Como tantas otras veces...

Me colocaba el gorro de natación justo en la puerta de los vestuarios.  El bañador de cuello vuelto más apretado que encontré en la tienda, para que apenas se marcaran voluptuosidades.  La anti-hembra. Cierto era que, a las 3 de la madrugada, hora escogida a conciencia, poca gente iba a haber, mas no quería que me vieran, ni saludar, ni existir. Con la cabeza gacha caminaba hacia la piscina veloz, y rauda me ponía las gafas a la justa distancia de no matarme, zambulléndome en el agua y sintiéndome libre. Mi momento favorito del día. Nadaba, nadaba, nadaba... como si se me fuera la vida en ello.

Apenas dos o tres nadadores que, enfrascados en similar modelo al mío, parecía que tampoco tenían vida humana propia. Marcianos nadando sin mirarse. Y varones. Por lo que ni me los cruzaba.

Allí no necesitaba pensar en si tenía mejor o peor cara, si las ojeras me llegaban a los pies.... No tenía que sonreír ni aparentar calma. Allí el agua borraba mis lágrimas en el caso de que fluyeran y el lugar era tan amplio que no necesitaba compartir mi espacio con nadie. Bastaba con irme al carril más lejano. Y además, el sistema de limpieza era la sal. Sal marina, que tanto me gustaba y tanto te elevaba a la superficie.

-Perdona, se te ha caído ésto en el agua...- uno de esos hombres-insecto venía nadando hacia mí con la pulsera que llevaba en el tobillo minutos antes. Socorro. No me quito las gafas ni de coña.

-¡Ah.. gracias!- glups...

Estaba apoyada en el bordillo con los brazos, dejándome llevar por la relajación que el medio líquido da al cuerpo. Y me imitó. Apoyé la cara en mis  manos, en dirección al lado contrario de la suya pues, aunque con semejante modelo estaba tranquila, como inmersa en un disfraz,  la mujer acomplejada que habitaba en mi interior tampoco quería que se recrease demasiado en el horror. Y así en silencio, trancurrió no sé cuánto rato... Y ya casi que me estaba durmiendo...

-¿Sigues teniendo aquel novio de barbas kilométricas?- mis ojos se abrieron como platos y volví el rostro. Me arranqué las gafas y noté dolor.

-¿Nos conocemos?- pero sí, ya me había dado cuenta... Se había despojado de su atuendo y era Rober, aquel amor que tan solo tuve nueve meses hacía más de 20 años, con el que peleé desde el primer día hasta el último, y que tan marcada me había dejado que nunca había podido ni cruzarme por su camino ni volver a dirigirle la palabra.

-¡Serás ... mamón!!- sonreí, me quité el gorro e introduje mi cabeza en el agua para mojarme el pelo corriendo en un amago de coquetería tremenda- ¿desde cuándo vienes tú por aquí?-.

-Bueno, soy el guardián del club. Quien abre y quien cierra. De hecho, vivo aquí.- Los años habían pasado para él de una manera amistosa. Estaba increíblemente atractivo. Tuve flashes rápidos de nuestra relación, de nuestros besos, de nuestro amor... Como tantas otras veces. Sonreímos ambos y nos miramos durante largos minutos, callados...

-Podíamos haber seguido muchos años...

-Sabes que no...

-Estás radiante...

-Te portaste como un cerdo.- noté subir la temperatura de mi rabia.

-Te pillé con otro...

-Me habías dejado. Y además te equivocaste; aquel día no pasó nada. -le miré a los ojos- ni me dejaste explicarte.

-Yo fui a llevarte a casa. Fui a por ti...

-Tú fuiste a... mierdas. Te mató la posibilidad de que pudiera estar con otro.

-Yo te quería... mucho.

-Tú estabas enfermo, no era sano.

-No sabes la sensación que tuve al verte con otro.

-No viste nada. Y sí, sé perfectamente lo que los celos provocan en tí. Incluso los que te inventas.- de repente regresaba aquella impotencia que me provocaba, aunque ahora la sensación de poder defenderme revoloteaba por nuestras cabezas.

-Pero seguiste con él...

