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Sobre este blog

Soy ingeniero agrónomo y sociólogo. Me gusta la literatura y la astronomía, y construyo relojes de sol. Disfruto contemplando el cielo nocturno, pero procuro tener siempre los pies en la tierra. He sido investigador del IESA-CSIC hasta mi jubilación. En mi blog, analizaré la sociedad de nuestro tiempo, mediante ensayos y tribunas de opinión. También publicaré relatos de ficción para iluminar aquellos aspectos de la realidad que las ciencias sociales no permiten captar.

¿Referentes morales? No, gracias

El expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero comparece ante la Comisión de Investigación sobre el ‘caso Koldo’, en el Senado, a 2 de marzo de 2026, en Madrid (España).

Eduardo Moyano

22 de mayo de 2026 19:58 h

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La imputación del expresidente Rodríguez Zapatero ha causado estupor en las filas de la izquierda (no sólo del PSOE) por la alta valoración de las políticas sociales que emprendió durante su mandato, especialmente las relativas a la ampliación de los derechos de ciudadanía.

Desde amplios sectores de la izquierda se habla incluso de Zapatero como “referente moral”, aunque grupos vinculados al 15M y a los orígenes de Podemos nos han recordado que aquella protesta fue contra las políticas de austeridad aplicadas por sus gobiernos y que provocaron no poco daño a las personas más vulnerables.

En todo caso, los que apelan a la intachable trayectoria de Zapatero como presidente aspiran a poder neutralizar las graves acusaciones incluidas en el auto del juez instructor Calama de la Audiencia Nacional, o al menos desviar su atención hacia otros asuntos (lawfare, golpismo con toga…)

Una persona de la rectitud moral de Zapatero no puede, dicen, haberse corrompido del modo como se le atribuye en ese auto. Lo que afirma el juez no encaja con la imagen sin mácula de Zapatero, de donde concluyen que todo se debe a una persecución, otra más, de los jueces contra personas de la izquierda, y debemos salir a defenderlo.

Negar en principio, y hasta pruebas evidentes que lo demuestren, los posibles hechos delictivos de sus dirigentes, forma parte del manual de los partidos políticos, y es normal que lo sea, en base al principio de presunción de inocencia. Por ello, no debe sorprender el cierre de filas en apoyo al expresidente socialista, como tampoco el que hizo en otras ocasiones el PP respecto de los dirigentes implicados, por ejemplo, en la trama Gürtel, en el caso Bárcenas o en el escándalo de la Kitchen (que justo ahora se está juzgando).

Doble moral en la derecha, supremacismo ético en la izquierda

La derecha no suele hablar de “referentes morales” a la hora de calificar a sus dirigentes, y eso que gran parte del ideario conservador bebe de las fuentes de la democracia cristiana. Ni siquiera Fraga o Aznar, principales referencias del PP, son elevados al altar de la moralidad política. Quizá aquello de “dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César” puede explicar el pragmatismo ético y la doble moral con que se mueven este tipo de familias políticas.

La izquierda, por el contrario, utiliza más los criterios morales, lo que resulta cuando menos paradójico por el componente laico de sus ideas. Quizá esto se deba a que los elementos sobre los que la izquierda construye sus proyectos políticos, aquí y en todo el mundo, han tenido siempre, desde la filosofía marxista en que se inspiran, una base moral (crear una sociedad más justa, luchar contra las desigualdades, cambiar el orden económico, confiar en las clases trabajadoras como sujeto histórico…)

La dimensión moral del discurso y de los proyectos políticos de la izquierda es, sin duda, muy atractiva para amplios sectores de la ciudadanía. Pero es también muy arriesgada, pues quienes tienen que ponerlos en marcha son seres humanos imperfectos como todos, personas sometidas a las tentaciones de la codicia y la ambición. De ahí que, en el espacio político de la izquierda, donde se suele esgrimir un cierto supremacismo ético, el impacto negativo que causa la corrupción es mucho mayor que en la derecha.

