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¿Parabellum? No, gracias

Imagen de archivo de tanques rusos.EFE/WANGLINAN

Aristóteles Moreno

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Si te preparas para la guerra, tendrás más guerra

Alejandro Pozo Analista de conflictos y experto en industria militar

Si hay frases que las carga el diablo, una es, fuera de toda duda, la que escribió Flavio Vegecio Renato en el siglo IV de nuestra era. En el prefacio del libro III de su Epitoma rei militaris, el escritor romano acuñó una locución nefasta, sobre la que se ha edificado durante siglos la teoría de la disuasión. Si vis pacem, para bellum, escribió aquel pobre hombre, sin ser consciente de que su latinajo estaba a punto de alumbrar uno de los principios más delirantes de la historia de la humanidad.

Si quieres la paz, prepárate para la guerra, proclamó Vegecio a caballo entre el candor y la temeridad. La primera consecuencia de aquella ocurrencia fue la fabricación de la pistola semiautomática más popular del siglo XX. La Parabellum tomó la consigna de Vegecio para diseñar un arma mortífera que ha acabado con la vida de cientos de miles de personas que previsiblemente querían la paz y se encontraron con la muerte.

La pistola favorita del Ejército alemán y la II Guerra Mundial no fue nada, sin embargo, comparada con el ingenio de la disuasión nuclear, ese gran hallazgo del pacifismo, que nos permite vivir tranquilamente bajo la amenaza de 12.121 ojivas atómicas con capacidad para exterminar la vida sobre la faz de la Tierra. El caso es que no hay día en que no enciendas la televisión sin encontrarte a un Vegecio tras otro recordándonos que si queremos la paz, tenemos que gastarnos 800.000 millones de euros en tanques y aviones de combate.

La historia de la humanidad se ha levantado sobre el axioma de Vegecio. Solo hay que repasar el siglo XX y sus casi 200 millones de muertos en decenas de guerras, masacres y genocidios para deducir que el análisis geoestratégico no era la mejor virtud del escritor romano del siglo IV.

Desde ese prisma, preferimos la lógica cartesiana que Alejandro Pozo nos dejó en una magnífica entrevista publicada por Cordópolis el pasado domingo, cuyo razonamiento simple preside el artículo que tiene usted entre manos.

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