Sobre el “lado correcto” de la historia
En el actual debate político, cada vez se oye con más frecuencia la frase “situarse en el lado correcto de la historia”. La intención de quienes la dicen es reafirmar su superioridad moral ante el adversario, al que se le condena enviándolo al “basurero” de la historia.
Esa frase se escuchó hace un par de años en los grupos que condenaban la invasión israelí de Gaza. Ahora se vuelve a oír con motivo de los bombardeos americanos de Irán y del “no a la guerra” rescatado por nuestro presidente de gobierno Pedro Sánchez dos décadas después de la guerra de Irak. En su último viaje a China, tanto él como Xi Jinping, han utilizado la expresión del “lado correcto de la historia”, y lo mismo ha ocurrido en la cumbre de Barcelona de partidos progresistas celebrada este fin de semana. Esta superioridad moral puede verse también implícita en los discursos mesiánicos de Trump y Netanyahu, cada uno a su estilo, y que reflejan la vieja teoría del “destino manifiesto” para justificar sus políticas expansionistas.
No obstante, para conocer el significado de la citada expresión, viene bien situarse en el contexto histórico en que se originó. También conviene saber quién fue el primero que la utilizó hace más de un siglo con la clara finalidad de establecer un muro entre adversarios, una línea divisoria entre “buenos” y “malos”, algo que en política conduce de modo inevitable a la confrontación.
Érase una vez, una madrugada de noviembre de 1917 en Petrogrado…
Situémonos en 1917 en el noble edificio del Instituto Smolny de San Petersburgo (Petrogrado), en la madrugada de 6-7 de noviembre (25-26 de octubre, según el calendario juliano que regía entonces en Rusia).
Desde comienzos del s. XIX, ese palacete albergaba un colegio de élite al que iban las mujeres jóvenes de la aristocracia zarista. Semanas antes de esa noche decisiva, el Smolny se había convertido en el centro neurálgico del comité de fuerzas revolucionarias que estaban a punto de tomar el Palacio de Invierno y provocar la dimisión del gobierno provisional de Kerensky.
Según narra John Reed en su libro Diez días que estremecieron al mundo (1919), y el propio Trotsky en su autobiografía Mi vida (1930), hubo fuertes discusiones esa noche, ya que el variado conjunto de grupos políticos allí reunidos debatía, de forma acalorada, sobre el rumbo a seguir por la revolución mientras esperaban la inminente llegada de Lenin. ¿Qué hacer ahora? era la pregunta a responder sin demora.
Unos y otros discrepaban sobre si había que encauzar el proceso revolucionario por vía democrática abriéndolo a la participación de amplias capas sociales, o implantar una dictadura que permitiera a la clase obrera retener en sus manos todo el poder alcanzado hasta entonces y asegurarse de no perderlo.
Los bolcheviques querían impulsar un golpe de Estado que condujera la revolución hacia la dictadura del proletariado. Ese golpe, que acabaría siendo la opción triunfante, debía estar dirigido por un disciplinado grupo de revolucionarios, como era eran entonces el bolchevique, con una implantación pequeña, pero muy activa, entre los obreros industriales de las fábricas y entre los mandos inferiores del antiguo ejército zarista.
Los demás grupos del comité revolucionario (eseristas, mencheviques, populistas, reformistas…) representaban a una amplia base social, aunque dispersa y poco articulada. Estos grupos estaban a favor de transitar por una vía de reforma que condujera a un régimen parlamentario, confiando en plasmar en las urnas su mayor presencia en el conjunto de la sociedad rusa y, de paso, neutralizar, mediante el voto, la fuerte capacidad de movilización de los bolcheviques.
En medio de ese tenso debate, Trotsky, antiguo menchevique (pero que, meses antes, se había pasado al bando bolchevique), lanzó contra sus viejos camaradas, y en concreto contra Yuli Martov y Fiodor Dan (máximas figuras del menchevismo), la frase que se ha hecho tan célebre y que resonó en las estancias del Instituto Smolny. Condenó al “basurero de la historia” a todos los mencheviques y reformistas que se oponían al golpe de estado, afirmando que los bolcheviques eran los que estaban en el “lado correcto” y que la historia les daría la razón.
La frase encerraba una evidente carga moral al distinguir entre “buenos” y “malos” según la posición adoptada por cada uno ante el proceso revolucionario. Paradójicamente, el tiempo se encargaría de enviar al propio Trotsky al basurero de la historia, cuando fue expulsado de la URSS en 1929 y luego asesinado en México diez años después por el español Ramón Mercader, en una operación diseñada por el propio Stalin (y narrada de un modo magistral por el escritor cubano Leonardo Padura en su novela El hombre que amaba a los perros, 2009).
