Veranos antagónicos
- Los atardeceres estivales compiten por sumar “likes” a un lado y otro de un planeta recalentado. Los rituales estivales se parecen tanto que olvidamos que cuando ocurren ahora en el hemisferio norte; el Sur se congela. Arranca “Entre Córdoba y Maipú”, un proyecto narrativo de la periodista española Elena Lázaro y el fotógrafo chileno Fabio Sáenz
El Sol cae igual en el Pacífico que en el Atlántico. Tanto se parece contemplar un atardecer de verano en Punta de Lobos (Pichilemu, Chile) a hacerlo en la ría de Pontevedra que cuesta recordar que cuando ocurre lo uno, al otro lado es pleno invierno. Córdoba se ahogaba en un tren de temporales en febrero mientras otros agotaban el día en el “taco” regresando de la playa. “Taco”, así llaman los chilenos a los atascos, que son exactamente iguales que a este lado del planeta ahora que es Santiago la que se abriga y sufre el efecto de las lluvias devastadoras. Al fin y al cabo la vida no es tan distinta a un lado y otro del mundo, no hay tanta diferencia “entre Córdoba y Maipú” como dice el verso de Joaquín Sabina*. O sí. De eso se trata esta propuesta, de mirar las vidas de quienes habitan lugares tan diferentes como Chile y España para encontrar historias que son universales.
Que estas historias arranquen en un atardecer de verano o en la Noche de San Juan, con todos sus rituales y supersticiones no es casual. La idea de vivir el verano eterno cambiando de hemisferio es demasiado tentadora para no intentarlo, incluso ahora que el cambio global ha convertido el verano en una estación bastante más antipática. No había atravesado Europa el solsticio de verano hace unas semanas cuando ya llegó la primera ola de calor de 2026. Y así fue exactamente en Santiago de Chile entre el 27 y el 31 de diciembre de 2025, recién atravesado el solsticio, según registró la Dirección Meteorológica de Chile. No es que no estuviéramos avisados. El Panel Internacional de Expertos para el Cambio Global (IPCC, por sus siglas en inglés) viene advirtiéndolo informe tras informe: los eventos extremos como las olas de calor serán cada vez más habituales y duraderos.
Pero una cosa es lo que avisa la ciencia y otra cómo afronta el común de los mortales el apocalipsis climático. Y, de momento, el verano sigue siendo sonando a verano, lo escuches desde la asfixiante Córdoba o desde la calmada Pichilemu. Por mucho calor que haga, nos sigue gustando el verano. Y en esto, como en lo del cambio global, también hay evidencias científicas que lo explican. El aumento de horas de luz nos pone contentas.
Las escenas se reproducen con un parecido más que razonable a un lado y otro del planeta. Las diferencias son cuestión de matices. El mar pide a gritos un baño estés en el hemisferio que estés, aunque en el Pacífico solo te atrevas a mojar los pies y el agua de las rías gallegas deje de parecer tan fría. En el restaurante Marisol de Cáhuil alguien pide locos; seis meses después alguien elegirá coquinas de barro en un bar de Conil de la Frontera. ¿Qué importa el molusco si el objetivo es saborear el océano?
La noche de San Juan unos encienden hogueras y otras compramos un ramo de flores aromáticas en un mercado en Pontevedra porque si una mujer gallega te explica que hay que poner esas flores en agua la noche del 23 de junio y lavarte la cara al día siguiente para atraer lo bueno, tú las compras, porque es (insisto) una mujer gallega y… haberlas haylas. Aunque no las veas. Tampoco vi ritos ancestrales por el solsticio de verano en Chile y sé que los hay, que las comunidades indígenas que mantienen su vinculación con la Tierra los cultivan, claro que el ruido de una calurosa Navidad, como canta 31 minutos, ya debe tener suficiente carga ritual como para añadirle hogueras.
Y en esa sucesión de imágenes espejo entre veranos antagónicos como el chileno y el español me di de frente con el único rito universal: el postureo veraniego de cada atardecer. Lo intuí mi primera tarde de verano en Santiago de Chile mientras yo misma sujetaba el teléfono para fotografiar el sol desde el Cerro de San Cristóbal. Lo sospeché en El Palmar de Vejer cuando un padre dejó de atender a sus bebés para poner la cámara cara al sol. Me lo barrunté en el “taco” regresando de Punta de Lobos con otros cientos de veraneantes armados con sus móviles. Lo vimos venir en el servilletero de un chiringuito en el Pantano de La Breña, donde una palmera, no una encina ni un olivo, no, ¡una palmera! luce como figura principal del logotipo. Y me caí del caballo definitivamente cuando Emilia se levantó de la mesa en la que estaba cenando con su familia y nos pidió que le hiciéramos una foto. Pasadas las 10 de la noche, en el atardecer más tardío de toda la Península Ibérica, en un pueblo marinero, Emilia, después de cuarenta años de trabajo en Alemania y Austria, el día que celebraba su jubilación y el regreso a su Galicia natal, le dio la espalda al sol para posar ante el móvil.
Da igual Córdoba que Maipú, hemos universalizado dejar de vivir la vida para limitarnos a postearla.
“…entre Córdoba y Maipú” es parte de la canción “Nos sobran los motivos” en la que Joaquín Sabina habla de un lugar en Buenos Aires entre las calles Córdoba y Maipú, esta última dedicada a la comuna de la Región Metropolitana de Santiago de Chile.
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