La confesión de un carabinero presente en el genocidio de Baena de 1936
Al cumplirse ahora los 90 años del golpe militar de 1936, me encuentro en mi archivo un largo informe casi inédito que me envió en 1981 un carabinero integrado en la columna de Sáenz de Buruaga, que tomó Baena el 28 de julio, y fue testigo directo del genocidio que allí ocurrió.
Es un escrito redactado a petición mía por el ex carabinero Juan Martínez Imbern, que consta de carta y de un relato de nueve folios, estricta “acta notarial” de su presencia aquella trágica tarde en Baena el 28 de julio de 1936, como miembro de la expedición del teniente coronel Eduardo Sáenz de Buruaga. También fue testigo Martínez Imbern de la toma y matanza de Fernán Núñez, el 25 de julio de 1936.
En estas fechas resulta especialmente pertinente mostrar testimonios de primera mano sobre los hechos oscuros y terribles del golpe militar de 1936. En este caso, además del horror de Fernán Núñez, la matanza de la plaza de Baena aquella tarde del 28 de julio. Allí estuvo presente el carabinero Juan Martínez Imbern, que relató lo que vio, según una carta y un informe que llevan fecha de 28 de septiembre de 1981, remitidos desde Perpignan (Francia), y que doy a conocer a continuación:
“Amigo Francisco Moreno: Recibí tus dos cartas. Una del mes de abril y la otra del 13 de septiembre del cte. (1981).
Para hacer lo que te mando, me he tenido que concentrar completamente, para ir escribiendo todos los detalles en manuscrito, a medida que iba viviendo de nuevo los acontecimientos de julio de 1936 a junio de 1938. He escrito casi todos los detalles, o sea mi historial. Luego hice rectificaciones, para darte lo más esencial y reducirlo a lo máximo, y como te darás cuenta, hay nueve páginas. Hay cosas que no te las comunico, porque se puede aún comprometer a algunos que están aún vivos.
El carabinero que hago mención soy yo, pero no lo puedo decir en mi exposición, pudiéndome aún perjudicar mucho. Me acogí al Decreto-Ley 6 de marzo de 1978, y el Ministro de la Defensa me ha acordado que como carabinero habría alcanzado por antigüedad el empleo de guardia civil de 2ª, pero para poder cobrar, debí hacer otra instancia al Consejo Supremo de Justicia Militar, para que me conceda el importe de la pensión de retiro… En el día de hoy aún no he recibido la decisión, y es por esto que también iba retrasando el envío de las hojas por temor a perjudicarme. Me dices que el libro no saldrá hasta la próxima primavera y por el Ayuntamiento de Córdoba. Por esas fechas creo que mi asunto estará ya resuelto. Te ruego, si tienes alguna conocencia en el Consejo Supremo, intervengas para que aceleren mi solicitud. Pienso que si nadie interviene, estará durmiendo en un rincón y no podré nunca beneficiarme de estos derechos.
Yo deserté del campo nacionalista el 11 de enero de 1938, presentándome a las fuerzas leales del Gobierno y ascendido a cabo. Refugiándome en Francia el 9 de febrero de 1939. Normalmente, de haber triunfado la lealtad, a la edad de retiro me hubiera correspondido lo menos el de capitán.
Bueno, no quiero molestarle más y creo que harás un buen uso de mi abreviado historial.
Te saluda muy cordialmente,
Juan Martínez
P.S. Iré a Port-Bou a certificar lo que te envío, a fin de evitar algunos controles fronterizos.
Continúa a escribirme en Francia y te ruego me digas qué te parece lo expuesto.“
Martínez Imbern no sólo testifica sobre lo ocurrido en Baena, sino también sobre algunos otros episodios terribles de Córdoba, como la matanza de Fernán Núñez, el 25 de julio de 1936, con lo que comenzamos:
25 de julio.- Toma de Fernán Núñez
El ataque nacionalista duró cerca de una hora. Los marxistas que defendían el pueblo lo abandonaron a su suerte. A medio kilómetro del pueblo, a la parte derecha, hay una fila de campesinos de todas las edades vigilados por un legionario. Al lado izquierdo de la carretera y frente a los detenidos mencionados, hay un grupo de unos cinco individuos con otro legionario apuntándoles con su fusil. Le dice a un señor bastante bien vestido de claro de ponerse junto a los demás. Para juntarse con los demás tenía que saltar la alcantarilla, que tenía poco más de un metro. Lo hizo, pero diciendo que era el alcalde del pueblo (Antonio Romero). Mientras saltaba, el legionario le disparó, cayendo el alcalde a los pies de los otros detenidos. Cayó desplomado sin dar señales de vida.
