Eduardo Strauch, superviviente del accidente de Los Andes: “Llegué a pensar 'estoy muerto, esto es maravilloso'”
Lo que más le sigue asombrando, después de medio siglo, no es haber sobrevivido. Es cómo lo hizo. “La mente humana”, repite Eduardo Strauch, y se le ilumina la cara, como si hablara de un invento ajeno y no del suyo propio. Con solo 25 años, este arquitecto de Montevideo pasó 72 días atrapado en un glaciar de los Andes después de que su avión se estrellara con su equipo de rugby y sus primos a bordo. De los 45 que viajaban, volvieron 16.
Son las once de la mañana de un viernes de junio y Córdoba, como de costumbre, ya arde fuera. Dentro, en un salón del hotel en el que se aloja, Strauch habla en voz baja y pausada, casi susurrando, y en algún momento explica por qué: allá arriba aprendieron a hablar despacio para no gastar energía, y algo de aquello se le quedó para siempre. Tiene 78 años, el pelo blanco y una serenidad que descoloca, porque lo que cuenta no es sereno en absoluto. Habla del hambre, del frío de treinta grados bajo cero, de los amigos que murieron a su lado, de la decisión que escandalizó al mundo. Y, cada poco, sonríe.
Ha venido a la ciudad a participar en 'Imbatibles', el ciclo de charlas sobre la superación que comparte cartel con Irene Villa, el tenista Cisco García y el boxeador ciego José Peña. “Enseguida nos conectamos”, dice de ellos. “Hay un idioma común entre los que han llegado al límite”. A Córdoba la conocía de antes y le fascina, sobre todo la Mezquita, donde estuvo “un rato largo” hace dos meses: “Es una especie de meditación, una cosa brutal”.
Su historia la conoce ya medio planeta, contada tres veces por el cine y la última, la de Juan Antonio Bayona, vista en todo el mundo. Pero Strauch no recita. Cuando cuenta lo que pasó, vuelve: se mete, dice, en el cuerpo del chico de 25 años que fue, y se emociona como si fuera la primera vez. Lo descubrió gracias a un amigo que estudiaba teatro y le hizo ver que, sin saberlo, usaba técnicas de actor. Por eso, 53 años después, cada vez que regresa a aquella montaña encuentra algo nuevo. Incluso aquí, en un hotel de Córdoba, frente a una grabadora.
PREGUNTA (P). Hablando de lo más reciente, del motivo de su visita a Córdoba: el foro 'Imbatibles'. No sé si conocía el programa, qué le pareció y cómo fue la charla.
RESPUESTA (R). No lo conocía para nada. Cuando me invitaron, me fijé de qué se trataba. Me pareció mejor de la expectativa que tenía, que ya era bastante. Fue un conjunto de aprendizajes de todos los compañeros en el escenario, empezando por Fernando (Díaz). Una secuencia de emociones para arriba y para abajo, muy entretenido y ágil además. Y variado. Me encantó.
Si en ese momento hubiéramos sabido que nos quedaban 71 noches, no lo hubiéramos tolerado
P. Me había dicho antes, fuera de cámara, que conocía Córdoba, que había estado aquí hace tiempo. ¿Qué le parece la ciudad?
R. Me fascina, es difícil que no te guste Córdoba. Me fascina Córdoba y la Mezquita es algo impresionante. Cuando estuve hace dos meses, pasé un rato largo allí y es una especie de meditación. Una cosa brutal.
P. Ayer compartió escenario con Irene Villa, con Cisco García, con José Peña. ¿Hay un idioma común entre la gente que sobrevive?
R. Efectivamente. Enseguida te conectas en un determinado nivel, porque hemos vivido cosas que la mayoría de la gente no vive. Aunque lo que hemos vivido cada uno en muchos aspectos es diferente, en otros es lo mismo: cuando llegas al límite y al sufrimiento, tienes que utilizar la mente para vencer todo eso y poder seguir viviendo. Enseguida nos conectamos de una manera muy especial. Con José y con Irene, a quien ya había conocido en otras charlas hace un par de años, siempre quedamos con una conexión especial.
P. Usted viaja por el mundo contando todo lo que pasó. ¿De qué le sirve contar y repetir una y otra vez lo que le ocurrió?
R. Para empezar, no siento para nada que repita. Mucha gente me ha preguntado si no me aburro después de tantas charlas. Siempre me transformo en el Eduardo Strauch de 25 años. Eso me lo hizo ver un amigo que estudiaba teatro hace unos años; me dijo que, sin saberlo, estaba utilizando técnicas de teatro. Me convierto en el Eduardo Strauch de 25 años, soy él en esa situación y en esa época. Me emociono mucho. Por supuesto, todo lo negativo y difícil ya lo he dejado atrás. Me conecto con lo bueno, lo positivo, todo lo que aprendimos, lo emocionante que logramos con nuestros amigos, con ese equipo que formamos, con esa montaña, que al principio odiábamos y después me empezó a dar tanto hasta el día de hoy. Así que seguiré haciéndolo.
