Entre Córdoba y Maipú: Una luca por una vida
Sobres y páginas manuscritas se amontonan en una esquina del barrio de Franklin en Santiago de Chile. Están colocadas sobre una sábana tirada en la acera. Una luca cada carta. Negociable si llevas varias. Es domingo y en Franklin un domingo puedes comprar cualquier cosa; también una vida o varias. Una luca cada carta. Ramón, el custodio de las misivas, lleva treinta años dedicado al negocio de las antigüedades. Empezó justo antes de dejar la mina de plata en Challacollo, cerca de Iquique. Cambio el metal por otros tesoros. Es él el que ha puesto precio a las cartas y, sin embargo, cuando nos paramos a conversar, duda: “¿Cómo calcular el valor sentimental? ¿Cómo oponer precio al amor, el miedo o los deseos de la persona que escribió a mano todas esas páginas?”. Ramón es un romántico. Hemos conversado durante casi una hora; tiempo para entender el valor que este anticuario da al oficio de mantener el pasado, porque eso es lo que procura Ramón cuando compra y vende objetos antiguos: mantener viva la Historia, o mejor, las historias de quienes crearon o tuvieron aquellos objetos.
Sentados en el suelo mientras rebuscamos entre los sobres, acordamos un precio más conveniente. Nos hemos comprado treinta cartas y una postal. Nos hemos comprado la vida de María Elena V.R., al menos la vida que vivió entre 1949 y 2011, son los años transcurridos entre la carta más antigua y la más cercana del epistolario conservado por Ramón. La del 49 es una carta de su padre, escrita mientras María Elena estudiaba interna en un colegio en Maipú; la última es una postal navideña, pero no una postal cualquiera. Viene firmada por el ex jefe del Centro Nacional de Inteligencia durante la dictadura pinochetista Álvaro Corbalán desde la cárcel de Punta Peuco, que, quién sabe cómo, contó con el privilegio de mantener sus comunicaciones. Entre una y otra, 50 cartas de los años que María Elena vivió exiliada en Estocolmo, tras el golpe militar de septiembre del 73.
Leer la intimidad de María Elena resulta, a ratos, desasosegante. Nadie debería mirar las vidas de otros sin su permiso. Y, sin embargo, solo los testimonios personales permiten construir una verdadera historia social, más allá de los acontecimientos políticos que cuentan los libros. Quienes se dedican a la Historia como área de investigación científica saben que la correspondencia es una de las fuentes primarias más codiciadas para tratar de entender el pasado.
Fetichismo archivístico
En el archivo-búnker, las cartas cerradas en cajas conservadas a la temperatura y humedad adecuadas son custodiadas por un batallón de archiveros que entran y salen del sótano atendiendo las peticiones para consultar los legajos. Acceder a las vidas pasadas en el Archivo Histórico Nacional (AHN) en Madrid exige un protocolo bastante más complejo que en Franklin, pero no menos necesitado de negociación. Aquí, para rebuscar en el montón hay que acreditarse como investigadora y bucear tecleando en un océano de signaturas y palabras clave hasta dar con una historia interesante. Una vez localizada empieza la negociación.
Queremos meter el hocico en los epistolarios de los exiliados españoles. Como en los archivos estatales no puede una tirarse al suelo y elegir al azar; vamos directas al grano. Y puestos a elegir, nos quedamos con las cajas de “papeles” del último presidente de la República, Diego Martínez Barrio, y del presidente del Consejo de Ministros en el exilio, José Giral. Aquí el arreglo con los custodios de las cartas resulta imposible. Ni por todas las lucas del mundo. Solo podemos pedir tres cajas al mismo tiempo; revisarlas en la sala, con las manos limpias y en perfecto orden.
Cecilia lleva tiempo al frente de la sección de archivos personales del AHN. Por sus manos, perfectamente cubiertas por guantes, han pasados legajos y cartas como para levantar varias montañas como las de Franklin. Y, sin embargo, la ilusión por la responsabilidad de su trabajo parece intacta. Cecilia, desde una pulcra sala de consulta, se emociona tanto como Ramón en la acera de Franklin cuando lee una de esas cartas. Está firmada desde Santiago de Chile por Vicente Sol el 1 de diciembre de 1945 y dirigida a José Giral. Vicente era entonces director del Centro Republicano Español en Chile. En las líneas escritas al presidente del Consejo de Ministros dejaba ver su entusiasmo por la victoria aliada en Europa y su esperanza porque esas mismas tropas entraran en Madrid a liberar a España del fascismo.
Tirados en una acera en Franklin o sentados en la inmaculada sala de consulta de un archivo, las preguntas son las mismas: “¿Qué sentirían aquellas personas? ¿Cómo poner precio a su amor, miedos o deseos?”. Una luca por respuesta.
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