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La casa de Manuel Barrueco

Concierto de Manuel Barrueco | MADERO CUBERO

Juan Velasco

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Resulta imposible contar -sin una búsqueda en internet de por medio- las veces que el maestro cubano Manuel Barrueco se ha dejado caer por el Festival de la Guitarra de Córdoba. Su presencia, como la de David Russell, es una especie de amuleto para el apartado clásico del festival, que tiene a dos de los más grandes guitarristas del mundo siempre dispuestos a venir a la ciudad verano tras verano para enseñar y para mostrar su destreza en una ciudad que también los quiere bien.

En el caso del guitarrista cubano, el más habitual sin duda de los cientos de artistas que han participado en el Festival de la Guitarra, además siempre suele venir en calidad de concertista y de docente. Este año lo ha hecho en ese orden, ofreciendo este domingo un bello recital de tintes clásicos que precede al Curso de interpretación para guitarra que ofrece los dos próximos días ante 10 alumnos en la Facultad de Filosofía y Letras.

Se ha de decir que la respuesta del público al concierto ha sido mucho más cálida a nivel cualitativo que a nivel cuantitativo. Con apenas unas 150 localidades ocupadas, llegaba Barrueco este año a su casa cordobesa, el Teatro Góngora -espacio donde, por sus características técnicas y de audiencia, suele brillar la guitarra clásica en el marco del festival- con un programa variado que ha incluido a compositores más conocidos como Bach y Albéniz, con otros más desconocidos -para el gran público-, como Luis de Milán, Joaquín Nin-Culmell y Fernando Sor.

En la platea, mezcla de juventud y madurez -más de esto último a decir verdad-, y un silencio respetuoso y atento a la maestría del cubano, historia viva de la guitarra clásica en la época contemporánea, y un tipo capaz de recorrer siglos y siglos de música sin más partitura que la que marcan sus dedos en el mástil.

Así lo ha hecho este domingo. Sin partitura. En soledad. En un escenario oscuro iluminado por un haz de luz, y con una digitación prodigiosa, Barrueco ha arrancado el recital interpretando la obra de Luis de Milán, el primer músico español que sentó las bases de la vihuela, y que el maestro cubano ha llevado a su terreno con una espectacular facilidad en ejecutar el contrapunto, y con capacidad para ejecutar dos o más melodías simultáneas.

De ahí ha viajado al barroco en manos de Bach, al que la guitarra ha sacado de palacio y lo ha llevado a la calle, para acabar la primera parte interpretando a Joaquín Nin-Culmell, con algún error que el propio Barrueco se cuestionó en directo, pero que subsanó a continuación imprimiendo aún mayor velocidad a la digitación.

Como consolación, antes de la pausa recibió una gran ovación del público presente. El maestro devolvió el cariño con una segunda parte más dinámica en la ejecución, y en la que el repertorio se ha centrado en obras del clasicismo español de Fermando Sor e Isaac Albéniz, que ha interpretado con precisión de cirujano. Entre pieza y pieza, apenas unos segundos para estirar ambas manos, 65 años en cada una, antes de volver a la faena. No se puede calcular cuántos metros habrán recorrido los dedos de su mano izquierda, centímetro a centímetro, subiendo y bajando el mástil de la guitarra.

Año tras año, concierto a concierto, curso a curso, visita a visita, Barrueco se hace una presencia imprescindible en el que el propio músico considera el mejor festival de guitarra del mundo. Su prestidigitación, aunque humana como se ha demostrado este domingo, sigue estando al alcance de muy pocos, y es un lujo que el maestro cubano haya escogido a Córdoba para montar su casa cada mes de julio.

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