He llegado a una conclusión desde hace bastante tiempo. Me han preguntado muchas veces sobre qué terapia o ayuda psicológica he necesitado, y yo respondía que ayuda psicológica nunca, que nunca tuve ningún trauma ni remordimiento de nada. El año pasado conocí a Rafa Guerrero, psicoterapeuta y especialista en traumas, nos hicimos muy amigos, y me preguntó qué traumas me quedaron. Le dije que ninguno. Él me hizo ver que, efectivamente, tuve un trauma; es imposible no tenerlo en una vivencia de ese tipo, lo que pasa es que lo había procesado bien. Hasta el día de hoy, hablando contigo ahora, me sigo haciendo una autoterapia.
P. Medio mundo sabe lo que ocurrió aquel 13 de octubre de 1972. Si se transforma en el Eduardo Strauch de aquel momento, desde sus ojos y sentidos, ¿cómo vivió la tragedia en esos primeros momentos, fuera de lo que muestran las películas?
R. A mí me gusta llamarlo odisea, aunque es cierto que tiene muchos aspectos de tragedia. Es muy llamativo cómo la mente se adapta tan rápido a las situaciones, inclusive esa horrorosa situación del primer día. Veníamos de una vida fácil, placentera, sin mayores problemas a mis 25 años. De repente, de un segundo al otro, te encuentras en ese horror, con muerte, dolor, con amigos y primos que murieron, 30 grados bajo cero, con mucha hambre y sed. La mente rápidamente se va adaptando en vez de enloquecer, que parecería lo lógico: perder la razón, no aguantar más, deprimirte. Nos fuimos adaptando, encontrando las soluciones día a día, creando esa nueva sociedad, y logramos sobrevivir. Tengo recuerdos grabados, como si hubieran sido ayer, de esos momentos: el momento del accidente, la avalancha, cuando oímos la noticia de que nos habían abandonado, cuando oímos que nos iban a rescatar.
P. Ha comentado que incluso, en un primer momento, creyó que se despertaba de una siesta. ¿Se tarda en aceptar lo que está pasando?
R. Parecía una pesadilla. Se tarda mucho en aceptar, es muy difícil llegarlo a asimilar. Piensas: “No me puede estar pasando a mí, esto es una pesadilla y me voy a despertar. Esto solo pasa en las películas de terror. No me puede estar pasando. No me puede estar pasando”. Cuando abrí los ojos, me quedé con la cabeza hacia adelante y vi que en el asiento de enfrente estaba la madre de Nando Parrado muerta. Cuando abrí los ojos y la vi, dije: “No es un sueño”. Ahí la mente hizo clic.
P. ¿Cómo se sobrevive a la primera noche? ¿Se piensa en sobrevivir o solo en que amanezca?
R. Esa noche sobrevivimos porque estábamos convencidos de que al día siguiente nos rescataban. Eso fue lo que nos hizo sobrevivir esa noche espantosa. Durante la noche siguieron muriendo personas y amigos. Con el frío y el hambre decíamos: “Mañana nos van a rescatar. Es espantoso lo que estamos viviendo, no lo podrán creer cuando se lo contemos a nuestras familias”. Si en ese momento hubiéramos sabido que nos quedaban 71 noches, no lo hubiéramos tolerado. Fue un proceso en el que nos fuimos adaptando y acostumbrando a la situación y al tipo de vida que tuvimos.
La mente rápidamente se va adaptando en vez de enloquecer, que parecería lo lógico
P. Fueron 72 días. ¿Cómo se mide el tiempo? ¿Sabían en qué día estaban?
R. Lo sabíamos perfectamente. Teníamos relojes y sabíamos la fecha exacta, minuto a minuto. Fueron 72 días y 72 noches, noches eternas en las que apenas dormitabas, te despertabas... No éramos solo consciente de los días, sino de las noches también.
P. ¿Y en qué se piensa cuando llevan cinco o diez noches y ven que no llega el rescate?
R. Ahí ya muchos empezamos a perder la esperanza, cuando escuchamos al décimo día que no nos buscaban más. Fue terrible escuchar esa noticia, pero dijimos: “Estamos solos, no vamos a esperar nada de afuera”. Empezamos a organizarnos y ya nos sentíamos muy capaces de muchas cosas que antes no nos sentíamos capaces. Al décimo día pensé: “Vamos a salir solos de acá”. Yo por lo menos sentí esa sensación, ese sentimiento de: “Que se vayan todos al diablo. Nos olvidaron, se olvidaron de nosotros, pero vamos a volver nosotros solos. No necesitamos ayuda de nadie”.
