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“Mulato con tres argollas de hierro y dos cadenas”: así ha sido el comercio de esclavos en Córdoba

Los esclavos negros eran cazados en la costa atlántica de África y transportados en barcos "infernales" hasta Sevilla y Lisboa

Aristóteles Moreno

2 de octubre de 2026 19:59 h

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El titular que encabeza este reportaje no se ha escapado de una película de piratas. Ni retrata un episodio estrambótico de algún lugar olvidado del Caribe. La expresión literal figura en un documento antiguo guardado en el Archivo Provincial Histórico de Córdoba. Y no es una rareza. Hay cientos de legajos que describen la crudeza del comercio de esclavos en la ciudad donde usted habita.

El caso que destacamos aquí data de mayo de 1571. Bartolomé Ruiz recibe del mercader Alonso Ruiz de Torres un mulato “con tres argollas de hierro en las dos piernas y dos cadenas asidas de ellas”, según refleja textualmente uno de los expedientes consultados por el historiador Juan Aranda Doncel en un artículo sobre La esclavitud en Córdoba durante los siglos XVI y XVII publicado en 1981.

Durante siglos la trata de seres humanos fue una práctica habitual en España. También en Córdoba. Existe información abrumadora que acredita que comprar y vender personas para realizar trabajos duros o someterlos a la servidumbre doméstica estaba a la orden del día. Es imposible precisar el número de esclavos que fueron subyugados en Córdoba hasta finales del siglo XIX, pero los expertos cuentan la cifra por miles.

La esclavitud se reactivó en España con la conquista de América, explica Enrique Soria, catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Córdoba y reputado experto en genealogía. El colapso demográfico derivado de las epidemias introducidas en el Nuevo Mundo por los españoles obligó a los conquistadores a importar mano de obra de forma masiva del África subsahariana.

Córdoba no fue una sociedad esclavista, pero sí una sociedad con esclavos

Enrique Soria — Catedrático de Historia Moderna de la UCO

Sevilla y Lisboa fueron dos de los polos de distribución más importantes de la Península Ibérica. También los puertos de Cádiz y Málaga, y, en menor medida, Granada, Córdoba y Jaén. “Córdoba no fue una sociedad esclavista, pero sí una sociedad con esclavos”, matiza el profesor de la UCO.

Enrique Soria remarca que la esclavitud ha sido una práctica milenaria de explotación laboral que hasta el siglo XIX nunca fue cuestionada. Incluso Fray Bartolomé de las Casas, el gran defensor de los indígenas americanos, defendió inicialmente que para realizar trabajos forzados ya estaban las “piezas de ébano” subsaharianas, según aduce el catedrático cordobés.

El historiador Juan Aranda Doncel, en su artículo de investigación de los años ochenta, identificó 719 ventas de esclavos en Córdoba durante los últimos treinta años del siglo XVI. A partir de 1569, se produce un repunte del comercio de seres humanos. Un año antes se había desatado la rebelión de los moriscos en las Alpujarras y Felipe II autorizó el expolio de sus bienes y la captura de los sublevados como mano de obra cautiva. El monarca proclama literalmente lo siguiente, según recoge el historiador cordobés: “Campo franco a todos los cristianos que sirviesen bajo bandera o estandarte, y que aprehendiesen en sí todos los bienes muebles, dineros, joyas y ganados que tomasen a los enemigos, y que no pagasen quinto ni otra cosa alguna de las personas que captivasen”.

La mayor actividad mercantil de esclavos se produce entre 1569 y 1573. Aranda Doncel detecta en ese lustro 331 adquisiciones de personas, principalmente moriscos, pero también negros, mulatos y blancos magrebíes. En Córdoba, los cautivos moriscos representan el 38% del total. A partir de 1590, los conversos granadinos desaparecen del mercado de personas y repuntan con fuerza nuevamente los negros (33%), mulatos (21,5%) y blancos magrebíes (2,5%).

