A propósito de Habermas
La muerte del intelectual alemán Jürgen Habermas a los 96 años el pasado 14 de marzo ha dado lugar a la publicación de numerosos artículos que resaltan el innegable valor de su legado. El reconocimiento de la figura de Habermas ha trascendido su país natal al ser considerado uno de los intelectuales europeos de mayor relevancia de las últimas décadas. El eco de su obra en España le llevó a recibir en 2003 el Premio Príncipe de Asturias en el área de Ciencias Sociales.
Un intelectual comprometido con su tiempo
En los artículos publicados tras su fallecimiento se destaca su amplia trayectoria académica en un campo muy amplio, que abarca desde la filosofía moral a la sociología política y la filosofía del derecho (con influencia de autores como Kant, Marx, Weber, Arendt, Adorno o Rawls).
Su carrera se inició en 1956 en la Escuela de Frankfurt (entonces centro de referencia del marxismo crítico), diversificando más tarde su horizonte teórico y analítico en otras universidades alemanas, donde desarrollará una intensa actividad docente e investigadora.
Además de sus aportaciones de tipo académico, cabe resaltar también su compromiso social y político, habiendo participado de forma activa en muchos de los debates surgidos en torno a los temas y acontecimientos que marcaron su época. Por ejemplo, en la segunda mitad del siglo XX, estuvo presente en el debate con los historiadores sobre las causas del ascenso del nazismo en Alemania; también debatió directamente con los estudiantes en las revueltas de los años setenta; dio la bienvenida al colapso del socialismo real en los países del este europeo; observó con interés la emergencia del ecologismo y los partidos verdes; apoyó sin ambages la reunificación alemana, aunque con matices por el modo como se produjo…
Asimismo, se ha destacado la constante presencia de Habermas, con ensayos y tribunas de opinión, en algunos de los debates más significativos del actual siglo XXI. Mostró, por ejemplo, su preocupación por la partitocracia y sus efectos perversos en las democracias parlamentarias y observó con interés la emergencia de nuevos movimientos sociales (sobre todo, el feminista, al que le había prestado poca atención en sus años anteriores). Además, analizó con escepticismo la evolución de una socialdemocracia que asumía sin reparos los principios neoliberales y se impregnaba de valores identitarios alejados de su legado universalista.
Apoyó la última gran ampliación de la UE, pero expresando los riesgos que una adhesión tan acelerada y guiada por una lógica más económica que política podía representar para el avance de la integración europea. Mantuvo, no sin críticas, un firme apoyo al estado de Israel mostrando su preocupación por la deriva expansionista y autoritaria de sus últimos gobiernos. Observó con atención, y apoyó, el creciente proceso migratorio hacia los países europeos, si bien fue consciente del reto social y político que suponía gestionar el multiculturalismo que ello representaba. Finalmente, y ya casi a las puertas de su fallecimiento, participó en la controversia sobre el modo de afrontar la invasión de Ucrania por los ejércitos de Putin…
La amplitud del pensamiento de Habermas y la curiosidad intelectual que siempre tuvo le llevaron incluso a participar en debates sobre la religión, como el que tuvo lugar en 2004 en la Academia de Múnich con el cardenal Ratzinger sobre la importancia de la fe y la necesidad del diálogo entre creyentes y no creyentes.
Como puede verse por lo antes señalado, su trayectoria cubre un amplio espacio intelectual, existiendo una estrecha relación entre el Habermas filósofo y científico social, y el Habermas comprometido con la realidad de su tiempo. Esa relación fue tan intensa, que resulta difícil separar las dos dimensiones, dado que, al igual que la obra académica de Habermas está influida por el activismo que le caracterizó, su compromiso social y político es una proyección de aquélla, retroalimentándose ambas.
Entre lo analítico y lo normativo
Sus grandes aportaciones están formadas por obras como Historia crítica de la opinión pública (1962), Conocimiento e interés (1968), Teoría de la acción comunicativa (1981), Conciencia moral y acción comunicativa (1983), Facticidad y validez (1992), El futuro de la naturaleza humana (2003) o Entre naturalismo y religión (2005).
Algunos de esos trabajos se limitan a analizar la realidad social sin que Habermas haga de un modo explícito ninguna recomendación de naturaleza normativa, procurando que su posicionamiento político e ideológico quede al margen del análisis y evitando así el sesgo valorativo del que hablara Weber medio siglo antes. Por ello, estos trabajos de Habermas pueden calificarse de descriptivos y/o explicativos en lo que se refiere a su carácter epistemológico.
Por el contrario, en su Teoría de la acción comunicativa (donde plantea la tesis de la deliberación pública en lo que él denomina la “esfera de la vida” y que viene a ser lo que otros autores habían denominado la “sociedad civil”), Habermas no se limita a describir y explicar lo que ocurre en la realidad, sino que propone herramientas de intervención social, cruzando se ese modo la línea que separa lo científico de lo político. Es ahí, en ese cruce donde radica gran parte del atractivo de su obra, pero también su debilidad.
En el citado trabajo, y en línea con los enfoques del “republicanismo cívico”, hace un juicio crítico de las democracias contemporáneas, y nos dice lo que debe hacer el buen ciudadano para recuperar el funcionamiento de un sistema social y político que Habermas considera degradado. Es, por tanto, su teoría de la acción comunicativa (y la tesis de la deliberación) una teoría valorativa (normativa) más cercana a la filosofía moral y a la ética que a la sociología, si bien paradójicamente es la que ha tenido mayor resonancia social e impacto sociológico.
