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Ana Rueda, activista: “La prioridad nacional es legalizar el racismo puro y duro”

Ana Rueda, activista

Aristóteles Moreno

1 de agosto de 2026 20:04 h

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Ana Rueda nació en Villabarro. No busque el nombre en el callejero de Córdoba. No existe. Es la denominación popular del puñado de casitas de arena y carbonilla ubicadas en el meandro de Miraflores en los años cincuenta. Cuando llovía torrencialmente, el barrio se convertía en un lodazal. Y los vecinos, para desplazarse al otro lado del río, cruzaban en la barquita a cambio de una “perra chica”. Ana Rueda se acuerda perfectamente. Su madre le ponía las katiuskas y le guardaba los zapatitos en la cesta de la compra para que pudiera caminar por Córdoba decentemente.

Su familia vivía en la penúltima casa de la Calle Santo Cristo. Tres niños y dos adultos en dos habitaciones con un pequeño ventanuco que daba al patio interior. No tenían agua ni luz, ni cocina ni cuarto de baño. Su madre preparaba la comida en un fogoncito de carbón situado en un rincón de la habitación. Los niños hacían sus necesidades en una escupidera y el padre salía al murallón del Guadalquivir, que, por entonces, aún se levantaba imponente en la margen sur del río.

La familia temía al invierno como a la peste. Las goteras asediaban el mísero cobertizo y el padre protegía a los niños del agua anudando un plástico a la cabecera de la cama. Lo peor eran las recurrentes crecidas del río. “Cuando echabas los pies al suelo, el agua te llegaba ya por el tobillo y tenías que salir corriendo”, rememora. La riada de febrero de 1963 superó todos los registros conocidos. Ana Rueda no recuerda otra igual. El ímpetu del agua los obligó a encaramarse en el tejado para salvar el cuello. Y de allí los tuvieron que rescatar los bomberos.

Ya no pudieron volver nunca más al barrio. Las casitas pegadas al río quedaron en estado ruinoso y fueron demolidas. Muchos vecinos fueron realojados en las portátiles de las Margaritas. No fue su caso. La familia Rueda logró un piso de protección oficial del Sector Sur en la Calle Huelva y allí se instaló en los siguientes años.

PREGUNTA. Usted estudiaba en el colegio Rey Heredia.

RESPUESTA. Este fue mi primer colegio. Apenas lo recuerdo. Tenía 6 años. Solo sé que hacía mucho frío y que estaba abierto al patio. Yo soy asmática y entonces llovía a mares de vez en cuando. Un día cogí una bronquitis gorda y mi madre me dijo: “Se acabó el colegio. Ya no vas más”.

El 15M va a perdurar mientras haya gente que lo recuerde

La entrevista tiene lugar precisamente en el colegio Rey Heredia, hoy reconvertido en centro social comunitario. Aquí estudió brevemente Ana Rueda cuando vivía en Villabarro. Y aquí regresó sesenta años después en aquel movimiento autogestionario denominado Acampada Dignidad que ocupó el edificio, ya abandonado y decrépito, en octubre de 2013.

Son las 11.00 de la mañana de un tórrido día de finales de julio. No hay ni un alma en el centro social. En verano cierra sus puertas a cal y canto. Numerosos carteles evidencian que nos encontramos en un espacio comunitario sin bedeles ni ordenanzas. “Entre todes, cuidamos nuestro espacio. ¡Déjalo limpio!”, reza un letrero. Otro más allá dice: “Un pequeño gesto al salir: recoger, tirar basura y apagar luces. Ayuda mucho”. Y uno más: “Antes de irte, recoge y ordena. Si lo usas, déjalo mejor”.

Ana Rueda, activista

Nos sentamos en la biblioteca. Una amplia sala con dos grandes mesas y estanterías atestadas de libros. Todos perfectamente ordenados y etiquetados con la signatura correspondiente. En uno de los rincones, hay mobiliario infantil y algunos juguetes. Hay un aforismo ácrata que en los años setenta llenaba los muros de media España. Decía así: “Anarquía es orden natural”. Y, visto lo visto, este puede ser el caso. Pero volvamos a los años escolares de nuestra entrevistada.

