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Estado del Cine Olimpia

Juan Velasco

2 de julio de 2026 19:57 h

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La mayoría de los periodistas de Córdoba tienen ese día marcado en la agenda. Es el día de la recepción municipal en la Caseta de la Prensa. El día en el que la profesión se cita en El Arenal y pasa la tarde (y la noche) embriagada de albero y otros efluvios. Era lunes de Feria cuando la Junta de Gobierno Local aprobó un trámite que implicaba reconocer el cambio de titular de los cines de verano Delicias, Fuenseca y Olimpia, algo a lo que estaba obligado pues tiene un contrato de alquiler en dos de ellos.

Una compañera de Diario Córdoba había preguntado esa misma mañana por ello en rueda de prensa, pero solo se dijo que Antonio Amil, hasta entonces públicamente gestor de los tres cines, había pasado a ser el propietario. Parecía un trámite sin más (era un secreto a voces desde hace meses que Amil los había comprado) y, sin embargo, todo cambió ese día cuando en este periódico nos pusimos a examinar la documentación que venía en el expediente.

Fue entonces cuando descubrimos que el Ayuntamiento había renunciado dos veces a ejercer el derecho de tanteo y retracto (hubo que mirar bien qué significaba) sobre los tres espacios. Traducido para el común de los mortales, aquello era un bombazo: tras años de lucha ciudadana por mantener estos espacios después de la muerte de Martín Cañuelo, se descubría que el equipo de Gobierno del PP había descartado comprar por 400.000 y 300.000 euros tres inmuebles que, en valor catastral, sumaban casi un millón de euros. Y que lo había hecho en silencio, sin informar a la oposición o a la ciudadanía.

A pesar de lo que dijo en el Pleno el portavoz del PP y presidente de la Gerencia Municipal de Urbanismo, Miguel Ángel Torrico, aquella renuncia no se fundamentó en ningún informe jurídico. No estaba en el expediente aquel lunes de Feria y, pese a que se le ha solicitado, nunca se ha mostrado. Es cierto que se pidió una opinión técnica, pero también que esto se les ocurrió cuando ya se había renunciado (dos veces y en silencio) a adquirir los tres cines a precio de ganga.

A partir de ahí, vino el golpe de realidad: con las cartas sobre la mesa, la ciudadanía ha vuelto a movilizarse para pedir de nuevo al Ayuntamiento que de un paso al frente para proteger y adquirir los espacios, convencidos muchos cordobeses de que el Fuenseca, el Delicias y el Olimpia son mucho más que unos “solares”, como, su propietario primero y el alcalde después, los calificaron públicamente.

Probablemente, la movilización que estamos viendo, y que ya ha sido capaz de generar un cambio de rumbo en el equipo de Gobierno (hace unos días hablaban de prevaricar, hoy hablan de expropiar), no hubiera sido posible si en este periódico no nos hubiéramos empeñado en examinar los papeles de la compraventa y en marcar el camino hacia su declaración como Bien de Interés Cultural (algo que también se ha puesto en marcha por fin esta misma semana).

Tenemos la convicción de que se hubiera acabado sabiendo. Pero se supo aquel lunes de Feria. Podría haber sido un punto más de una Junta de Gobierno Local cualquiera, con la mitad de la profesión con la mente puesta en El Arenal. Pero no fue así. A veces, cuando uno examina los papeles, se enciende una pantalla. Y pasan cosas.

En loop

El martes próximo estaré viendo a Moby en la plaza de España, en Sevilla. Será el inicio de su gira europea, a la que llega en un inesperado pico de popularidad producto del directo que ofreció en el último Coachella y, particularmente, del impacto que han tenido los temas que grabó ese día junto a Jacob Lusk, cantante de Gabriels, y que se ajusta como un guante a la música del productor.

La vuelta de Moby coincide con un repique del interés en otro grupo que lo petó en los 90, que vivió unos 2000 mucho más oscuros y cuyo cantante también actuó por primera vez en el último Coachella: The Smashing Pumpkins. El grupo de Billy Corgan ha agotado dos días seguidos en Madrid con la ópera que revisita el clásico Mellon Collie & the infinite sadness, al tiempo que estos días ha publicado el primer adelanto de un disco de versiones cuyo primer cover lo firman nada menos que Tame Impala.

Pero, antes de desviarnos hacia el calvo Corgan, quedémonos en el calvo Melville. Al contrario que algunos de los artistas que pasan estos días por Icónica Sevilla, Moby es un ejemplo de creador que no se queda anclado en la nostalgia. En su ya larga carrera hay no menos de seis etapas (el Moby ravero del sus inicios, el Moby punk y político de Animal Rights, el Moby ambient de mediados de los 90, el Moby chillsampleador de final de milenio -su pico de popularidad-, el Moby rockero de principios de los 2000 y, finalmente, el Moby clásico que publica con Deutsche Grammophon de los últimos tiempos).

Es cierto que su producción reciente está lejos del éxito que tuvo a finales de los 90, pero nadie puede negar que hay un discurso propio, trabajado con mimo y centrado en seguir explorando los límites de la creación. El directo, por lo que ha dejado caer, apunta en cualquier caso a una nueva mirada a sus hits, con un enfoque más expansivo y bailable. Ya os contaremos qué tal. Mientras tanto, playlist de Spotify para entrar en el mundo más acuático y plácido de Moby.

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