La tesis de la deliberación
A continuación, y en mi condición de sociólogo, me centraré en la tesis de la deliberación por ser, como digo, la que mayor eco ha tenido en los círculos sociales y políticos. Esta teoría ha servido de sustento moral a los grupos que enarbolan la bandera crítica contra el deterioro de la democracia y la colonización de la sociedad civil (la esfera de la vida) por la economía (mercado capitalista) y por el aparato burocrático del Estado.
Según Habermas (muy en línea con el legado kantiano), la deliberación y el diálogo racional entre los ciudadanos son la base esencial para el buen funcionamiento de la democracia, acuñando el término “patriotismo constitucional” para caracterizar el consenso deliberativo. Para Habermas, en una sociedad cada vez más compleja, con identidades plurales y culturas diversas, sólo es posible la convivencia poniéndonos de acuerdo (deliberando) en torno a un conjunto de valores y normas comunes, encarnados en el marco constitucional democráticamente establecido (un patriotismo menos esencialista y más pragmático).
De algún modo, lo que se propone Habermas es una reactivación del viejo ideal de los valores universales de la Ilustración, si bien circunscritos ahora a un conjunto mínimo de valores y normas sobre los que, en su opinión, cabe el consenso.
Su teoría sobre la deliberación ha venido usándose para sustentar (y legitimar) nuevas formas de participación social y política que superen las limitaciones y deficiencias de las democracias liberales, basadas, sobre todo, en el ejercicio del voto. La apuesta por nuevas fórmulas de participación directa, como los foros y asambleas ciudadanas, los consejos consultivos, los presupuestos participativos o el uso del referéndum como democracia desde abajo, han encontrado en las ideas de Habermas un anclaje para legitimar su puesta en marcha.
Sobre la vigencia de la tesis deliberativa de Habermas
Sobre la teoría de la deliberación cabe preguntarse, no obstante, si el modo como concibe Habermas las relaciones entre los individuos y entre los grupos de intereses en las sociedades actuales se ajusta o no a la compleja realidad social de hoy como para sustentar las fórmulas innovadoras que se proponen en el ámbito de la gobernanza de los asuntos públicos.
La experiencia nos dice que no es así, y que la concepción que tiene Habermas de una ciudadanía guiada por la virtud y por la voluntad de cooperar está muy alejada de lo que ocurre en la realidad. Las deficiencias de las fórmulas participativas a la hora de su puesta en marcha nos conducen, al menos, a dudar de la viabilidad práctica de la teoría habermasiana de la deliberación. Ejemplos del bajo nivel de participación ciudadana en las experiencias de democracia directa indican que algo falla, al igual que ocurre con la deriva autoritaria y burocrática de movimientos surgidos inicialmente de la libre y abierta deliberación social y política.
Da la impresión de que, en la democracia contemporánea, se impone una lógica de intereses que acaba concentrando el poder en unas élites dotadas de eficaces estructuras verticales de coordinación imperativa. A diferencia de lo que planteaba Habermas, la deliberación efectiva no se produce entre los ciudadanos, sino entre unas cúpulas organizativas, desiguales entre sí, pero cada una ostentando en su propio ámbito una cuota de poder con capacidad para ser movilizada (dirigentes de los partidos políticos, líderes sindicales, representantes de las organizaciones patronales, élites de las grandes corporaciones…)
En este sentido, otras teorías como la del corporatismo (neo-corporativismo) aportan, en mi opinión, mejores explicaciones al funcionamiento real de las sociedades contemporáneas que la teoría normativa de Habermas sobre la deliberación. Son, además, teorías centradas sólo en analizar el papel de las grandes corporaciones de intereses observando que es a través de ellas como funciona el mundo de hoy; se limitan, por tanto, a mostrar cómo es la realidad y no cómo debería ser.
Existen, sin duda, ámbitos de deliberación horizontal (y desde abajo) en el sentido habermasiano, tal como puede observarse en muchos ámbitos del “mundo de la vida” (el tercer sector, el cooperativismo, las asociaciones cívicas y culturales, las comunidades religiosas…) Pero no parece que esa rica y diversa dinámica deliberativa, que puede analizarse mejor desde enfoques teóricos no valorativos (como el del capital social o relacional), tenga efectos reales en el funcionamiento de las democracias. Y menos aún tras constatar las limitaciones de las nuevas tecnologías para ampliar el espacio de influencia de la ciudadanía en los asuntos públicos.
Internet (y las redes sociales propiciadas por ella) abren, en efecto, espacios de deliberación (sociedad red, que diría Castells), pero no en el sentido que había previsto Habermas en torno a un conjunto compartido de valores universales y de normas comunes. Los de ahora son espacios fragmentados, según las preferencias y las identidades de cada individuo (religiosas, culturales, étnicas, sexuales…), unos espacios que, además, tienen un fuerte potencial de exclusión (cancelación) hacia el que no pertenece al mismo grupo, tal como el propio Habermas admitió, no sin amargura, en sus últimas entrevistas.
El cuestionamiento de un sistema universal de valores apelando a la autonomía personal y la libertad individual, e incluso el revisionismo de los marcos constitucionales, son, en definitiva, indicadores de que la deliberación libre y abierta de la que habla Habermas tiene más de deseo que de realidad en el mundo de hoy, un riesgo éste que suelen correr las teorías de carácter normativo, como son algunas de las suyas.
Sobre este blog
Soy ingeniero agrónomo y sociólogo. Me gusta la literatura y la astronomía, y construyo relojes de sol. Disfruto contemplando el cielo nocturno, pero procuro tener siempre los pies en la tierra. He sido investigador del IESA-CSIC hasta mi jubilación. En mi blog, analizaré la sociedad de nuestro tiempo, mediante ensayos y tribunas de opinión. También publicaré relatos de ficción para iluminar aquellos aspectos de la realidad que las ciencias sociales no permiten captar.
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