P. Cincuenta y tres años después, ¿qué cree que su mente fue capaz de hacer y que usted no sabía que podía hacer?
R. La mente fue fundamental. Sin el esfuerzo mental, la creatividad y la imaginación que tuvimos para sobrevivir, no lo habríamos logrado. Nunca imaginé que fuera tan poderosa y que pudiera soportar tanta tensión, tantos momentos en los que sentías que te estallaba la mente, que no podías más. Tratabas de tener pensamientos positivos, buscar lo bueno dentro de esa situación, y había momentos en que decías: “No puedo, me estalla”. Eso es una cosa que me sorprendió después, el cómo la mente se fue adaptando, aguantando esas tensiones, y fue encontrando las soluciones y tomando las decisiones adecuadas.
P. En esos primeros días, ¿de dónde sale la sangre fría para organizarse y que no cunda el pánico?
R. Tomamos conciencia, casi todos, de que no podíamos entrar en pánico, porque el pánico te paraliza. En los primeros momentos sí que fueron un poco pánico por el horror, por ese cambio violento en nuestras vidas. Después nos dimos cuenta de que el pánico nos paraliza, de que había que tomarse las cosas con calma, analizar y ver lo positivo: estábamos vivos, mientras una cantidad de chicos habían muerto. Nos fuimos dando cuenta de que lográbamos subsistir día a día encontrando soluciones. Tuvimos miedo, por supuesto. Miedo tuvimos continuamente, es el instinto que nos mantenía en alerta. Y quizás por el miedo surgieron ideas y soluciones que, sin él, a lo mejor no habrían surgido.
P. Eran un grupo de chavales muy jóvenes. ¿Quién mandaba? ¿Surgió de forma natural?
R. Fue una cosa muy natural. Desde el primer momento, el capitán, mi amigo Marcelo Pérez del Castillo, se transformó inmediatamente en el líder, algo que todos estábamos esperando en esa noche, en esos primeros momentos donde se piensa '¿quién va a poner orden en este caos?'. Fue el líder indiscutido hasta un poco antes del décimo día, cuando empezó a deprimirse un poco; sentía la carga de haber organizado el viaje y ver que el rescate no llegaba. Siempre estaba diciendo: “Ya va a venir el rescate”. Y, naturalmente, los tres Strauch, que éramos del grupo de mayores con 25 años. Tres primos que nos apoyamos los unos en los otros, cambiábamos ideas antes de plantearlas al grupo y antes de tomar decisiones. Nos transformamos en una especie de liderazgo de a tres.
P. Eran un equipo de rugby. ¿Les salvó ser un equipo y conocerse en otras facetas?
R. Sí. Sin duda nos salvó un poco. Creo que fue importante, aunque no definitorio. Algunos de mis amigos, que son fanáticos del rugby, dicen que si no hubiese sido por el rugby nos habríamos muerto. No. Yo creo que no nos hubiéramos muerto, pero fue muy importante. La mitad de los sobrevivientes éramos o habíamos sido jugadores de rugby y la otra mitad no. Evidentemente, ese espíritu y formación de equipo del rugby fue muy importante.
Al décimo día pensé: que se vayan todos al diablo. Se olvidaron de nosotros, pero vamos a volver solos
P. Si no hubieran sido un equipo, si hubiesen sido 40 pasajeros aleatorios que no se conocían, ¿hubiesen sobrevivido?
R. No. Estoy convencido de que no sobrevive nadie. Convencido. Empiezo a analizar todo lo que logramos por ser conocidos, de la misma edad, jóvenes deportistas y tener un mismo objetivo... y no. Nos transformamos en un órgano, en un solo equipo. En un vuelo comercial de línea, eso hubiera sido imposible.
P. Ha dicho que hubo que hacer un esfuerzo brutal para no perder la cabeza. ¿Cómo es ese esfuerzo para mantenerse firme?
R. Lo básico fue tener un objetivo. El objetivo era llegar a casa. Fue el motor que nos hizo lograr lo que logramos y aguantar lo que aguantamos. Cuando venían los pensamientos negativos, no aguantabas más y parecía que te estallaba la mente, te apoyabas en el grupo. Mis primos me ayudaban y yo los ayudaba a ellos. Pensabas: “Vamos a llegar a casa, te están esperando tus viejos, tu novia”. Hay que tener mucha fuerza de voluntad para mantenerse, pero el amor y la vida son sentimientos muy fuertes. Primero la vida y después el amor, o viceversa, o los dos juntos. Eso fue realmente lo que nos salvó.
P. Ese momento en el que escuchan por la radio que se paraliza la búsqueda. ¿Cómo se sigue adelante después de esa noticia?
R. La radio fue muy importante. Nos ayudó tener contacto con el mundo exterior; si no, hubiera sido una incertidumbre mucho peor. Qué curioso, nunca había pensado cómo hubiera sido sin la radio. Hubiese sido terrible incertidumbre, muchísimo peor.