-Y fue un castigo. No tienes ni idea...

-Muchos años... seguiste muchos años. - volvía de nuevo el monologuista. Dijera yo lo que dijera, no iba a cambiar ni una coma su discurso. Preparaba su texto y lo soltaba, sin importarle mis sentimientos.

-¿Te tengo que recordar que la noche anterior me arrodillé ante ti para que no me abandonaras?

-Tú estabas fatal.

-Tú me convertiste en eso.

-Te conocí estando ya mal...

-...y me encerraste, me anulaste, me faltaste el respeto sin piedad, me apartaste del mundo. Dormía en el suelo de la cocina por no poder soportar más desprecios,  ¿se te olvida? y ...cuando quedé convertida tan sólo en una frágil pavesa... me repudiaste. ¿Sigo?

-Tengo recuerdos preciosos...

-...y yo una laguna de ellos. Eso sí, el horror lo recuerdo.

-Tampoco fue tan horrible...

-Yo a ti te amé como a nadie, normal que tengas buenos momentos en tu memoria. Tú a mí no. Perdí diez kilos.

-Pasé los siguientes años pensando en ti, obsesionado, aun estando con mi chica...

-No me merecía lo que me hiciste. Nunca olvidaré aquellas palabras. Fuiste un hijo puta. Y al final aún más.

-Me olvidaste enseguida. Te enganchaste a otro muy pronto.

-Fue un  castigo. Y yo no me engancho, me enamoro, aunque no fue el caso, pero no te lo pienso contar.

-Tenía muchas ganas de verte...

-Me quise morir...

Llevaba un rato intentando contenerme, pero no pude.  Lloraba en silencio.

-Hey, pequeña... no...  no quiero hacerte hoy daño. Hace muchos años de ésto, venga... Ya está; ya lo hemos hablado, ¿vale? Si tengo que marcharme para que no llores, me voy. No quiero hacerte llorar. Al menos llorar de tristeza...

Sabía perfectamente a qué se refería.

Aparqué su historia en un cuartito de mi corazón cuando superé aquella ruptura y nunca la toqué. Y no, no había muerto. Seguía allí latente esperando a que la persona adecuada chasqueara los dedos y la despertara de su hipnosis profunda.

Respiré...

-Tranqui, se me pasa... Nunca pude hablar de ésto con nadie. El duelo estaba adormecido en algún lugar de mi cuerpo. Tenía que brotar. En serio. Ya...

Pasó la palma de su mano suave por mi rostro, lentamente,  tan sólo rozándolo... dándome tranquilidad. Me besó la sien. Pasó sus dedos por mis lágrimas y se los llevó a la boca.

-La de veces que he ansiado volver a comerme esas lágrimas que me caían en los ojos... viéndote esa cara bonita gesticulando con placer mientras cabalgabas sobre mí.

-Calla...

-Nunca te olvid...

-Calla...

-No quieres escucharlo, pero lo sabes...

-Calla...

Me costó la misma vida arrancarlo de mis entrañas. Tanto que, en un ataque obligado de amnesia, mi cerebro había olvidado muchísimas de las vivencias de esos nueve meses. El dolor actuó. Y por no sufrirlo, tapó con cemento aquella relación. Pero el cemento se pica con pico y pala.

-Ven aquí, anda... Ea, ea, ya pasó...

Me encantaba esa frase de sus labios. Tantas veces sentí consuelo escuchándola...

Colocó su mano en la zona baja de mi espalda, me tumbó boca arriba flotando en el agua... Me relajé.

Con la otra mano me acariciaba en vientre con suma dulzura y yo me dejé hacer. Incluso cuando subió hacia mis pezones, despertándolos como tantas otras veces. Él conocía mi cuerpo a la perfección. Nuestra relación se mantuvo gracias a esa comunicación de sentimientos. Con palabras nunca llegamos a conectar. Hay amores que nunca terminan, enlazados por un hilo invisible y elástico ...que se estaba destensando.