El otro legionario del lado derecho de la carretera empezó a gritar: “¡Izquierda!”. Al oír el grito, mi mirada se dirigió hacia él y a los detenidos, unos cincuenta. Algunos de ellos comprendieron la orden, pero muchos de ellos se quedaron mirando, sin moverse. El legionario les volvió a repetir: “¡Os he dicho izquierda!”. Entonces todos obedecieron. El legionario volvió a gritar: “¡Paso ligero!” Y todos aquellos individuos empezaron a correr campo abajo, unos cien metros, y se volvió a oír la voz del legionario decir: “¡Media vuelta!”, y así hasta que los más viejos se iban parando para poder respirar. No puedo decir cómo terminó lo de los cinco detenidos ni tampoco los que hacían correr (Todos fueron fusilados).
Decidí subir al pueblo y, encontrando un coche descubierto que iba en dirección del mismo, subí en él en marcha, de pie, cogiéndome en una de las puertas delanteras. El coche se paró y un soldado me dijo que eran de la Cruz Roja y que no podían admitir militares armados y que me bajara. Lo hice pidiéndoles perdón, que no me habían fijado en el banderín. El coche se alejó en el pueblo y, cuando yo llegué vi a varias mujeres, que no supe si eran curiosas o aterrorizadas.
Uno de los guardias de Asalto que salía del pueblo, con el rostro pálido, me dijo que en la escuela había muchos hombres muertos a golpes de hacha. Para ir a la escuela se tenía que pasar por toda la calle que creo era la principal. A la puerta de la escuela salió un individuo diciendo “¡Es un horror!”. Entré y me encontré con un religioso que presentaba a la boca una cruz diciendo: “Bésala”. El otro era otro religioso y decían que era el cura, que estaba agonizando, y se oía un gargoteo que salía de su garganta, pero sin hacer caso de lo que el otro le decía. De pronto el religioso dijo: “Ya está muerto”. Miré hacia dentro de la sala, que se encontraba bastante oscura, y se veían unas siluetas de cuerpos de personas tendidas en el suelo. El suelo estaba sembrado de banderitas anarquistas de la FAI. Al salir, me encontré con un individuo vestido de paisano que me dijo que los marxistas, antes de huir, habían dado muerte a hachazos a todos los detenidos que tenían y que consideraban fascistas. “¿Y por qué a hachazos?”, le pregunté. “Decían no tener municiones.”
El relato central es la toma de Baena, el 28 de julio, un cuadro dantesco, de lo peor que ocurrió tras el golpe militar.
28 de julio.- Toma de Baena
La columna estaba compuesta de guardias de Asalto de Huelva y Córdoba, Ejército, Tercio, Regulares y Falangistas. Las primeras casas estaban vacías y se comunicaban interiormente por un boquete que en cada casa habían hecho para retirarse sin salir a la calle. En una de ellas encontré una radio bastante grande, y un guardia de Asalto me dijo: “Llévatela. Si no lo haces tú, lo hará otro”. Tuve escrúpulos y allí la dejé. Continuamos por la calle y, al llegar a una placeta, vi a un legionario que llevaba en sus hombros una escalera, y me quedé para ver lo que quería hacer con la escalera, cuando vi que la apoyaba en la esquina de una casa, y subió con un martillo y una escarpia y arrancó la placa que decía Plaza de Galán y García Hernández.
Subí calle arriba hasta llegar a la plaza, por donde se encontraba el cuartel de la Guardia Civil. En la plaza vi tendidos a muchos individuos en hileras y separadas unas de otras unos 20 centímetros. Un teniente de la Guardia Civil (Pascual Sánchez Ramírez) estaba inspeccionando a los tendidos en el suelo boca abajo. También había un guardia de Asalto de Córdoba que hacía lo mismo, y que de pronto me pasó delante, y con la pistola en la mano dio un golpe a una máquina de fotografiar que tenía un periodista y la echó rodando por el suelo, diciéndole que estaba prohibido hacer fotos.
Se oyó un disparo, y fue el teniente de la Guardia Civil que disparó sobre la cabeza de uno de los tendidos. Apuntó a otro y volvió a disparar. El guardia de Asalto imitaba al teniente. El periodista me dijo que era el teniente de Baena, y que había estado varios días sitiado en el cuartel, y que se estaba vengando de los marxistas (eran anarquistas). Disimuladamente, mientras el teniente y aquel guardia de Asalto cometían sus crímenes, eché el pañuelo blanco a uno de los tendidos, diciéndole que se lo pusiera en el antebrazo izquierdo y se levantara, lo que hizo; y le mandé caminar delante de mí, en dirección de su casa.
