Reinventando mi masculinidad
No suelo tratar asuntos personales en este blog, pero voy a hacer hoy una excepción. Por circunstancias que no vienen al caso, me he hecho cargo de la mayor parte de las tareas de mi hogar, y eso está significando una interesante experiencia que quiero comentar.
Desde que me casé a finales de los años setenta, compartía las tareas domésticas con mi mujer, participando activamente en el cuidado y aseo de nuestros hijos cuando eran pequeños, cambiando pañales, dándoles el biberón y los potitos, y, más tarde, llevándolos al cole y a las actividades extraescolares. Ayudaba también en la cocina, pero de cocinar se encargaba ella.
Pero por mucho empeño que yo ponía, era siempre un reparto descompensado, no paritario, pues ella asumía la mayor parte de las cargas. Era ya consciente de que apenas representaba una ayuda para la ingente carga de trabajo que suponía llevar una casa, y eso que éramos sólo cuatro personas las que formaban nuestra familia.
Pero todo eso ha cambiado en las últimas semanas. Ahora soy yo el que está asumiendo gran parte de lo relacionado con el hogar: cocino, plancho, pongo lavadoras, riego las macetas, sacudo el polvo de los muebles, paso la mopa por el suelo, limpio la mampara de la ducha, hago la compra… Además, dedico un tiempo a pensar antes de acostarme en lo que hay que descongelar para la comida del día siguiente. También me encargo de gestionar los temas económicos, estando pendiente de los desperfectos que puedan surgir en las instalaciones y aparatos domésticos de la casa.
En fin, soy lo que se dice un amo de casa a tiempo casi completo, y digo casi porque unas horas a la semana me ayuda una asistenta en las tareas de limpieza. Mis hijos están pendientes, pero desde la distancia, como debe ser, pues cada uno tiene, desde hace tiempo, su propio hogar. Y como decía un personaje de la novela La romana de Alberto Moravia, “los hijos son de sus hijos, y a ellos se deben”.
Veo entonces que, en el hogar, el tiempo pasa de un modo vertiginoso, y que apenas saco tiempo para otros asuntos (leer, escribir, pasear...) Cómo se las apañaba ella, me pregunto ahora, para ocuparse de todo eso y tener, además, tiempo para esas otras cosas. Sin duda que su fortaleza física y mental, como la de todas las mujeres, no tiene parangón, como tampoco su cansancio (“por fin me siento”, recuerdo decir arringada a mi madre al término de una jornada que nunca se acababa del todo).
Es ahora cuando comienzo a tomar conciencia de la elevada carga de trabajo que supone las tareas del hogar. Son tareas de las que se suele encargar la mujer y que apenas valoramos, pues las damos por supuestas y se las atribuimos a ellas como si fueran su deber al haberse considerado así en la tradicional e injusta división familiar del trabajo. Es un claro ejemplo de desigualdad de género, es decir, de esa desigualdad que no se basa en las diferencias biológicas entre hombres y mujeres, sino en las diferencias de roles impuestos desde tiempo inmemorial en la sociedad, en este caso dentro de la familia.
Aún recuerdo cuando, al rellenar algún documento de filiación familiar en la escuela, solíamos poner “sus labores” en la casilla correspondiente a la profesión de nuestras madres. Por aquellos años finales de los cincuenta y principio de los sesenta, y salvo muy contadas excepciones, las mujeres no solían ejercer una profesión propia. Y las que, sin embargo, trabajaban fuera de casa, que no eran pocas, lo hacían por necesidad, en condiciones precarias y al servicio de otras familias, sin ningún reconocimiento legal. Ese “sus labores” venía a indicar, por tanto, que las tareas del hogar era algo atribuido por lo general a las mujeres, amas de casa por el hecho de ser mujeres.
Gracias a la reivindicación del movimiento feminista y a los cambios económicos, sociales y culturales producidos desde hace varias décadas, se está logrando revertir tal situación de desigualdad. Pero la realidad es que esta situación se revierte lentamente y no por igual en todas las familias, dependiendo, sin duda, del grado de autonomía laboral de la mujer, pero también, y sobre todo, del nivel de conciencia de los hombres respecto la necesidad de compartir las tareas dentro del hogar.
Llevo sólo algunas semanas en estas nuevas funciones como amo de casa, y debo decir que no sólo siento la satisfacción de vivir en un hogar limpio y ordenado, sino que también descubro facetas de mi personalidad masculina que antes no había tenido ocasión de desarrollar y que me enriquecen. Las circunstancias me han llevado, por tanto, a reconstruir mi masculinidad desde nuevos parámetros, y eso me permite valorar de otro modo lo que supone el trabajo en el hogar, cuestionando, desde mi propia experiencia, las diferencias de género en el seno de la familia.
Mis hijos, ya adultos, me ayudan y me sirven de guía, porque en estos tiempos donde todo cambia tan rápido, son ellos los que nos enseñan el camino, como también nuestros nietos si logramos vivir lo suficiente.
Antes, mi generación, y las anteriores a la mía, recibía de los mayores las enseñanzas de cómo comportarse en un mundo que cambiaba poco o casi nada. Pero ahora es distinto. La brújula para orientarse en este mundo tan cambiante la tienen, sobre todo, las generaciones siguientes, las de nuestros hijos y nietos.
Continúa siendo útil, sin duda, escuchar, por su experiencia, los consejos de los mayores, pero son los jóvenes los que viven intensamente el mundo atribulado de hoy, y es a ellos a los que hay que preguntar cuando nos encontremos desorientados y perdidos.
Sobre este blog
Soy ingeniero agrónomo y sociólogo. Me gusta la literatura y la astronomía, y construyo relojes de sol. Disfruto contemplando el cielo nocturno, pero procuro tener siempre los pies en la tierra. He sido investigador del IESA-CSIC hasta mi jubilación. En mi blog, analizaré la sociedad de nuestro tiempo, mediante ensayos y tribunas de opinión. También publicaré relatos de ficción para iluminar aquellos aspectos de la realidad que las ciencias sociales no permiten captar.
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