Los colores de la vida
Sobre este blog
Soy cordobesa, del barrio de Ciudad Jardín y ciudadana del mundo, los ochenta fueron mi momento; hiperactiva y poliédrica, nieta, hija, hermana, madre y compañera de destino y desde que recuerdo soy y me siento Abogada.
Pipí Calzaslargas me enseñó que también nosotras podíamos ser libres, dueñas de nuestro destino, no estar sometidas y defender a los más débiles. Llevo muchos años demandando justicia y utilizando mi voz para elevar las palabras de otros. Palabras de reivindicación, de queja, de demanda o de contestación, palabras de súplica o allanamiento, y hasta palabras de amor o desamor. Ahora y aquí seré la única dueña de las palabras que les ofrezco en este azafate, la bandeja que tanto me recuerda a mi abuela y en la que espero servirles lo que mi retina femenina enfoque sobre el pasado, el presente y el futuro de una ciudad tan singular como esta.
¿ Mi vida ? … Carpe diem amigos, que antes de lo deseable, anochecerá.
No soy experta en estaciones de metro, pero he viajado lo suficiente como para saber que cada metro es un fiel reflejo de la ciudad donde se halla. Y cada vagón un microcosmos de la sociedad que en aquella habita.
Recuerdo ir en el metro de Nueva York completamente alucinada. Tal vez porque hace de eso ya muchos años, pero la diversidad de colores, razas y hasta religiones, me dejaron entonces impresionada. Aún conservo una foto que me hicieron sentada entre un judío ultraortodoxo cuyos tirabuzones caían casi sobre mi hombro y una señora enorme afroamericana, supongo que del mismísimo Harlem.
En el metro de Tokio te das cuenta de que la vida de muchas personas es sencillamente gris. El gris no tiene por qué ser equivalente a tristeza. O sí. A mí no me gusta y, además, siempre he creído que para vestir de gris hay que estar muy delgada. Sí, amiga, te hace gorda.
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