P. ¿Ya no regresó al colegio?

R. Cuando nos fuimos al Sector Sur, ya con 8 años, estuve en el Colegio del Barco [en realidad, se llamaba Generalísimo Franco, y tenía la estructura de un buque con ventanas circulares y una baranda metálica]. Eran dos especies de barracones con los techos de uralita. Uno era para las niñas y otro para los niños. En el de las niñas estábamos más de 50, desde primero hasta octavo. Todas juntas y sin podernos mover.Y había algunas sentadas en el suelo.

P. Y allí aprendió a defenderse de las hostias de la maestra.

R. No aprendí a defenderme de las hostias. Simplemente las soportaba, que era distinto. Como ya tenía 8 años se daba por hecho de que tenía que saber leer y escribir. A la maestra no se le podía pasar por la cabeza que yo no supiera. Entonces me ponía a leer el Catecismo porque me estaba preparando para hacer la Primera Comunión. Y yo no sabía ni cómo ponerlo. Entonces la maestra cogía la palmeta y me pegaba fuerte.

En Rey Heredia nos cortaron el agua y hacíamos cadenas de cubos hasta la fuente

P. En aquellos años se pegaba mucho en la escuela.

R. Mucho. Te cogían de la oreja y te ponían de rodillas delante de los demás niños. Yo estaba en la primera fila y la mayoría de las hostias me las llevaba yo. Hasta que un día la maestra me ordenó que pusiera la mano, yo la moví y me dio en mal sitio. Se me puso la mano hinchada. Y mi padre dijo: “Se acabó el colegio”.

P. La volvieron a sacar.

R. Me volvieron a sacar. Entonces no había enseñanza obligatoria.

P. ¿La letra con sangre entra?

R. Mi padres no lo consideraban así. En el colegio no tenían interés en que los niños aprendieran a leer ni nada. Simplemente que estuvieras callada y que hicieras caso.

P. Y ya no volvió a la escuela.

R. A esa escuela no. Hasta que inauguraron el Jerónimo Luis de Cabrera en el Cerro. Entonces yo tenía casi 11 años y ya sabía leer y escribir perfectamente porque había aprendido en casa sola.

P. ¿En su casa?

R. Las primeras nociones de lectura me las dio un señor que fue director de la Orquesta Municipal. Se llamaba don Dámaso y yo le decía don Damasito. Una amiga de su hija tenía una especie de guardería enfrente de donde nosotros vivíamos. Ahí iba mi hermana y mi hermano, que eran más pequeñitos, pero yo me aburría mucho. Don Damasito me dijo: “Ana Mari, hoy vas a leerles tú a los niños”. Y yo le dije: “Don Damasito, yo no sé leer”. Ya tenía 9 años bien cumplidos. Fue él quien me dio las primeras nociones y me enseñó el abecedario. Un día me preguntó si mis padres tenían alguna revista en casa para leer. Y yo le dije: “Sí, don Damasito, mi padre tiene una colección de libros de novela clásica”. Y entonces me fui a por el libro más gordo que había en la biblioteca de mi padre.

Ana Rueda, activista

P. ¿Cuál era?

R. Los miserables, de Víctor Hugo. Solamente entender lo que significaba “miserables” me llevó una tarde entera.

P. ¿Qué aprendió con el libro?

R. Ese libro me marcó la vida porque me hizo entender lo que era la injusticia.

P. Fue su primer libro.

R. Fue mi primera lectura. Y yo no podía soportar aquella injusticia de que los poderosos pudieran machacar de aquella manera a los pobres. El libro es una joya y lo leí varias veces más. Aprender a leer me abrió otro mundo. Como siempre estaba enferma, mis hermanos se iban al cole y yo me quedaba encerrada en el piso.

P. Los libros la han salvado.

R. Los libros me salvaron la vida. Me hicieron viajar y salir de aquellas cuatro paredes.

En la riada del 63 nos tuvieron que rescatar los bomberos del tejado de mi casa

P. ¿Cómo era aquella Córdoba de los 60?

R. En un curso que hice de introducción a la escritura, me dijeron: “Haz una biografía”. Y yo escribí: “Cuando era pequeña, llovía mucho y todo era gris”. Yo recuerdo aquellos años siempre grises. En verano salía el sol y nos íbamos a bañarnos al río. Mi madre nos enjabonaba allí mismo para no tener que acarrear agua.