Era un hombre que hacía unos seis días que no se había afeitado, de unos 50 años de edad, y tenía estrabismo. Iba vestido de trabajador de campo. Me condujo calle abajo y, a la primera calle a la derecha, continuamos hasta llegar cerca de su casa, donde había algunas mujeres en la calle que nos miraban sorprendidas. El individuo me dijo: “Esta es mi casa”. Le pedí el pañuelo que le había puesto en el antebrazo y le dije que iba a ver si podía salvar a otros.
Al volver a la plaza, la mayor parte de los tendidos estaban sin vida, y el teniente y el guardia de Asalto continuaban tirando sobre las cabezas. Estaban tan ocupados en sus crímenes que no se daban cuenta de lo que pasaba a su alrededor, y en un momento dado, el teniente y el guardia de Asalto se tropezaron el uno contra el otro, y el teniente le dijo: “Le prohíbo que dispare un tiro más. Soy yo quien tiene que disparar”. Y continuó con su obra disparando. El guardia se fue de la parte izquierda y se quedó mirando al teniente. Con mucha rabia volvió a sacar la pistola, volvió a llenar el cargador y de nuevo continuó imitando al teniente.
Me di cuenta de que muchos estaban cadáveres y que no podía hacer nada más, aparte de ir al lado de aquellos asesinos y liberar ante sus narices a alguno de los vivos, pero con peligro de que me pegaran un tiro. Decidí alejarme y tratar de encontrar algún sitio para que me sirvieran algo de tomar. Mi cuerpo necesitaba algo, pues me encontraba en un estado como de estar durmiendo y tener una pesadilla. Había visto lo ocurrido y no podía creer que hubiese tanta maldad de matar por matar, y que aquellas dos personas disfrutaran matando.
Entré en un bar, que estaba lleno de soldados, moros y algún falangista, que tomaban bebidas. Yo no tomé nada. Sabía de antemano que no me pasaría por la garganta, y decidí volver a la plaza, para convencerme de que había soñado lo anteriormente visto. A medida que subía la calle me daba cuenta de que no era una pesadilla, que era verdad lo ocurrido, pues al lado del bordillo de la acera bajaba un líquido rojo que parecía agua con sangre mezclada.
Al llegar a la plaza vi dos montones de cadáveres, unos encima de los otros, como si fueran montones de sacos. En algunos sitios de la plaza echaban agua para lavar la sangre, pero en otros hacían estirar a los detenidos que iban llegando y los colocaban encima mismo de la sangre de los que habían matado antes. Y continuaban disparando sus pistolas los mismos dos individuos antes mencionados.
El horror y el terror que antes se había apoderado de mí empezaron a desaparecer dándome fuerzas suficientes para continuar mirando el espectáculo. Decidí volver al bar para tomar o comer algo. En una mesa en el centro había tres soldados que tomaban un refresco. Se levantaron y salieron, ocupando yo una de las sillas, dando la espalda a la puerta y viendo todo lo que pasaba allí dentro, donde había individuos de todos los cuerpos que formaban la columna. Me sirvieron un vaso de leche y un poco de pan. El patrón me dijo que casi no les quedaba nada para poder servir.
Mientras hacía esfuerzos para hacerlo pasar por mi garganta, se sentaron a mi lado una chica de unos 16 a 17 años, y a su lado un joven de 18 ó 19 años. Yo supuse que eran hermanos. No decían nada: estaban muy tristes y angustiados. Yo los miraba a los dos y me preguntaba a mí mismo que algún pariente cercano debía de estar entre la vida y la muerte, o a lo mejor estaban junto a aquellos de la plaza.
Estaba casi terminando con pena mi pan con leche, cuando se sentó frente a mí, y junto al joven, un soldado. Estaba ya oscureciendo, y el patrón encendió algunas velas, y nos trajo una a nuestra mesa. El soldado me miró y me dijo que tenía algo para mí. Parecía estar muy contento. Y le pregunté qué era, y sacando de su bolsillo un puñado de cadenas, medallas, sortijas, pendientes y otras joyas, me dijo: “Es para usted”. “-No, hombre. No puedo permitir que te quedes sin nada, a lo que me contestó que en otros bolsillos tenía más. ”-¿Y de dónde has sacado tú esto?“, le pregunté. ”-Pues de varios sitios“, me contestó. ”Toma, no puedo aceptarlos, no me gustan las joyas“. Él insistió en que me quedara al menos con una cadena y una medalla. Entonces vi mi error en haberlo rechazado, y acepté la cadena y la medalla, y acto seguido el soldado salió. Cogí la cadena y la medalla, que parecían de oro, y se la entregué a la chica diciendo: ”Si encuentra a su patrón o propietario, se lo devuelve“. La chica me prometió hacerlo, si tenía ocasión.
