedan de mi hija”. A personas con esa grandeza moral, o las conoces en situaciones extremas como esa o no te las cruzas en la vida.

Entrevista N&B a Ángel Parejo, coordinador de Infancia Solidaria Andalucía

P: ¿Cómo se afronta la muerte de estos niños? Supongo que las primeras pérdidas son las más duras, pero ¿se llega a asimilar?

R: Yo cada vez lo llevo peor. Cada niño que fallece me duele más que el anterior porque tiendo a sentirme culpable, algo que he tenido que trabajar mucho en terapia. Me sentía culpable por proponerle a una familia de aquí que fuera acogedora y acabar llevándoles un dolor tan inmenso a sus casas. Ver sufrir a los hijos de la familia de acogida, a los voluntarios y a la madre biológica me hacía preguntarme: “¿Qué necesidad tengo yo de pasar por esto? Ya me tocará sufrir cuando le pase algo a mi propia familia, ¿por qué busco este dolor voluntariamente?” Mi mujer me lo advertía porque me conoce bien y sabía que me iba a acabar pasando factura médica. Y así fue: me puse enfermo, pero afortunadamente lo superé y ahora tengo herramientas psicológicas para gestionarlo. Sigue siendo dificilísimo porque me siento responsable de todos ellos. Lo que me ayuda mucho con las madres que vienen de Sudamérica es que son extremadamente creyentes. Yo no creo en nada, pero ver la fe tan inquebrantable que tienen es maravilloso: si el niño se salva, es porque Dios lo ha querido; y si el niño muere, es porque Dios ha decidido llevárselo a su lado. Ojalá yo tuviera esa fe para mitigar el dolor de esa manera. En muchas ocasiones han tenido que ser las propias madres las que, en mitad de su dolor, me han abrazado y me han consolado a mí en el hospital. Es increíble pero pasa.

P: ¿Hacia qué futuro va la asociación? ¿Qué mejoras os planteáis?

R: Hacia la búsqueda de financiación para poder traer más niños, aunque no siempre esto depende de nosotros. En el Ayuntamiento de Córdoba conseguimos un año una subvención que nos ayudó, pero nada más. También le he pedido ayuda a Irene Aguilera, la diputada de Servicios Sociales de la Diputación de Córdoba, pero nada. No me hacen ni caso y me da mucho coraje tener que andar mendigando detrás de los políticos todos los días. Tengo una desilusión tremenda con la clase política e institucional, que se mueve exclusivamente por lo que le da votos. ¿En este pueblo qué los dan? Las cofradías. A la asociación de hermandades le dan su convenio anual sin pestañear y le ponen todas las facilidades del mundo para cualquier evento que organice. Es inevitable y he tenido que aprender a aceptarlo; no lo comparto, pero lo respeto. Aun así, a base de darme a conocer, he conseguido que muchos artistas de renombre a los que yo admiraba me den su teléfono personal y estén totalmente dispuestos a venir a Lucena de forma altruista a hacer conciertos o eventos benéficos cuando yo se lo pida. Eso es lo que me llevo.

La desinformación hace que el discurso racista prevalezca

P: ¿Qué papel están jugando tus hijos en todo esto?

R: Cuando vino la primera niña a mi casa, ello lo interiorizaron tanto que, de forma natural, me dijeron: “Papá, yo me salgo de mi habitación y me voy a dormir con mi hermana para dejarle mi cuarto a la familia que viene”. Mi hija terminó el Bachillerato y no sabía qué carrera estudiar. Yo me iba a ir de viaje de cooperación a Kenia durante 22 días y le propuse que se viniera conmigo. Allí nos dedicamos a recorrer las aldeas más remotas junto a cardiólogos españoles y médicos locales para diagnosticar a niños enfermos y tramitar su traslado a España. Mi hija estuvo trabajando codo con codo con los trabajadores sociales, psicólogos y médicos de allí. Como ella habla inglés perfectamente -yo no tengo ni idea-, se encargó de toda la comunicación. Durante la escala del viaje de vuelta en Doha, me miró y me dijo: “Papá, ya sé qué quiero estudiar: Trabajo Social”. Allí vio su verdadera vocación. Estudió la carrera y hoy, con solo 26 años, trabaja como trabajadora social en el Ayuntamiento de A Coruña. Se fue allí hace cuatro años y hace poco consiguió su plaza fija. Estoy orgullosísimo. En sus vacaciones aprovecha para hacer cooperación internacional en Etiopía, Guinea-Bisáu, Kenia o Mali, aprovechando los contactos que tenemos allí.

P. ¿Es ese uno de tus mayores legados?

R. Sin duda. Ella está viviendo la vida que a mí me hubiera gustado tener de joven. Con solo 22 años ya era dueño de tres discotecas en Lucena junto a dos socios, ganábamos dinero a espuertas y nos lo gastábamos viajando a Tailandia o Brasil. No pensaba en nada más que en la fiesta. Mucha gente de mi pasado me ve ahora y se sorprende del cambio radical que he dado en mi vida. Pero cada uno decide a qué dedica su tiempo libre y yo no encuentro nada mejor en el mundo a lo que dedicar el mío que a salvar estas vidas. Aunque esta labor conlleva muchísimo sufrimiento, las alegrías que nos da son inmensas y compensan todo el dolor. Ayer mismo [la entrevista se realizó el pasado martes] estuve en Córdoba visitando a la niña que tenemos allí acogida. Hace tres semanas se estaba muriendo literalmente; su padre me llamaba llorando porque pensaban que no salía de esa. Ayer fui a verla, me reconoció y me regaló una sonrisa preciosa.. Pensar que yo, sin ser médico y siendo un absoluto mindundi, he podido facilitarle a esa niña la oportunidad de seguir viviendo, es increíble.

Hoy en día tenemos a niños que operamos hace años que ya son abogados, o que se operaron con 14 años y hoy ya son padres y tienen sus propias familias. Me mandan vídeos y fotos constantemente. Muchas de esas madres celebran el cumpleaños de sus hijos el día de la operación en el hospital de España, y no el día en que nacieron, y ponen el logo de Infancia Solidaria en la tarta. Conseguir eso... eso es lo que de verdad te llevas tú para siempre.

Entrevista N&B a Ángel Parejo, coordinador de Infancia Solidaria Andalucía
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