P. Se bañaban en el río.

R. Nos bañábamos todos. Las mujeres lavaban en el río en verano y tendían la ropa entre la hierba. Luego recogían agua para fregar y también para regar. El río era maravilloso, pero temible.

P. ¿Sabía nadar?

R. Yo no sabía nadar. Mi madre no me lo permitía. Le tenía pánico al agua y no nos dejaba movernos de la orillita donde se veían los pececitos entre las piedras.

Entrevista N&B a Ana Rueda, activista

P. ¿Volvió a estudiar?

R. Yo quería estudiar periodismo. Quería ser Maruja Torres para poder viajar. Me encantaba. Pero mi padre me dejó muy claro cuando yo tenía 15 años que él no le iba a dar estudios a una hija. Decía que era “tirar el dinero”.

P. El machismo de la época.

R. Sí. Y me metió a estudiar secretariado en una academia que había en la Calle Huelva. Allí hice dos años y el tercero lo terminé ya viviendo en Electromecánicas.

P. Su padre pensaba que ese era el trabajo destinado a la mujer.

R. Ese o limpiar la casa. Yo tenía tanto empeño en estudiar que sacaba muy buenas notas. Soy obsesiva. Me gusta mucho leer e investigar. Mi padre me quería enchufar en la administración pública cuando terminara secretariado pero tenía que tener los 18 años. Mientras, trabajaba cuidando niños y en una tienda de la Judería. Mi padre me enchufó en el PPO [Programa de Promoción Profesional Obrera], que dependía del Ministerio de Trabajo.

P. Y empezó a trabajar.

R. En esa época, para una mujer poder sacarse el bachiller superior, ir a la universidad, trabajar en la administración pública o sacarse el carné de conducir, necesitabas hacer el Servicio Social de la Falange. Duraba un año y tenía dos partes. Una parte era hacer un servicio en una residencia de mayores o en una guardería de niños.

P. Una especie de prestación social

R. Sí. Y luego la Formación del Espíritu Nacional, que te daban los falangistas. Aquello era surrealista. Todas las chicas lo estábamos haciendo para poder ir a la universidad, al bachiller superior o trabajar en la administración pública. Y solamente nos enseñaban a coser y a cuidar a los bebés y nuestros maridos.

Los libros me han salvado la vida

P. Ese era el modelo de la mujer.

R. Ese era el único modelo que aceptaba el franquismo. Yo tenía que hacer el Servicio Social, pero me reclamó el PPO a través del enchufe de mi padre. Fue horrible. Sufrí acoso permanente por parte del administrativo. Tenía entre 16 y 17 años.

P. ¿Lo denunció?

R. Eso no se podía denunciar entonces porque eran las mujeres las que salían mal paradas. Eso lo llevábamos las niñas metido en la cabeza.

P. Y las mujeres necesitaban autorización del padre para cualquier cosa.

R. Por supuesto. Hasta los 21 años o más. Una vez pedí un préstamo y me dijeron que me tenía que firmar mi padre.

P. Y ya estaba trabajando.

R. Yo estaba trabajando desde los 19 años. Tenía mi plaza en el Reina Sofía. Ese fue mi primer trabajo. Empezaron a salir cursos para entrar como auxiliar en el hospital, que entonces se estaba terminando de construir. Yo me apunté a todos esos cursos.

P. ¿En qué año entró en el Reina Sofía?

R. Las plazas las dieron en marzo del 75, pero no se pudo abrir el hospital hasta el 76. No había dónde trabajar. El hospital estaba vacío. Allí no había nada. En mayo de 1975, cuando ya llevaba un par de meses allí, pidieron voluntarios para cubrir las vacaciones de la gente del Coronel Noreña. Yo me ofrecí porque tenía muchas ganas de trabajar y en julio del 76 nos trasladaron al Reina Sofía.

Ana Rueda, activista

P. ¿Cómo recuerda la apertura del Reina Sofía?

R. Como un caos absoluto. Imagínese lo que es trasladar un hospital entero, con los enfermos y todo el material. A la vez tuvimos una sorpresa muy grata. En el Coronel Noreña todo el material era reutilizable, incluso las sondas y las jeringas. Las agujas se hervían. Eran muy gordas, se astillaban y dolían muchísimo. Y cuando llegamos al Reina Sofía nos encontramos con el almacén lleno de material de un solo uso. Aquello era flipante. No tener que estar todo el día lavando, hirviendo y esterilizando.