A medida que la hora avanzaba me di cuenta de que la chica cogía más miedo y miraba muy a menudo a su hermano, como pidiéndole protección. Disimuladamente miré a la chica, para ver cuál era la razón de su intranquilidad, y vi que sus ojos se dirigían a una mesa donde estaban los Regulares (moros), y uno que estaba de pie la estaba mirando con ojos de deseo, y sus ojos relucientes y el blanco de ellos aún daba más impresión, con la poca luz que en la sala había.
Para dar fin a esta situación, hice ver que el sueño se apoderaba de mí y empecé a dar cabezazos, sin dejar de ver al moro. Éste vino y se sentó en la silla que antes ocupaba el soldado, y alargó su brazo para tocar un seno de la chica, y ésta exclamó un “ay”. Entonces yo le pegué un golpe con mi puño en su brazo y rápidamente me levanté apuntándole el fusil y diciéndole que se lo diría a su capitán y que, si continuaba, le pegaría un tiro. El regular salió corriendo. Los demás ni se dieron cuenta de lo ocurrido y continuaban charlando. La chica me dio las gracias y su hermano me sonrió como muestra de agradecimiento. Miren: ahora pueden estar tranquilos y procuren ir a dormir. Yo no me moveré de aquí en toda la noche.
Se pasó la noche en silencio, y a veces pegábamos cabezazos, pero esta vez de verdad, hasta el amanecer, en que el patrón nos trajo otro vaso de leche con algunas galletas, diciéndonos que eran las últimas que le quedaban. A los dos jóvenes les dije que tuvieran suerte y me fui hacia la puerta para encontrar a los guardias de Asalto de Huelva, a ver qué órdenes había, ya que yo estaba incorporado a ellos. Uno de ellos me dijo: “Quería darte una sorpresa con la radio que vimos ayer y esta mañana he ido a buscarla, para ofrecértela, pero estaba hecha añicos y por el suelo. ¿Ves?: tenías que haberla cogido. Ahora no es para nadie”. Le di las gracias y le dije que estaba muy agradecido por su interés por mí. Nos dieron la orden de subir a los camiones para regresar a Córdoba.
El día siguiente
En nota aparte, Martínez Imbern recalca que el día siguiente, 29 de julio, siguieron matando en la plaza de Baena.
Lo expuesto por Martínez Imbern revela que, además de la barbarie de las matanzas golpistas de 1936, que al pillaje se entregaban, no sólo los regulares, sino las demás unidades, incluidos los falangistas.
En cuanto a la matanza de Fernán Núñez el 25 de julio, por una columna mandada por el comandante Aguilar Galindo, de Artillería, queda de manifiesto que los expertos en fusilamientos eran los legionarios, que ese día actuaron por primera vez en Córdoba (llegaron 200 legionarios el día 25). Además, la Legión actuaba con saña y burla, como en este caso, en que pusieron antes a las víctimas a correr “a paso ligero”, hasta que quedaban agotados. Por último, los fusilaban, como se hacía en el Rif. De África llegaron los métodos, y de ahí aprendieron los autóctonos provincianos.
Por último, cuando Queipo de Llano visitó Córdoba a primeros de agosto de 1936, Martínez Imbern estaba cerca de la comitiva, y oyó hablar así al jefe de Orden Público: “Mi general, los presos piden clemencia”. Y el general contestó: “Ya es demasiado tarde. Esto lo tenían que haber pedido antes. Hay que liquidarlos”.
Jamás las autoridades de la República hablaron en estos términos, por la sencilla razón de que ambas represiones fueron muy diferentes: en cantidad, en cualidad, en intensidad, en exhaustividad, en extensión geográfica y temporal. La represión franquista fue un programa, un plan. En la República fue una improvisación, como respuesta a la provocación del golpe. En el franquismo, la matanza era un “a priori”. En algunas zonas republicanas (no en todas), la violencia fue un “a posteriori”.
La equidistancia es anticientífica, porque las cosas no ocurrieron así.
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