Los esclavos eran sometidos en Córdoba a trabajos duros y servidumbre doméstica

La documentación histórica identifica a los esclavos vendidos por su color de piel: “membrillo cocido, loro y prieto”. Es decir, mulato claro, mulato y negro. Los negros solían provenir de Guinea, que comprendía entonces desde las costas de Mauritania hasta Angola, y lo que se designaba como Berbería: es decir, el norte de África.

En otro trabajo escrito por Albert Ndamba Kabongo, citado también por Doncel, se señala al barrio de la Mezquita Catedral de Córdoba como el de mayor concentración de esclavos. El autor congoleño investigó las partidas bautismales entre el año 1600 y 1621. Constató que todos los esclavos africanos profesaban la religión musulmana pero fueron cristianizados. Un acta de bautismo de 1593 reflejaba una práctica rutinaria: “Se tornó christiano que era moro, instruyóse muy bien primero y recibió el santo baptismo con mucha alegría”.

Durante el último tercio del siglo XVI estudiado por Aranda Doncel, la franja de edad más frecuente entre los esclavos era de 20 a 29 años, que concentraba el 41% de todas las transacciones. Le siguen los jóvenes entre 10 y 19 años y después el intervalo 30-39 años. Un número significativo de personas sometidas a trata tenía menos de 9 años.

El precio de los esclavos variaba en función de la edad y el género. La franja 20-29 años es la que alcanzaba las tarifas más elevadas: 75,6 ducados. Las mujeres eran más caras (84,9 ducados), previsiblemente porque su mano de obra se apreciaba especialmente para el servicio doméstico. Además, eran más “dóciles” y sus hijos heredaban el estatus jurídico de la madre. El color de piel también condicionaba su valor: más caros los blancos y más baratos los moriscos.

Muchos soldados cordobeses se tomaron como botín "piezas humanas" en la Guerra de las Alpujarras y luego vendían a los moriscos a su regreso

Más de la mitad de los vendedores de esclavos eran personas residenciadas en Córdoba. La razón está directamente vinculada a la Guerra de las Alpujarras contra los moriscos. Los soldados cordobeses que participaron en la contienda son recompensados con parte del botín y la toma de “piezas humanas” para venderlas a su regreso a Córdoba.

Los nobles son el colectivo más activo en la compra de esclavos: el 23%. Son cordobeses de alto nivel económico y vinculados al poder municipal. Le siguen los clérigos (12,4%): canónigos, racioneros, vicarios, notarios apostólicos e inquisidores. Los mercaderes también compran seres humanos. Y los artesanos, herradores, caldereros, curtidores, herreros y hasta los albañiles.

La tesis doctoral de Víctor José Rodero también aporta información detallada sobre este baldón negro en la historia de Córdoba. A lo largo de sus 1.305 páginas revisa cientos de protocolos notariales, particularmente testamentos e inventarios. Rodero también es cauto en relación con el número de esclavos subyugados en Córdoba. El investigador analiza el periodo 1556-1598 e identifica a un total de 559 personas sometidas.

El 54% de los compradores examinados solo adquieren un esclavo. El 24% obtienen dos y el 10% tres cautivos. Y refleja varios casos ilustrativos. Por ejemplo, en 1571, tras el fallecimiento de Luis Venegas de Sandoval se reparten siete esclavos y tres esclavas, según figura en el inventario de bienes elaborado por sus hermanas. Garci Méndez de Sotomayor distribuyó igualmente a sus diez esclavos entre su esposa y sus tres hijos, tal como aparece en su carta testamentaria.

En relación con el tipo de compradores, Rodero aporta datos que alteran significativamente el escrutinio realizado por Aranda Doncel. Según su investigación, el sector más dinámico en la adquisición de esclavos corresponde al terciario: mercaderes, comerciantes y profesiones liberales. Ese grupo acapara el 30,7% de las transacciones. Le siguen nobles y militares (29,2%), artesanos (16,6%) y eclesiásticos (10,8%).

