John Banville: “Los escritores no sabemos de política; es como preguntarle a un fontanero por una cirugía”
El día está algo más fresco en Córdoba, pero John Banville pide una copa de vino blanco con hielo antes de empezar a hablar con la prensa. Y eso que no hay una legión de periodistas esperando al escritor irlandés, que llega a la ciudad invitado por el festival Cosmopoética: apenas un par de preguntones, expectantes ante la presencia de un autor que lleva años en las quinielas para el Nobel de Literatura.
Así que Banville se sienta, espera su copa y comienza a hablar de España. El día anterior, mientras sobrevolaba en avión el país, le llamó la atención la sequedad del paisaje. Le recordó que Irlanda ha atravesado también dos meses de una sequía particularmente intensa. “Cuando veía España desde el avión pensaba que parece que se va a acabar el mundo”, cuenta. Está encantado de volver a Córdoba, aunque reconoce que la satisfacción será mayor cuando llegue el vino (que no tarda en ser depositado a su izquierda).
Banville viene a Córdoba a hablar de literatura. De hecho, en los minutos previos, nos dicen que, si pensamos preguntar por su ausencia de un festival de Granada tras el veto previo a la escritora prosionista Ariana Harwicz, no le va a gustar. No estaba en el guion la cuestión directa, aunque sí confiar en que, por otros medios, se pueda llegar a entablar un diálogo sobre por qué al público hoy le obsesiona tanto conocer las opiniones personales de los autores y artistas.
El escritor irlandés, no obstante, se arranca hablando de todo aquello que rodea a la literatura y que él observa con una mezcla de escepticismo, humor y cierta desconfianza. Empezando por la poesía. Banville dice que lee más poesía que ficción y recuerda una frase de un amigo irlandés: hay más poesía escrita en prosa que en los libros de poemas.
El turismo está destruyendo el mundo. Ryanair debería ser disuelta
Su última novela, Nocturno de Venecia, coloca en el centro a un personaje más prosaico, casi incómodo: un hombre machista, hipócrita, desagradable, instalado en una forma de masculinidad que podría encajar en la categoría contemporánea del “hombre blanco enfadado”. ¿Qué le interesaba de construir una novela alrededor de alguien así? Banville sonríe. Cuando terminó el primer borrador se lo envió a un amigo. La respuesta fue inmediata: le preguntó si aquello era un autorretrato.
“Y es verdad que es horrible”, admite el escritor. “Pero todos los personajes del libro lo son”. Banville no parece demasiado interesado en defender la bondad moral de sus criaturas. La literatura, para él, no está obligada a producir personajes ejemplares. Y de hecho, confiesa que mientras menos ejemplar, más interesante. Eso sí, también añade que ahora está trabajando para llevar Nocturno de Venecia a otro medio audiovisual (no aclara si serie o película) y ahí se ha encontrado con un problema diferente. Está tratando de suavizar algunos aspectos de los personajes para hacer la historia más atractiva en una pantalla, pero no resulta sencillo. La novela tiene un tono oscuro y esa oscuridad forma parte de su naturaleza.
Aunque la rompa a golpe de ironía. Ya que aprovecha para bromear con que, si como dijo su amigo, el personaje principal de Nocturno de Venecia podría ser él mismo, el mejor actor para interpretarlo no puede ser otro que Brad Pitt. “Es una broma, creo que mi amigo Ralph Fiennes sería perfecto para el papel”, apostilla, ya en tono serio.
Una ciudad que esconde su suciedad
La Venecia de su última novela no es un escenario elegido por casualidad. Banville mantiene con la ciudad una relación ambigua y procura visitarla únicamente en invierno. La primera vez que estuvo allí viajó con su mujer, que estaba embarazada. Desde el Aeropuerto hasta el Lido tomaron una góndola y el gondolero les anunció que el trayecto costaría mil liras. Después, según recuerda Banville, cambió el precio a 10.000. Para él, aquella pequeña estafa contenía ya algo de la propia ciudad. En otro viaje, años después, caminaba con su esposa por una calle estrecha cuando reparó en el funcionamiento del alcantarillado. La ciudad escondía bajo sus calles aquello que no quería mostrar. La imagen se convirtió en una metáfora, no muy distinta a la mirada oscura que, de esa ciudad, han ofrecido autores como Thomas Mann o Henry James, con quienes no esconde su deuda.
Porque Banville confiesa que nunca se siente completamente tranquilo en Venecia. Siempre tiene la sensación de que puede ocurrir algo. “La oficina de Turismo de Venecia no me va a contratar”, bromea un escritor que tarda poco en disparar contra el turismo contemporáneo. La pregunta sobre un posible paralelismo entre Córdoba y Venecia, dos ciudades históricas sometidas a una enorme presión turística, le lleva directamente a su propia experiencia.
Cuenta el escritor que él mismo vive en una pequeña localidad pesquera cercana a Dublín que, asegura, ha sido “totalmente arrasada” por el turismo. Los visitantes han cambiado la vida cotidiana de sus habitantes y hasta han alterado el ecosistema urbano. Ahora, dice, la localidad se ha convertido en la capital del fish and chips y las gaviotas se han puesto enormes. Acompaña la frase con un gesto de las manos para explicar cómo de gordas se han puesto las aves con las que convive. Su conclusión es contundente: “El turismo está destruyendo el mundo”. Y añade otra de sus frases destinadas a provocar una sonrisa o un dolor de cabeza a sus publicistas: “Ryanair debería ser disuelta”.