P. Su primer compromiso social fue el feminismo.

R. Mi primer compromiso social fue afiliarme a CCOO en cuanto entré a trabajar en el Reina Sofía.

P. ¿Era legal entonces?

R. Todavía no. Pero las mujeres que más apreciaba estaban en CCOO.

P. ¿Cómo era la situación de la mujer?

R. Hay que hacer una diferencia entre mi trabajo y la realidad del mundo afuera. En mi trabajo el 90% éramos mujeres. Las enfermeras, las limpiadoras, las pinches. Todas salvo los médicos, que había más hombres. El resto éramos mujeres. Era un ambiente muy feminizado y yo pensaba que el resto del mundo era igual. Y no. Era brutal. El hombre tenía siempre la última palabra, por muy dialogante que fuera. Mi padre era una persona dialogante y bastante progresista, pero la última palabra era “aquí mando yo”.

Gracias a dios, soy atea

P. El patriarcado.

R. Eso es. La educación que te daban las madres era para que te casaras, tuvieras hijos y la casa limpia.

P. ¿Ese era su proyecto personal?

R. Desde muy jovencita sabía que nunca me iba a casar.

P. Y no se ha casado.

R. No me he casado, pero tengo pareja y un hijo con casi 50 años. Lo tuve soltera.

P. Entonces era un pecado.

R. En el año 77 era un problema. Para mí no tanto porque yo era feminista y no era creyente. Dejé de ser creyente en aquel primer curso que hice de auxiliar de puericultura en la Noreña cuando tenía 17 años. El cura me estuvo acosando durante todo el curso porque yo era la más jovencita con mucha diferencia. Le gustaban las niñas. Yo pedí ayuda al cura de mi parroquia, que era mi confesor, y me dijo que lo perdonara. Ya está. Nadie movió un dedo por ayudarme.

Entrevista N&B a Ana Rueda, activista

P. ¿Por eso dejó de ser creyente?

R. Antes ya me cuestionaba muchas cosas. Discutía mucho con mi párroco, que era un cura más joven y se supone que más progresista. Luego se salió de cura y se casó con una compañera mía. Yo le decía: “A mí no me cuentes que dios es muy bueno y a unos hijos los mata de hambre y a otros se los da todo”. Para mí, el concepto de justicia estaba antes que el de religión. Y le decía: “Si yo tuviera dos hijos y a uno lo matara de hambre y al otro se lo diera todo, ¿tú qué dirías de mí? ¿Que soy una buena madre?”. Y el cura me decía: “Eso son dogmas de fe y tienes que creerlos”. Pues yo no me los creo.

P. Participó en aquella primera Asamblea de Mujeres del año 77.

R. Yo entré cuando se creó. Tenía 21 años. Y cuando fui ya estaba embarazada. Fue el 18 de julio del 77.

P. ¿Cómo la recuerda?

R. La reunión fue en una casa porque entonces era todo clandestino todavía. Nos prestaron un piso enfrente de Simago, en la calle Jesús y María. Yo vivía con mis padres en Santa Rosa y, al pasar por la calle Cruz Conde, en la iglesia de San Miguel, estaban todos los fascistas cantando el Cara al Sol con la mano en alto. Esa escena no se me olvida. En aquella reunión estuvimos todo el rato debatiendo cómo nos íbamos a llamar. Había muchas mujeres. Yo di a luz el 29 de agosto y no me pude incorporar hasta octubre. Y allí me tienes en todas las reuniones con la cestita de mi niño.

Las mujeres teníamos que estudiar Formación del Espíritu Nacional y nos enseñaban a coser y a cuidar a nuestros maridos

Ana Rueda ya ha rebasado la frontera de los 70 años. Es una mujer menuda y enérgica. Llega puntual a la cita en la puerta del Rey Heredia. No se separa del bastón ni un segundo para pisar sobre seguro. No en vano tiene 30 dioptrías en uno de los ojos y una discapacidad visual reconocida del 70%. Lo cual no le impide multiplicarse como las esporas en innumerables plataformas, colectivos, frentes, mareas y lo que haga falta para poner su granito de arena en causas imposibles.