Sabíamos lo que estaba pasando en el mundo exterior: no nos buscaban más. Fue un mazazo sentirte abandonado. Empezamos a desconectarnos muy rápido de la realidad. Yo ya sentía que mis padres estarían tristes, pero seguían su vida. Nos sentimos abandonados, pero también sentíamos que teníamos capacidades que desconocíamos días antes. Yo sentía siempre un sentimiento de ganas de vengarme, de la situación, del cosmos, del destino.
P. Tenían ganas de reivindicarse.
R. Exacto. Eso es muy desesperante. Esa confianza que fuimos tomando en nosotros mismos, esas capacidades fueron surgiendo, fueron muy importantes. Dijimos: “Vamos a salir. Que se vaya todo el mundo a la 'miércoles'. Nos olvidaron, nos abandonaron, pero no nos importa. Vamos a salir igual y a lograr el objetivo”.
P. Pone la piel de gallina escucharle. Esa terrible noticia también tuvo, entonces, algo bueno por ese sentimiento de reivindicación, ¿no?
R. Sí, fue realmente muy positiva esa sensación. Saber que estábamos solos y que no teníamos que seguir esperando, perdiendo el tiempo y no tomar decisiones drásticas, como el tema de la alimentación, aunque ya lo habíamos abordado antes en realidad. Fue muy importante decir: “Estamos solos, sabemos que podemos, tenemos mucho más potencial del que creíamos, así que vamos a salir”.
P. También ha hablado del alud. En él, se fue su gran amigo Marcelo. ¿Qué relación tenía con él?
R. Con Marcelo tenía relación de antes de nacer, porque nuestras madres eran muy amigas. Mis padres y los suyos se fueron de luna de miel juntos al sur de Argentina. Él nació cuatro meses antes que yo. Entramos al colegio juntos con seis años, y estuvimos toda la vida juntos. En el colegio, y después empezamos a estudiar arquitectura juntos. Teníamos novias que eran amigas, salíamos siempre juntos al campo. Fuimos muy amigos desde antes de nacer hasta que se murió a mi lado, a los 25 años. Es uno de los motivos por los que vuelvo a los Andes: para estar cerca de él. Ahora puedo llorarlo; en aquel momento no se podía.
P. Usted quedó sepultado en ese alud, sin oxígeno. ¿Cómo es ese encuentro con la muerte?
R. Tuvo un proceso. Hubo muchas sensaciones y emociones. Primero de pánico, de ir hacia lo desconocido. Después de tristeza y nostalgia de tener que dejar la vida, imágenes de la vida pasaron por mi cabeza. Pedí disculpas a mis padres, me acuerdo perfectamente: “No sufran mucho, me estoy muriendo, hice todo lo que pude”. Y después entré en un estado de euforia, de felicidad total que es difícil de explicar con palabras. Me impresiona porque lo tengo clarísimo. Llegó un momento en el que pensé: “Estoy muerto. Esto es maravilloso, estoy muerto, ¿ahora qué pasa?”. Sentí que la vida ya estaba atrás y que ya estaba dentro del camino, del espacio de la muerte.
Nos transformamos en un órgano, en un solo equipo. En un vuelo comercial de línea, eso hubiera sido imposible
P. ¿Se le pierde el respeto o el miedo a la muerte? ¿O al revés, se le tiene más miedo tras verla cara a cara?
R. Miedo nunca más. No le he tenido más miedo a la muerte porque convivimos con ella y hacíamos chistes con la muerte hasta el día de hoy. Seguimos haciendo chistes con la muerte y teníamos un orden en el cual nos íbamos a morir cada uno. Al final, lamentablemente, no se respetó; a mí me tocaba el tercero. Casi todos tienen algún problema de salud, yo soy de los mejorcitos a pesar de ser de los mayores. Hay algunos que están en el borde de morirse y seguimos bromeando con la muerte: “No te moris nunca”, y demás. Le perdí totalmente el respeto, pero la siento muy cerca y presente, porque sé que está ahí y en cualquier momento aparece.
P. Sobre el tema de la alimentación, no sé si le incomoda abordarlo, pero entiendo que fue una decisión de vida o muerte. ¿Cómo fue esa lucha por dentro?
R. No me incomoda en absoluto. Tomar la decisión, sí o no, fue facilísimo: era la vida o la muerte. Así que dije: “Obviamente yo quiero vivir, haré todo lo que pueda para vivir”. Fue un esfuerzo mental muy fuerte por el tabú cultural. Pensaba: “¿Qué tiene de malo? Es una cuestión cultural. Qué mejor que, si no sobrevivo, mi cuerpo sirva para dar vida a otros, para alimentar a otros, o el de otros a mí. Qué más lindo que eso, en vez de que mi cuerpo se pudra en la montaña y se lo coman los cóndores”. Básicamente era pensar: “¿A quién le hago daño con esto? A nadie. ¿Cuál es el problema? Un problema cultural”. Cuando vencí eso, en un esfuerzo intenso, no sé el tiempo que habrá sido, pero dije: “Okay, por supuesto”.
