Entre Córdoba y Maipú: Los chicos saben; Paula, también
Hemos visto el futuro de Arsenio. Es un techo a punto de derrumbarse mientras las golondrinas revolotean rompiendo la melódica sinfonía de las chicharras en una mañana de finales de junio. Las paredes caídas, los muros derrumbados, la tierra agrietada y la sal apenas intuida. Los aperos del campo yacen abandonados como si el salinero hubiera salido un día con prisa, sin tiempo para dejar una imagen de postal adecuada a eso que llaman el turismo de experiencia.
Llegamos a Duernas (Espejo, Córdoba) con el recuerdo de una tarde de verano en Lo Valdivia (Chile). Allí, cerca del Pacífico soplaban vientos del sur, los únicos capaces de dibujar una sonrisa plena en Arsenio Cordero, salinero a la fuerza cuando las explotaciones forestales del centro del país sustituyeron a la agricultura de la que había vivido su padre. Apenas 24 horas de viento sur y la producción de sal duplica la de la semana anterior. Esmeralda, su esposa, la vende unos kilómetros más abajo en una de las decenas de tiendas locales dedicadas a la venta de sal. Nos hemos parado en la carretera a observar y hemos terminado cruzando la carretera para entender cómo se produce una de las sales artesanales más reconocidas de Chile. La sal de Arsenio procede del estero de Boyeruca, que, como el de Cáhuil, está amenazado por la llegada excesiva de agua dulce procedente del embalse Convento Viejo.
La salinidad no es un problema en la campiña cordobesa. Como en el resto de salinas de interior de Andalucía, el mineral está asegurado, siempre que haya alguien dispuesto a extraerlo. En Duernas parecen haberse rendido. Al menos es lo que percibimos en nuestra visita. No queda nadie dispuesto a abrasarse en el verano cordobés rastrilleando las pozas para esperar a que el agua se evapore y la sal se deposite sobre un suelo que parece lava. La conservación del ecosistema, sin embargo, preocupa a la comunidad científica que sostiene investigaciones y proyectos que buscan su restauración. En ese ecosistema entran también las personas que mantienen un oficio milenario, en declive desde que también la producción de sal fue industrializada en el siglo XIX.
Paula no entiende aún de cambios de modelos productivos. Acaba de terminar el curso y las notas no han salido nada mal y cuando tienes 8 años eso es más que suficiente para ver la vida con optimismo. Nos ha contado que su madre es la dueña de una de las salinas de Albendín (Baena, Córdoba), que antes lo fue su abuelo y antes, el padre de su abuelo.
- Entonces, tú serás la cuarta generación que se ocupe ¿no?
- O mi hermano
Paula cree conveniente aclararnos que ella aún se lo está pensando porque su madre le ha dicho que tiene que estudiar mucho y las salinas cansan, “que tienes que poner el agua y esperar tres días y rascar y… bueno, si eres como mi hermano, pues puedes hacer hasta figuras”. Pero sea ella “o mi hermano” (frase que repite varias veces en nuestra conversación) lo que no parece dudar un solo instante es que las salinas seguirán produciendo. “Mi madre me ha contado que llegaron a tener ¡32 pozas!”, aclara enfatizando una cifra que, efectivamente, Lupe Cañete, su madre, nos confirma horas después.
Lupe ha trabajado en esas salinas durante toda su vida. Ahora quedan ocho pozas y toda la producción es para la familia y amigos. No hay negocio en un oficio tan exigente, pero en cada amanecer de verano Lupe se reencuentra con aquellas mañanas de trabajo junto a su padre y la nostalgia y el amor a esa tierra salada son suficiente. No sabe si Paula (o su hermano) lo verán igual.
Es el mismo temor de Arsenio, que desde el otro lado del mundo admite que teme más al desinterés de los hijos por el oficio que al agua dulce que el embalse manda rompiendo el ciclo natural del estero. Él tampoco pudo seguir el de su padre. Se lamenta lo justo y sigue sonriendo: “los chicos saben”… Paula, también.
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