Misterio frente a opinión pública
La conversación acaba llegando a un terreno que Banville parece contemplar con especial prevención: la obligación que se atribuye a los escritores y artistas de tener una opinión sobre prácticamente cualquier asunto. “Los escritores no sabemos nada de política”, afirma. “Es como preguntar a un fontanero sobre temas de cirugía”. Aclara que habla desde su propia perspectiva y que quizá haya artistas que sí sepan de política. Pero él desconfía de la idea del escritor convertido en autoridad pública. Recuerda el caso de Picasso, que dijo, a su juicio, muchas cosas extrañas sobre el mundo y la política y que quizá debería haberse callado.
Y vuelve a Picasso para provocar, deliberadamente, un poco más. Habla de Guernica, una de las obras más conocidas de la historia del arte español. Según su interpretación, Picasso pintó inicialmente un cuadro sobre un caballo que estaba muriendo y unas madres que lloraban. Fue al ponerle el título de Guernica cuando, en su opinión, se convirtió en “kitsch”. Se ríe, de nuevo: “Ahora me dirá mi editor que cómo puedo venir a España e insultar a uno de los grandes artistas españoles”.
La provocación encaja con otra de sus convicciones: al artista le favorece el misterio. Quizá, dice, habría sido mejor que algunos escritores hubieran trabajado desde el principio bajo un pseudónimo para que el público se concentrase en la obra y no en la persona que hay detrás. Porque los autores, cuando hablan en público, dicen muchas tonterías. Su cita favorita para explicar esta idea es de Kafka: “El artista realmente no tiene nada que decir”.
A veces, me siento como un conejo al que le dan las largas en mitad de la noche
Banville confiesa que las apariciones públicas no son precisamente su territorio natural. “A veces me siento como un conejo al que le dan las largas en mitad de la noche”, explica. Bajo los focos se queda un poco paralizado. No sabe muy bien cómo reaccionar y a veces acaba diciendo cosas sin sentido. Y se extiende: Hay una razón para esa incomodidad. Cuando se sienta a escribir, dice, John Banville no existe. John Banville aparece cuando se levanta del escritorio. Es entonces cuando tiene que convertirse de nuevo en sí mismo, contestar preguntas y hablar en nombre de un escritor que, mientras escribe, permanece separado de él.
Y adereza la opinión con otra anécdota que resume perfectamente esa relación extraña que él mismo tiene con su propia obra. En uno de los últimos exámenes públicos del sistema educativo irlandés se incluyó el análisis de texto de un extracto. No se mencionaba al autor. Un amigo le mostró el texto y le preguntó qué le parecía. Banville respondió que estaba bien, que probablemente lo había leído en algún sitio. El texto era suyo.
Vivir en el pasado envejeciendo sin memoria
El olvido, para Banville, no es necesariamente un problema. De hecho, asegura que es una de las ventajas de envejecer. Se acuerda de Samuel Beckett cuando estaba en una residencia y decía que olvidaba cosas. De cuando le preguntaron si quería hacer algo para remediarlo y respondió que no: que era maravilloso.
Su propia mirada sobre el mundo tampoco se ha vuelto más clara con los años. “Mi visión del mundo solo ha cambiado sencillamente porque estoy viejo”, explica. Si la pregunta es si ahora entiende mejor el mundo que antes, la respuesta es no. “Sigo siendo igual de estúpido que antes”, dice, y continúa viendo el mundo como algo incomprensible. Le cuesta entender, incluso, “cómo la humanidad y las nubes pueden coexistir en el mismo lugar”.
Eso sí, reconoce que la memoria ocupa un lugar central en su concepción de la literatura. Y su definición es tajante: “La memoria es imaginación. Nosotros no recordamos, solo imaginamos. Lo que conservamos del pasado son pequeñas píldoras que después reconstruimos”. “Vivimos en el pasado”, sostiene un autor para el que el futuro es una posibilidad y el presente algo que desaparece prácticamente en el mismo instante en que sucede. Y se pone científico para explicar su teoría: si dos personas se miran, explica, la luz que viaja desde una hasta los ojos de la otra ya ha recorrido un trayecto y el cerebro necesita después una fracción de tiempo para procesar lo que está viendo. De modo que aquello que creemos presente, ya pertenece al pasado.
Cuando me siento a escribir, John Banville no existe
La idea conecta con una de las obsesiones fundamentales de su literatura: la imposibilidad de acceder directamente a la realidad. El escritor trabaja con recuerdos, percepciones y reconstrucciones, no con una realidad objetiva que pueda recuperarse intacta. De hecho, ni siquiera se muestra objetivo respecto a su propia obra.
Cuenta que a veces se siente avergonzado de lo que ha escrito. Recuerda su infancia en Irlanda, cuando era un niño católico, y una categoría particular de pecados que recibían un nombre especial: eran pecados reservados para los que solo se podía obtener el perdón confesándose ante el obispo. Sus libros, dice, son algo parecido a esos pecados reservados. Solo que no hay ningún obispo dispuesto a perdonarlos.
Pero antes de que el público pueda interpretar esta confesión como una muestra excesiva de humildad, Banville introduce un epitafio y cita una frase del escritor británico Philip Larkin: “No creo que sea un gran escritor, solo escribo mejor que el resto”.
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