P. A día de hoy, ¿cómo lo ve con respecto a cómo lo veía en aquel momento?
R. Ayer justamente se lo comenté a alguien en el foro. No solamente dije: “Ok, lo voy a hacer, voy a seguir viviendo”, sino que me acuerdo perfectamente de que sentí satisfacción de haber tomado esa decisión y de haber podido superar ese tabú. A día de hoy siento exactamente lo mismo: “Qué bien que estuvimos, qué bien que lo pude lograr, qué bien que jamás me quedó ningún remordimiento ni cargo de conciencia, nunca tuve ninguna pesadilla. Siento satisfacción de haber tomado esa decisión, sin la menor duda”.
P. Lo llegó a denominar como un acto de vida, de amor.
R. Sí, porque nos ofrecimos unos a otros. Yo en aquel momento no sabía si me iba a tocar a mí vivir o no, y Marcelo tampoco, y todos los demás. Fue un acto de ofrecimiento y de amor. No sabía si yo iba a ser el alimento de alguien o alguien el alimento mío.
P. Tras todo este proceso, ¿cuesta reinsertarse en la vida normal?
R. Cuesta muchísimo más de lo que imaginaba. Pensé que cuando salimos, en esa euforia, felicidad, que tuve por semanas, en esa explosión de felicidad, ya pasé todo lo difícil. Y no. Tuve un largo período, muy difícil de volver a reinsertarme aquí, con la cantidad de cosas que habían cambiado en mi cabeza, me había dado cuenta de cosas que antes no importaban y ahora me importaban más. Me di cuenta de cuáles eran las importantes, pero sentía que la gente no entendía. Era lógico, había vuelto una persona distinta y con una madurez acelerada. Me costó mucho reinsertarme.
P. ¿Cuando sintió usted más alegría?
R. Cuando escuché el 'Ave Maria' de Bach/Gounod, tratando de sintonizar la radio a ver qué noticia estaban diciendo, que no entendíamos lo que estaban diciendo. Ese momento fue como una explosión. Vi clarísimo que era una manera del universo de decirnos, o de decirme a mí al menos, que estábamos salvados. Mi primo por ejemplo no sintió eso. el decía que quería escuchar la noticia completa para saber qué estaban diciendo. Llegaron y nos venían a rescatar. De esa manera maravillosa y poética, el universo me lo dijo así.
P. ¿Qué sintió al montarse en ese helicóptero?
R. Eso fue todo un proceso largo de explosión, de felicidad y de alegría, porque además no era solo el habernos salvado y estar vivos, sino que sentía una satisfacción de haberlo logrado nosotros solos. Eso lo sentí clarísimo también, junto con la felicidad y la alegría. Nos abandonaron, acá estamos. Lo logramos, llegamos hasta aquí y nos vienen a rescatar. Todo ese conjunto de sensaciones impresionantes. Pero también fue muy curioso que, cuando nos subimos al helicóptero y nos alejamos, todos o casi todos sentimos una profunda nostalgia. Rápidamente desaparecía el fuselaje en la nieve, a los pocos minutos se alejaba, y sentí una nostalgia y una tristeza porque nunca más volvería allí. Quedaban allí mis amigos muertos, todo lo que vivimos, fue nuestro refugio por 72 días, donde generamos esa 'sociedad de la nieve'. Tremenda nostalgia, pero nunca imaginé que volvería 23 veces.
P. Ha llegado a comentar que incluso le molestaba el volumen, la velocidad con la que la gente hablaba, cuando volvió.
R. Todo. Habíamos estado 72 días viviendo allí. Era otra persona, pero además llegué a la conclusión de que nuestra mente funcionaba en cámara lenta. Me preguntan si no nos aburrimos en todas esas horas, pero nunca tuve sensación de aburrimiento. La mente se quedaba en stand by y, cuando había que usarla, se ponía a trabajar de la mejor manera posible. Estuve mucho tiempo así, hablando despacio, porque no podía perder energía. Era como una cosa automática. Es curioso. Estábamos todos apretados en el fuselaje; hablabas con el que estaba al lado y había uno en frente a 40 centímetros, otro acá a 20. Rememorando y conversando entre nosotros, que siempre sacamos el tema, nunca nos enterábamos de qué hablaba el de al lado ni el de enfrente. Era como que hablábamos muy despacio y te concentrabas solo en el que hablaba contigo. Cuando volví a la civilización, con las voces fuertes, hablando rápido, hablando de pavadas que me parecían cosas tan inconsistentes, sin interes y frívolas, pasé mucho tiempo en volver a acostumbrarme y aceptar eso. Buscando mi camino, pero tenía que volver a vivir aquí.
