El paraíso ahí arriba

Cogí la bici y empecé a dar pedales cuesta arriba. Subía, a mi ritmo, sin prisa, rompiendo la niebla y pisando hojas secas, llenando los pulmones con olor a tierra mojada, escuchando al viento que me decía "disfruta antes de que sólo sea un recuerdo". Llegue arriba, y junto a mí una romería de senderistas, jinetes y ciclistas a los que, como a mí, les había dado el punto de disfrutar la sierra un domingo de invierno.

Es lo que tiene Córdoba, que en cinco minutos pasas de tragar el humo de un autobús a rozar la cara con las ramas de una encina. Las Ermitas, Trassierra, Las Jaras o Los Villares son el otro Patrimonio de la Humanidad, la otra Capital Cultural, la otra Joya Cordobesa, un lujo que pocas ciudades tienen tan a su alcance y al que cuidar debería ser una obligación grabado en el adn cordobés.

Pero no siempre es así. Tan cercano está nuestro paraíso que no lo valoramos, y en dos horas también pude ver mucha falta de respeto a este tesoro verde. Querer a la sierra no es hacer un arroz en el Puente de los Arenales y tronchar ramas para hacer fuego; ni construirse una casita en una parcela ilegal en Santo Domingo; ni hacer botellón en los Baños de Popea; ni arrasar encinas centenarias en la Carrera del Caballo.

Querer a la sierra es meter la lata de refresco vacía en el bolsillo del maillot; es recoger las bolsas de basura después del perol; es guardar el papel de aluminio del bocata en la mochila; es cazar de manera sostenible y no cortar caminos públicos con alambradas; es limpiar el bosque, vigilarlo y prevenir incendios.

Esto no es un post ecologista, es una llamada al sentido común, al civismo y a la buena educación. Y también es un guiño cómplice a los que cuidan la sierra como si fuera su casa y pelean para que los demás podamos disfrutarla durante mucho tiempo más.

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16 de enero de 2013 - 07:00 h
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