Su último compromiso ciudadano es la Asamblea Antirracista de Córdoba y es uno de los rostros visibles del Centro Social Rey Heredia, que en 2026 cumple trece años de actividad autogestionaria. ¿Forma parte usted de la junta directiva? “Aquí no tenemos junta directiva”, puntualiza Ana Rueda con todas sus letras. “Todo lo decidimos en asamblea”, remacha sin rodeos. Así sea.

P. Usted ha sido feminista, ecologista, pacifista, anticapitalista, okupa y antirracista. No le falta un detalle.

R. Ese sentido de la justicia que yo tenía desde los 9 años me llevó a meterme en todos estos movimientos. Quería luchar por la justicia y por las mujeres trabajadoras. La mayoría de mis compañeras eran solteras porque antes las mujeres casadas no podían trabajar. Si se casaban tenían que elegir. Ese era el machismo que yo vivía en el día a día. Cuando nació mi hijo, a los tres días de dar a luz me obligaron a inscribirlo en el registro y allí me trataron como a una mierda.

P. ¿Por qué?

R. Porque era una chica muy jovencita, muy vulnerable, acababa de dar a luz y estaba soltera.

P. Estuvo en los orígenes de la organización ecologista Aedenat.

R. Allí estuve.

P. Y en el movimiento Anti OTAN.

R. Por supuesto.

Ana Rueda, activista

P. Y ha militado en organizaciones políticas.

R. En el MCA, en CCOO, en la CGT y llevo ya 13 o 14 años en la CNT. De ahí ya no me muevo.

P. Y fue usted una de las okupas de la Acampada Dignidad.

R. Por supuesto. Aquello nació en el año 2013. Queríamos imitar a una movida de Extremadura para ocupar plazas parecido al 15M, pero mucho más centrado en el tema del paro y de la precariedad laboral. El 15M, para mí, ha sido la segunda cosa más bonita que yo he vivido en mi vida.

P. Cuando lo ocupasteis el colegio estaba abandonado.

R. En muy mal estado. Nuestra idea era acampar en una plaza y crear movimiento en este barrio. Íbamos a empezar por la Plaza de Andalucía. Entonces se planteó ocupar Rey Heredia porque los vecinos del barrio llevaban dos años intentando que el Ayuntamiento cediera este espacio. El alcalde Nieto hacía oídos sordos. Y planteamos liberarlo para entregárselo al vecindario.

P. ¿Cuál era el objetivo principal?

R. Conseguir el espacio y cedérselo al vecindario. ¿Cuál fue el problema? El acoso bestial que ejerció el Ayuntamiento contra nosotros.

P. Os cortaron la luz y el agua.

R. La luz no nos la llegaron a quitar porque hicimos una estrategia: le pusimos un candado y cuando venían a cortar decíamos: “Esto lo ha puesto el juzgado”. Ningún operario se arriesgaba y se iban. Ya no volvieron. Cuando nosotros llegamos aquí el patio estaba lleno de basura y todo encharcado porque había cañerías rotas. Lo arreglamos todo.

P. Y os cortaron al agua.

R. Nos cortaron el agua y la reenganchamos dos días antes de Navidad: el 22 de diciembre. Mandaron a una cuadrilla para que nos quitaran las cañerías. Y varios días a la semana hacíamos cadenas de cubos de agua hasta la fuente. Mucha gente nos ayudaba. Los de los caracoles nos recogían garrafas de agua para la cocina.

De niña escuchaba cómo maltrataban bestialmente a mis vecinas

P. Montásteis una cocina comunitaria.

R. Al mes siguiente de entrar ya estaba funcionando con la idea de dar de comer a las personas vulnerables del barrio.

P. Era la época de la crisis económica.

R. Claro. Era para las familias que estaban pasando dificultades. Aquí se daban unas 80 o 90 comidas. Ahora mismo la cocina funciona dos días a la semana, pero se hace la comida para los cinco días.