Quizás por el miedo surgieron ideas y soluciones que, sin él, a lo mejor no habrían surgido
P. ¿Cómo fue su reencuentro con su madre?
R. El reencuentro con mamá... -sonríe-. Apareció a la mañana siguiente en el hospital de San Fernando. Fue la única noche que estuve internado, me dieron de alta a la mañana siguiente. Ella sentía que estaba vivo y no había forma de que nadie la convenciera de que estaba muerto. Fue un abrazo largo, en silencio. Impresionante. Sé lo que fue para mí, pero para ella... El tema de la antropofagia, sé que ya estaba todo el mundo hablando de eso, de cómo sobrevivimos. Muchas personas y médicos sabían que la única manera posible era esa. Inclusive dos o tres médicos, padres de chicos que murieron, escribieron unas cartas abiertas en los diarios muy emocionantes, agradeciendo que sus hijos nos dieran la vida. El tema estaba ahí, nuestros padres estaban horrorizados y no querían pensar que era cierto. La tercera palabra que me dijo mamá, esperando que yo lo reafirmara -no me preguntó, me dijo- fue: “¿Y comieron líquenes y conejitos?”. Yo le dije: “No, mamá, comimos los cuerpos de los muertos”, sin ningún tipo de filtro porque recién salíamos de ahí. No me puedo olvidar de la cara de mamá, rictus, tratando de disimular la cara de impaco. Después sonrió, me abrazó y nunca le importó .
P. ¿Le costó volver a tener la relación que tenía con su madre, o fue como si nada hubiese pasado?
R. Me costó, sí, porque me sobreprotegió mucho, como era lógico. Creo que todas nuestras madres no sabían cómo tratarnos, no sabían qué decirnos, no sabían cómo nos íbamos a tomar las cosas que nos dijeran, no tenían ni idea de lo que estaba pasando por dentro de nuestras cabezas. En los primeros meses me molestaba la sobreprotección. Me enteré muchos años después de que la pobre lloraba por los rincones, después de haberme esperado, porque sentía que yo la rechazaba en ciertos aspectos. Yo quería estar solo, ordenando mis ideas.
P. También le tocó volver a su estudio de arquitectura, pero ya no estaba Marcelo.
R. Eso fue muy duro también. Muy duro, muy difícil volver solo. Teníamos cuatro o cinco clientes en ese momento, fue muy duro.
P. ¿Cómo es posible volver a la vida cotidiana después de algo así?
R. Ya sentía que tenía un potencial que desconocía, y sabía lo que es el poder de la mente. Empecé a tratar de ver todas las cosas positivas que tenía mi vida, a pesar de todo. La mitad del vaso lleno. Y a pesar de que me costó muchísimo eso, volver a ocuparme de los clientes y de las obras solo, siempre pensaba: “Estoy vivo, estoy sano”. Es más, a Marcelo le hubiera gustado que siguiera atendiendo bien a los clientes y a las obras.
P. Su chaqueta, encontrada por Ricardo Peña en la montaña 33 años después. ¿Qué sintió al verla de nuevo?
R. Ese fue otro hito inesperado e increíble. Lo curioso es lo que hace la mente: en esa noche de horror del 13 de octubre yo me había comprado ese blazer para el viaje, porque en esa época se viajaba bastante elegante, casi todos íbamos de blazer y corbata. Lo había comprado para el viaje, lo había usado un rato y lo había perdido. El avión se partió en dos, saltó el saco y quedó perdido en la cima de Los Andes. Esa noche, en algún momento, mi mente empezó a pensar: “Qué macana haber perdido el saco, apenas lo había utilizado unas horas”. Lo que son las artimañas de la mente para desconectar un poco del horror. Habré estado varios minutos pensando en esa estupidez en la mitad del horror. Nunca me imaginé que lo iba a recuperar.
Ricardo Peña es un montañista mexicano que vive en Colorado, en los Estados Unidos y es fanático de la historia. Llegó allí al Aconcagua con un cliente, guía de montaña, y se había tomado un día para explorar la zona del impacto de nuestro avión. Ahí fue, con un guía argentino, cuando llegó casi hasta los 5.000 metros, a la cima de los Andes, a la zona del impacto. Ese verano se había descubierto todo, que había estado tapado de hielo y nieve por 33 años. Entre unas piedras, vio unos trapos azules que pensó que eran restos humanos del accidente. Se impresionó mucho, empezó a sacar las piedras, a sacar los trapos, y esos trapos eran un blazer hecho girones, que tenía un bolsillo con una billetera con dinero y un pasaporte. Lo abrió y era el mío, el de Eduardo Strauch, con la firma y la foto, 33 años después. Quedó impactado, duro, emocionado.