El sector menos esclavista era el agroganadero. Hablamos del grueso de la población en la Córdoba del XVI, cuyo censo a finales de la centuria apenas superaba los 48.000 vecinos. Era, desde luego, la clase con el poder adquisitivo más bajo y sin recursos económicos, por tanto, para comprar seres humanos.

La esclavitud fue formalmente abolida en España en 1837, pero continuó ilegalmente hasta finales del XIX

El clero secular tuvo una nutrida presencia en el mercado de esclavos, a mucha distancia de las órdenes regulares monásticas, donde era poco frecuente. Solo un obispo ha sido identificado como poseedor de un “significativo número de personas esclavizadas”: Leopoldo de Austria. Víctor José Rodeo ha analizado 1.011 cartas de compraventa y testamentos para elaborar su tesis doctoral, dirigida por Manuel Fernández y Enrique Soria.

El investigador Jesús Cosano ha estudiado profusamente el fenómeno de la esclavitud, particularmente de origen africano. El comercio moderno de personas arranca en 1420 tras las primeras expediciones de portugueses y españoles en la costa atlántica. “Córdoba y las provincias del interior no tuvieron la entrada masiva de esclavos como Sevilla, Huelva, Cádiz y Lisboa”, puntualiza.

Cosano analiza minuciosamente el caso de El negrero de Puente Genil, publicado por la editorial Aconcagua Libros en 2022. Se trata del quinto volumen de la serie Los invisibles, dedicada a colectivos olvidados. En el libro, el investigador pontanés examina el negocio clandestino de esclavos controlado por el esposo de María Cristina de Borbón en alianza con Antonio Juan Parejo, un militar de Puente Genil antiguo compañero de Fernando Muñoz en la Guardia Real.

Parejo se instaló en Cuba a mediados del siglo XIX, donde se casó con una acaudalada aristócrata de la familia Benítez de Lugo, empresaria azucarera. “Antonio Juan Parejo amasó una inmensa fortuna con la trata de personas”, subraya Jesús Cosano en conversación telefónica. El investigador ha consultado decenas de documentos de la época que revelan la “extrema crueldad” del negocio esclavista y la explotación sexual de muchas de las cautivas.

La trata de seres humanos fue una poderosa industria económica durante siglos. “La riqueza generada por la captura de personas en África es uno de los grandes motores del desarrollo de la sociedad mundial contemporánea”, sostiene Cosano. Muchas de las grandes fortunas históricas anclan su origen en la acumulación de capital gracias al tráfico de esclavos.

Senegal, Mauritania y otros puntos de la costa atlántica africana eran los puertos de salida del entramado esclavista. Los cautivos eran encerrados en fortalezas o cárceles costeras antes de ser embarcados y encadenados en las bodegas de los barcos negreros. “Las condiciones eran infernales”, describe Cosano. Muchos morían en la travesía y eran arrojados sin piedad al mar.

Los negros africanos dejaron en Andalucía y Córdoba una huella que ha sido históricamente “invisibilizada”. “Cuando investigué los orígenes del flamenco, me llamó la atención que los teóricos hablaban exclusivamente de gitanos, árabes o indios, y omitían que los escritores del Siglo de Oro documentaron ampliamente a mulatos y negros cantando y bailando”. Cosano asegura que la cultura andaluza y el flamenco le “deben muchísimo” a las aportaciones musicales y dancísticas de la población afrodescendiente.

Formalmente, la esclavitud fue abolida en España con la Constitución de 1837, pero se mantuvo de forma ilegal durante décadas. Veinte años antes, en 1807, había sido prohibida por Inglaterra, la gran potencia esclavista desde el siglo XVIII. El giro inglés no se debió a razones de tipo moral, argumenta Enrique Soria, sino a la Revolución Industrial. Con la mecanización y el abaratamiento de los costes de producción, la mano de obra esclava se convirtió en un obstáculo para vender su maquinaria.

España la vetó nominalmente en la Península Ibérica pero la prolongó unas cuantas décadas más en sus colonias, principalmente Cuba, cuya oligarquía azucarera necesitaba del negocio esclavista para la explotación barata de la mano de obra.

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