Años más tarde, los distintos dirigentes soviéticos fueron cayendo uno a uno por los desagües de la historia hasta la disolución completa de la URSS en la década de 1990.
Ética, poder y política
Por ello, cada vez que se oye esa frase, suele verse en los que la dicen una superioridad moral que, sin embargo, resulta inapropiada para entender lo que sucede en aquellos ámbitos de la política en los que se dirime la lucha por el poder (la politics, según la llaman los británicos).
No parece que tenga mucho sentido esgrimir argumentos morales en el área de la politics, y menos aún en el de la política internacional, cuando, en esas áreas, lo que siempre acaba imponiéndose es la lógica del poder y la defensa de intereses por encima de cualquier consideración ética. En ese ámbito de la política sólo se recurre a valores morales cuando, de manera interesada, se pretende con ellos construir un relato emocional que remueva conciencias y permita la cancelación del adversario arrojándole al “basurero” de la historia con el argumento de que sus razones carecen de toda justificación moral.
No quiere esto decir que no haya otros ámbitos de la política impregnados de valores morales, puesto que los hay. De hecho, otras áreas, como el de la gestión y gobierno de los asuntos públicos (la policy), suelen orientarse por esos valores. En esas áreas, cada partido, con independencia de que su máximo objetivo sea ganar las elecciones y acceder o mantenerse en el poder, plasma en los programas electorales y la acción de gobierno sus propios valores e ideología, es decir, su particular visión de los problemas y el modo de afrontarlos (educación, salud, seguridad, agricultura, salud…) Y ya sabemos que, donde existe ideología, hay valores de tipo moral, aunque sean definidos según como entienda la moral cada partido.
Utilizar en el debate público la frase el “lado correcto” de la historia suena bien y puede que sea efectiva en la construcción del relato. Pero sirve de poco para entender el ámbito de la politics (y más en concreto el de la política internacional) por cuanto que estas áreas no se guían por la ética, sino por la lógica del poder y los intereses, aunque suelan envolverse en el manto de la legalidad del derecho o de algún tipo de vaga justificación moral.
Esta tesis, controvertida, descarnada e incluso cínica, puesto que niega la distinción entre guerras justas e injustas, ya la señaló Maquiavelo con su amarga lucidez hace siete siglos basándose en el conocimiento de las antiguas guerras de Roma o el Peloponeso o en las invasiones germánicas de los territorios romanos. Más recientemente, la pusieron en práctica dirigentes políticos como lord Palmerston, Churchill o Truman, por citar algunos, y ahora Putin, Netanyahu o Trump, para orientar sus decisiones políticas en el área internacional.
En todo caso, la frase de marras, situando a unos en el “lado correcto” y a otros en el “basurero” de la historia, me parece también errónea por cuanto que el juicio de los hechos políticos cambia con el tiempo en función de cómo éstos se van desarrollando y según cuales sean sus consecuencias. No tiene sentido emitir juicios futuros sobre hechos del presente, puesto que calificar hoy de lado “correcto” de la historia el lugar donde uno se posiciona respecto a un determinado asunto, no es garantía de que, dentro de unos años, ese lugar siga siendo calificado del mismo modo y no de lo contrario.
En definitiva, los asuntos de la politics (y la política internacional lo es) no se guían por valores morales por mucho que se revistan de ellos, sino por la lógica del poder y los intereses. El caso de la dictadura china es un buen ejemplo, ya que, por intereses económicos, los países de la UE (entre ellos, España) no sólo normalizan el régimen político de China sin atreverse a cuestionar el modelo autoritario en que se basa, sino que además afirman sin rubor que Xi Jinping está en el “lado correcto” de la historia.
No es, por tanto, desde la ética de los valores y las convicciones morales por la que deben juzgarse las decisiones de los políticos en el ámbito de la politics, sino por sus efectos y consecuencias, tal como se encargó de señalar el sociólogo alemán Max Weber hace más de un siglo.
Sobre este blog
Soy ingeniero agrónomo y sociólogo. Me gusta la literatura y la astronomía, y construyo relojes de sol. Disfruto contemplando el cielo nocturno, pero procuro tener siempre los pies en la tierra. He sido investigador del IESA-CSIC hasta mi jubilación. En mi blog, analizaré la sociedad de nuestro tiempo, mediante ensayos y tribunas de opinión. También publicaré relatos de ficción para iluminar aquellos aspectos de la realidad que las ciencias sociales no permiten captar.
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