P. ¿Recuperó una chaqueta o recuperó al que era usted antes de todo aquello?
R. Recuperé parte de lo que era yo. Sentí exactamente eso. Fue muy impresionante cómo un objeto material lo sentí como algo vivo, como algo que me conectó de vuelta, que me llevó allá y que me trajo esa montaña a mí. Es muy curioso todo lo que me generó a mí un objeto material. Fue como un llamado. Ya había tomado conciencia de que esta historia no la podía guardar para mí bastante antes por dos experiencias que tuve en conferencias, pero lo del saco fue como un empujón: “No te olvides de mí, acordate de muchas cosas”. Me conectó totalmente.
P. La chaqueta, una tapita de pasta de dientes, el pico de una botella... ha ido recopilando esos objetos y llevándolos al museo.
R. Está todo en el museo de los Andes, en Montevideo. Nunca nos imaginamos que 50 años después seguirían apareciendo cosas. Pensábamos que el glaciar arrastraría todo, como pasa normalmente, hacia el río y se perdería. Pero empezó a empujarlo todo hacia el costado, hacia una morrena en el glacial, y fueron apareciendo un montón de cosas, y siguen apareciendo hoy día. Cuando hacíamos agua, que era desesperante las primeras semanas, íbamos llenando las botellas de vino y había una que era especialmente distinta, una botella de licor Bols, de oro, blanca, con todo un tallado especial, inconfundible. No sé por qué siempre me llegaba a mí esa botella y yo me ocupaba de llenarla. Era un momento muy especial del día. Y hace dos años, Ricardo bajó al valle, unos 100 metros del glaciar, se fue derritiendo, y apareció con dos pedazos de esa botella. No lo podía creer. Qué impresionante.
Fue un acto de ofrecimiento y de amor. No sabía si yo iba a ser el alimento de alguien o alguien el alimento mío
P. Ese proceso de conseguir agua lo retrataba muy bien J. A. Bayona en 'La sociedad de la nieve'.
R. Esa esa la historia nuestra. La otra americana no es nuestra historia.
P. Eso le iba a preguntar. ¿Qué tuvo 'La Sociedad de la Nieve' que no tuvieron la otra película?
R. Todo. En realidad hubo tres películas. La primera fue una mexicana de cuarta categoría, tan ordinaria y barata que es hasta graciosa. Después la de Hollywood (¡Viven!), que se hicieron su guión, que es una película de aventuras basada en nuestra historia, con muchas cosas muy cambiadas, algunas sí, con efectos especiales y demás. Y además tiene el mérito de que muchas generaciones conocieron la historia nuestra por Alive!. Pero esta es la película que yo siempre esperé: nuestra historia contada por un director latino. Por suerte tuvimos la calidad de Bayona, un genio que estuvo ocho años o más trabajando en este tema, con Pablo Vierci, nuestro amigo, escritor y guionista, y en contacto con nosotros.
P. El término 'Sociedad de la Nieve' viene de ahí, ¿no?L
R. Sí, eso viene del libro de Pablo (Vierci). Era una sociedad, totalmente. Nos encantó el nombre por eso. Ese equipo o grupo era una sociedad que funcionaba con los elementos que tenía, muy distintos de los de una sociedad de aquí, pero una sociedad al fin y al cabo.
P. El actor que hizo de Marcelo se parecía muchísimo. ¿Se emocionó al verse en la película?
R. Sí. Muy impactante. Algunos se parecían bastante, otros no. El mío no se parecía demasiado, pero el de Marcelo, físicamente y en su manera de hablar... muy, muy impresionante. Cuando vi al actor me impresionó, y cuando ví la película aún más.
P. ¿Qué sintió al ver esa película?
R. La vimos juntos, en una función especial solo para nosotros: éramos quince en aquel momento, porque José Luis se había muerto ya, y fue muy emocionante estar de vuelta ahí, todos juntos, solos en un cine. Nos gustó muchísimo a todos. Un montón de emociones muy fuertes, pero siempre muy positivas. Intensas pero positivas. La he visto siete veces y, como dice el propio Bayona, es una película que tiene capas: cada vez le vas sacando una y sientes cosas y cosas distintas.
P. Esa película sirvió incluso para reconciliarse entre todos.
R. Ese fue uno de los méritos más importantes e inesperados de la película: el reencuentro de las familias de todos los que murieron. Muchas nos recibieron como a sus hijos y fue muy lindo; otras les costaba mucho, les dolía vernos a nosotros sin nuestros amigos, sus hijos, que se habían muerto. Gracias a la película de Bayona, que la vimos todos juntos, ellos entendieron muchas cosas y recién ahí volvimos a ser una gran familia. Ya habíamos vuelto a juntarnos y unirnos con la Fuerza Aérea, que durante muchos años los odiamos y estuvimos muy separados, en la época de la dictadura además. Gracias a Bayona, se logró.