Sus dedos subían livianos por mi cuello, mi barbilla, mi nariz, mis párpados... Acariciaba mi boca y comencé a excitarme. Y él reconocía esos escalofríos, no podía mentirle... Perdí la noción del espacio, de la gravedad... Fueron hacia mis muslos, a su interior... entrando sigilosos por mi bañador hasta rozar mis labios que quemaban y ansiaban revivir aquellas noches frenéticas de deseos incontrolados.

Mi mente iba por delante de mi cuerpo. Ya se había remontado a 20 años atrás. Mi memoria antigua estaba despertando y se precipitaba a los acontecimientos tan conocidos. Las sensaciones eran extremas.  Arrimó mi ombligo a su cara, apartó a un lado esa tela que me tenía ya sin circulación, y zambulló su lengua en mí. Suspiré...

Delicadamente iba lamiendo esa parte visible de mi cuerpo, cada rinconcito, cada pliegue... destensando cada uno de los músculos de mi cuerpo. El sonido hueco de la depuradora de la piscina no hacía sino subir el volumen de mis jadeos y de sus roncos murmullos... Estábamos solos. Él y yo.

-¿Y si... ?- me bajó un tirante y en dos segundos mi horrible prenda de natación estaba flotando a saber dónde.

Abrió mis piernas. Abrí mis brazos. Flotaba relajadamente en aquella piscina de sal, gracias a lo cuidadoso de mis movimientos. No era la primera vez que íbamos a follar en el agua y sabíamos que, con cuidado, no te ahogas.

Pasaba su lengua desde mi vagina hasta mi clítoris, volviendo a mi vagina, a mi clítoris... Y yo sentía que me iba a correr ya. Tan pronto. Como tantas otras veces... Pero me contuve. Pude. Necesitaba alargar esas sensaciones hasta el infinito.

Y me fue acercando y acercando al bordillo, a las escaleritas de piedra, hasta sentarme sin saber yo ni cómo podía haber llegado a tanta comodidad en tan poco tiempo. Abría mis labios, me miraba a los ojos... Pasaba la lengua y le perdía la pista de tanto placer que me provocaba. Y en el justo momento, introdujo con la exquisitez de un sabio sus dedos en mi cuerpo, sin quitarme la vista de encima y rugiendo al ver mi gesto en ese preciso instante, en esas milésimas de segundo que decía eran sus favoritas. Como tantas otras veces...

-Tócate... por favor...- y cumplí su deseo... Toqué mi clítoris hasta incendiarlo con sus dedos penetrándome, siempre acertando... musitando las obscenidades de amor en voz bajita que me reservo para esas ocasiones de pérdida de papeles, hasta reventar en ese mar de lágrimas y chillidos que arrancaban de cuajo la piel de lobo a cualquier cordero. Extasiada y sin respiración me dí la vuelta para refrescarme en el agua, sacando las gadgetoventosas de mis dedos y pegando mis manos a la piedra de aquellas escaleras. Al polvo del caballero le quedaba la segunda parte...

Me agarró de la zona baja de las caderas y me penetró sin darme tiempo ni a saludar. Me penetró con profundidad hasta sentir que algo se me iba a salir por la boca. Con rabia y con fuerza. Gimiendo hasta asustar. Manejó mi cuerpo sin necesitar gastar en ello ni un gramo de energía, concentrándose en su placer y en mis gritos. Como tantas otras veces.

No necesité volver a correrme. La etapa acababa de cerrarse finalmente, y así lo sentí cuando eyaculó derrumbado en mi espalda. Nunca pude soportar el recuerdo de sus palabras hirientes la última vez que nos vimos. Aunque se equivocara. Aunque fuese la rabia quien primara. Aunque yo no fuese todo eso que me gritó. Le amaba y de su boca salió.

No lo pensó. No contó hasta diez. Y no se arrepintió. Nunca. Como tantas otras veces.

Salí de allí con la cara tirante y eché la mochila de natación al primer contenedor que encontré a mi paso... y, libre de cargas, cavilando en qué nuevo deporte iba a practicar la semana siguiente para desfogar.

O mejor me voy a un concierto...-pensé- Que he visto un cartel que promete...-. Como tantas otras veces.

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22 de junio de 2013 - 20:49 h
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