P. Y la gente se la lleva.

R. Sí. Al principio yo estaba en la cocina y venía gente que vivía en la calle. Los gorrillas, por ejemplo. Con el tiempo cada vez iba viniendo menos gente a comer aquí presencial y ahora, sobre todo, vienen a recoger la comida.

P. ¿Qué queda de la Acampada Dignidad?

R. Sobre todo queda el nombre.

P. ¿Y del espíritu?

R. Al menos, en mí queda el espíritu. Y mientras quede en varias personas seguirá existiendo.

P. ¿Se hizo feminista en defensa propia?

R. Yo me hice feminista observando. Como no iba a la escuela, te da mucho tiempo de rebobinar. Y era muy consciente de la injusticia. Escuchaba como a mis vecinas las maltrataban bestialmente. A veces, huían y saltaban la parilla para meterse en casa de mi abuela, que vivía en Fray Albino. Pero el marido entraba y se la llevaba a correazo limpio mientras le tiraba de los pelos. Yo me ponía delante de la puerta y le decía a mi abuela: “¡No dejes que entre!”. Y mi abuela me decía: “Es su marido. Reza para que a ti no te toque un hombre así.”

Ana Rueda, activista

P. ¿El Cabril es una batalla perdida?

R. Hay muchas batallas perdidas. Esa es una de ellas. Lo mismo que perdimos la de la OTAN.

P. ¿Trum y Putin son dos caras de la misma moneda?

R. Hay muchas caras de esa misma moneda. Es el despotismo. Puro fascismo.

P. ¿El 15M fue un sueño de verano?

R. El 15M perdura y va a perdurar mientras haya gente que lo recuerde.

P. ¿Y dónde están los indignados?

R. Yo soy una indignada. Mi pareja es otro indignado. Y toda la gente que hay a nuestro alrededor. Los yayos. Stop Desahucios. Quedamos mucha gente indignada.

Hay muchas batallas perdidas. El Cabril y la OTAN son dos de ellas

P. ¿El pueblo unido jamás será vencido?

R. Eso era una utopía. En ciertos momentos de la historia el pueblo ha estado muy unido. Sobre todo, al principio del siglo XX, donde la miseria era tan atroz que llevaba a la gente a unirse por pura supervivencia. Yo ahora estoy escribiendo un libro sobre mis antepasados. Mis bisabuelos eran mineros en el Muriano. Los dos murieron allí jóvenes y las huelgas eran permanentes. El nivel de injusticia y de salvajismo contra esos trabajadores era tan bestial que se unían por pura supervivencia.

P. ¿Frente al voto delegado, poder asambleario?

R. Por supuesto. Yo soy anarquista. Y no creo en la delegación del voto.

P. ¿La anarquía es orden natural?

R. Yo creo que es el único orden que puede llevarte a la justicia social. No votar que alguien te represente, sino que tú tengas la soberanía siempre. Como en el 15M. Porque el 15M fue un ensayo de esa anarquía. Allí nadie era más que nadie. Y cualquier persona podía ser el portavoz hoy y mañana era otra. Que nadie opine ni decida por ti.

P. Ni dios, ni patria, ni rey.

R. Claro. La monarquía me parece un anacronismo absoluto. No tiene sentido que por cuestión de sangre tú puedas heredar un país. Qué absurdo. Y dios me ha demostrado claramente que no existe.

P. Se lo ha demostrado él mismo.

R. Sí. Gracias a dios, yo soy atea. Siendo agnóstica, llegué a la conclusión de que dios no existe. Eso son tonterías que han inventado los poderosos para tenernos tranquilizados.

Ana Rueda, activista

P. ¿La ley es igual para todos?

R. Por supuesto que no. Hay muchas leyes. Una para los poderosos. Como la de la Kitchen, que nunca va a juzgar a M.Rajoy ni a Cospedal, que se van de rositas. Y luego está la ley que condena y mantiene cinco o seis años en la cárcel a una persona por cantar una canción.

P. Y contra las leyes injustas, desobediencia civil.

R. Por supuesto. Desobediencia civil siempre.

P. Usted es desobediente.

R. Por supuesto que sí. Yo soy desobediente. Siempre lo he sido. A mí me han puesto multas antes de que saliera la Ley Mordaza. He perdido la cuenta de las veces que me detuvieron por pegar carteles. Una vez nos detuvieron cuando iba con mi niño chiquitito. Tenía 4 años y venía de una asamblea. Recogí a gente que había estado pegando carteles y los subí en mi coche. Eso fue en abril del 82. Nos metieron en Comisaría y a mí me estuvieron torturando con mi niño en brazos durante varias horas.