Necesidad de instituciones de control

John Adams, que fuera, tras George Washington, el segundo presidente de los EE.UU. tuvo un memorable debate con su amigo y rival Thomas Jefferson con motivo de la redacción del documento de declaración de la independencia de las trece colonias (4 de julio de 1776), y luego durante la elaboración de la Constitución americana. Mientras que Jefferson, intelectual y filósofo, creía en la entereza moral de los seres humanos y confiaba plenamente en sus virtudes como buenos ciudadanos, Adams, jurista curtido en los tribunales y, por ello, buen conocedor de las imperfecciones humanas, desconfiaba de la humanidad en general, y en especial de la clase política.

Consciente Adams de que la codicia forma parte esencial del ser humano, consideraba un peligro poner en manos de los políticos amplias parcelas de poder. Por ello, sólo confiaba en el control que pudieran ejercer las instituciones sobre ellos, y se esmeró en que así se contemplara en las bases fundacionales de los EE.UU. (“prefiero un país de leyes a otro de hombres”).

En resumen, dada la naturaleza de la condición humana, hablar de “referentes morales” en la política, como en otras facetas de la vida, es un error que sólo conduce a la decepción y el desengaño. Como dice una antigua sentencia británica, “todos guardamos algún cadáver en el armario, sólo hay que esperar a que se descubra”.

Por eso, no tiene sentido buscar “referentes morales” en un mundo, como el de la política, que se rige por la lógica del poder y los intereses y en el que son proclives a la corrupción los que la ejercen. A lo único que podemos aspirar es a que los políticos hagan bien el trabajo para el que los hemos elegido, y a que haya instituciones de control que velen por que no se produzcan desviaciones en sus actitudes y comportamientos.

No hay que buscar, por tanto, en la política los “ángeles” virtuosos e inmaculados de Jeffersson, pues no existen como diría Adams, sino personas capaces de desempeñar bien los cargos públicos y propensos a equivocarse e incluso a corromperse. Y entonces que sea el electorado quien haga balance de sus actuaciones, y los poderes judiciales los que los juzguen cuando realicen alguna actuación delictiva.

La dificultad de la retirada

Volviendo al tema de la imputación del expresidente Rodríguez Zapatero, espero y deseo que pueda dar el próximo 2 de junio las explicaciones pertinentes ante el juez Calama, y que sea su caso sobreseído.

Y lo deseo no por considerar a Zapatero un “referente moral”, pues, como he señalado, discrepo de utilizar ese tipo de valoraciones para juzgar a los políticos, sino por la fuerte desafección que su caso podría provocar en unos ciudadanos ya bastante escaldados con los escándalos de corrupción y con el descrédito diario de la vida parlamentaria. También espero y deseo que se desmientan las acusaciones que hay contra él para evitar el elevado coste reputacional que tendría el procesamiento de un expresidente para la democracia española.

Una última reflexión que me suscita el caso de Zapatero tiene que ver con el tema de la retirada de la vida política, y la resistencia a apartarse de los aledaños del poder. Muchos políticos deciden apartarse y dedicarse a otras actividades poniendo al servicio de instituciones académicas su expertise mediante diversas fórmulas de colaboración. Pero muchos otros optan por ejercer actividades de lobby aprovechando su valioso capital relacional, como es el caso que nos ocupa y el de otros de distinto signo y procedencia.

Los que ejercen ese tipo de actividades se adentran en un campo minado de alto riesgo, en el que no es fácil determinar dónde acaba el lobbismo y donde comienza el tráfico de influencias. La adulación por parte de quienes son especialistas en hacerla, y los elevados honorarios que se reciben por esa actividad, son una mezcla explosiva capaz de tentar al político más incorruptible; incluso a algunos expresidentes que parece no conformarse con el buen trato que reciben del erario público una vez que dejan la presidencia (salario vitalicio, secretaría, despacho...)

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Soy ingeniero agrónomo y sociólogo. Me gusta la literatura y la astronomía, y construyo relojes de sol. Disfruto contemplando el cielo nocturno, pero procuro tener siempre los pies en la tierra. He sido investigador del IESA-CSIC hasta mi jubilación. En mi blog, analizaré la sociedad de nuestro tiempo, mediante ensayos y tribunas de opinión. También publicaré relatos de ficción para iluminar aquellos aspectos de la realidad que las ciencias sociales no permiten captar.

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