P. ¿Siguen siendo un equipo?
R. Sí, totalmente. Justo me lo comentó Nando Parrado una vez y yo nunca lo había pensado: seguimos siendo un equipo después de 54 años. Estamos todos pendientes, tenemos un grupo de WhatsApp. A veces uno se separa, se enoja, pero siempre volvemos y estamos pendientes de la vida de todos.
P. Le ha cambiado la vida a mucha gente: personas que salían de una depresión o de algo terrible y que, tras leerle o escucharle, siguieron adelante. ¿Recuerda algún caso que le marcara?
R. Ya lo creo que me acuerdo. Hay muchos casos. Hace mes y medio, en Barcelona, conocí a un hombre de unos 60 años al que nuestra historia le ayudó a zafarse de años de adicciones, alcohol y drogas. Tenía tanta emoción que, cuando yo iba a estar en Madrid, se vino el otro día a verme. Tengo casos de americanos, dos o tres, que vinieron a los Andes conmigo y estaban perdidos, unos depresivos y cerca del suicidio, otros perdidos en adicciones, y se salvaron por la historia de los Andes.
Y las dos que tengo más presentes, de las pocas frente a los miles de las que no me enteraré nunca: una chica de Guadalajara, en México, a la que un grupo de chicos había secuestrado y violado durante tres días con unas amigas. La soltaron y quedó totalmente destruida, al borde del suicidio, con terapias y medicamentos, y no salía. Al final, gracias a la historia de los Andes, leyó mi libro, estuve en Guadalajara y me quería conocer. Cuando la conocí y me contó todo eso, me comentó que se salvó y me lo agradeció. Es una cosa tan impresionante. Y otra, en Ciudad de México, una médica anestesista cuyo marido había muerto esperando un trasplante de corazón. Tenía un hijo de cuatro años y ya había resuelto inyectarlo y inyectarse ella para morirse e irse con su marido porque no soportaba seguir viviendo, era demasiado triste para ella. Gracias a la historia de los Andes cambió el rumbo y se salvó.
Le perdí totalmente el respeto a la muerte, pero la siento muy cerca y presente
P. ¿Qué le diría a un cordobés que esta noche se vaya a casa pensando que tiene un problema muy serio, que no sabe cómo salir de él?
R. A mí mismo me sirve mucho, y a mucha gente que me lo ha dicho: acordarse de la historia de los Andes cuando uno se preocupa por cosas que se van a superar. Yo he tenido y tendré problemas en mi vida que a veces parecen imposibles de superar. Pero como tengo esa experiencia y sé que en muchos casos ya lo he vuelto a superar, sé que después de situaciones difíciles, uno sale más fortalecido, valorando más todo lo que hay que valorar en la vida. Siempre se sale con algo positivo. Es así. Lo he ido constatando en mí y en personas alrededor mía.
P. ¿Qué considera que le queda por vivir?
R. Me quedan por vivir muchos años, espero, en buen estado. Lo que me queda es que no se acabe esto que estoy viviendo ahora, esto que me regala la vida inesperadamente: conocer gente, conectar, hacer amigos de verdad, sobre todo en los países latinos, en España, en México, en centroamerica. Y seguir aportando a mucha gente para sus vidas, admitiendo todo lo que yo aprendí con la historia de los Andes. Eso quisiera seguir haciéndolo por mucho tiempo. Y después, quiero ver crecer a mis nietas y quiero ver crecer mis árboles. Basicamente esas dos cosas. Todos los árboles que he plantado, en el campo de mi hija, le digo que voy a vivir 20 años más porque quiero verlos crecidos. Y seguir disfrutando de la vida. Me gusta mucho la vida, a pesar de todo lo que une sufre. Como yo considero, siento y estoy convencido, aunque puede que esté equivocado, de que esta es la única vida, vivo con esa sensación de que no quiero perder tiempo, quiero hacer cosas, quiero seguir disfrutando, seguir dedicándole tiempo a los amigos y a la familia.
P. Si pudiera hablar cinco minutos con aquel Eduardo de 25 años atrapado en el fuselaje, ¿qué le diría?
R. Le diría un poco lo que acabo de decir recién: aprovecha la vida, disfrútala en todos los momentos, no pierdas el tiempo. Aprende. Aprende a estar en silencio, a conocerte a ti mismo, y vas a disfrutar y tendrás más capacidad para disfrutar de todo lo demás. Cuando estás sereno, en paz y te conoces, no te mareas con el ruido de esta civilización. No busques la felicidad en el consumismo, que no vas a llegar a ningún lado; yo fui bastante consumista a los 25 años. Y también le diría: “No te subas a ese avión de la Fuerza Aérea, por favor”.
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