P. ¿Torturando?

R. Sí. A mi niño le daban con el Cetme en la cara y le decían: “Niño, despídete de tu madre que la vamos a matar”. Desguazaron mi coche y sacaron todo.

P. ¿Qué buscaban?

R. No buscaban nada. Ellos sabían que allí no había nada. Había un megáfono, que ponía Movimiento Comunista de Andalucía. Y querían que yo dijera de quién era el megáfono, pero no podía porque una de las consignas ridículas y patéticas que teníamos en esa época era: “A la Policía ni agua”. A mí me aterrorizaron. Yo pensaba que me quitaban de en medio con mi niño, que estuvo dos años con terrores nocturnos.

P. ¿Ningún ser humano es ilegal?

R. Por supuesto. Hay cosas que hacen los seres humanos que son ilegales. Pero los seres humanos nunca.

P. ¿Qué hay que hacer con el fenómeno de la inmigración?

R. La inmigración no es un fenómeno. La inmigración ha ocurrido siempre. Si Europa hoy tiene habitantes es porque nuestros antepasados salieron de África y emigraron. Si no, Europa sería un continente vacío. En el ADN del ser humano está esa inquietud. No hace falta que te estés muriendo de hambre en Senegal o que te estén bombardeando en Sudán para que tengas el derecho a salir. Por ser humano tienes derecho a moverte por el mundo, porque ninguna parte del mundo le pertenece a nadie por muchas banderitas que lleve en la muñeca.

El mundo no le pertenece a nadie por muchas banderitas que lleve en la muñeca

P. ¿La prioridad nacional a dónde nos lleva?

R. A legalizar el racismo puro y duro. Ya está. El PP se ha apropiado de ese discurso. Lo están utilizando porque les funciona de puta madre. Pero ellos, en realidad, nunca expulsarían a los inmigrantes de España. Los primeros que se les iban a echar encima son sus votantes de El Ejido, de Carboneras o de la Campiña. ¿Quién iba a hacer ese trabajo? ¿Quién iba a cuidar a los viejos? ¿Quién iba a trabajar en los bares o en la construcción?

P. ¿Qué le pide a nuestro alcalde?

R. Simplemente que tenga un poquito de vergüenza. Que no nos trate a la gente de Córdoba como subnormales profundos. Y que dignifique esta ciudad, porque la tiene absolutamente abandonada. Los barrios están comidos de mierda. Ahora en julio están podando los árboles. ¿Qué pretende? ¿Destrozarlos? Yo vivo en Majaneque y la mierda nos come. Jamás pasan por allí limpiando. Son las vecinas las que limpian las calles.

P. ¿Moreno Bonilla ha venido para quedarse?

R. Supongo que durante un tiempo sí.

P. ¿Qué ha pasado en Andalucía?

R. No ha pasado nada. No hay tanto cambio. Yo no recuerdo con Susana Díaz o con Chaves que la gente fuera mucho más progresista. Simplemente es acomodaticia y suele apuntarse a caballo ganador.

P. Después de Pedro Sánchez y el Gobierno de coalición, ¿qué?

R. Está claro que va venir PP y Vox. La extrema derecha pura y dura. Vamos a volver al fascismo.

P. ¿Cuál será su próxima batalla?

R. Para mí, la batalla más importante es la lucha contra el racismo. Es bestial. Lo que hasta hace muy pocos años por pudor se lo callaban, hoy presumen de racismo y de odiar a las mujeres, a las personas del colectivo LGTBI y a los inmigrantes. Les desean la muerte. Es un odio desaforado. Lo primero es hacer frente a ese odio. Yo podría ser una de esas personas vulnerables. Soy una mujer mayor y con una discapacidad de casi un 70%. Pero no me siento vulnerable. Tengo recursos de todo tipo para hacerles frente.

P. Aprendió usted a defenderse de las hostias de la maestra.

R. Y también de las hostias que te da la vida.

Ana Rueda, activista
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