Entre Córdoba y Maipú: Todas las vidas posibles
Estoy sentada escribiendo con un ojo en el mar y el oído atento al despertar en el campo. El Océano Pacífico se asoma al frente mientras vemos a Alejandra cruzar hacia el huerto. Luna, una perra canela y blanca, va detrás, aunque se detiene cuando Consuelo mueve los contenedores junto a la puerta. La vida parece inmutable en un lugar así. Es fácil imaginar una vida nueva en el campo frente al mar e inevitable romantizar las tareas que observamos desempeñar a esta madre y a esta hija, hasta hace apenas unos años unas convencidas urbanitas. Si ellas crearon una vida nueva, cualquiera podría. Los datos dicen que tanto en Chile como en España, los confinamientos de la pandemia y el teletrabajo provocaron el éxodo de las ciudades al campo, transformando el mundo rural. Así que sí, parece que “cualquiera” puede.
No hay mucho espacio para apoyar el ordenador; dejo la libreta en la habitación y recorro mis notas de memoria mientras Fabio prepara la cámara para seguir. Todo está medido en esta cabaña a la que hemos venido a parar en nuestro viaje por el verano austral. La barandilla de la terraza convertida en escritorio; el desayuno servido en una cesta a las puertas de la habitación; hasta la luz del sol y el agua de lluvia tienen calculada Alejandra y Consuelo porque, como dicen, el campo exige ser autosuficiente y sostenible. No hay otra.
La vida parece menos idílica cuando se detienen a explicar sus rutinas. Detrás de toda esa belleza hay un esfuerzo físico real y, quizás oculto, un trabajo mental que deja de parecer tan sencillo. Hay que aprender a vivir con menos servicios: el camión de la basura no pasa a diario por aquí y aún quedan años de obras para contar con un alcantarillado adecuado. Conviene acostumbrarse a una vida social más simple: Consuelo ha convertido el deporte en su principal actividad de ocio, aunque tampoco le queda tanto, y Alejandra, pasados los 60 es por ahora la benjamina de su nueva pandilla. Y, por supuesto, es obligado asumir que existen menos posibilidades de empleo y no pocas dificultades para el emprendimiento, pero a pesar de todo… ellas crearon una vida nueva, aunque no parece claro que cualquiera pueda hacerlo. De hecho, el camino suele ser el contrario.
El éxodo rural sigue descapitalizando pueblos en Chile y en España, convirtiendo muchos de ellos en lugares de retiro para jubilados y veraneantes. Ni unos ni otros regresan al pueblo a trabajar.
Paseando por Villanueva de Córdoba una mañana de junio es fácil reconocerles. Una pareja de ancianos se detiene a saludar a un vecino que circula en coche por la misma calle. Se detiene y le informan con todo lujo de detalle de la inminente llegada de su hija desde Barcelona. Ellos llegaron hace un mes y tienen previsto quedarse hasta que empiece el frío. “Cada vez alargamos más, con lo que tarda en irse la calor…”. Su hija apenas pasará un día. “Viene a dejarnos al nieto todo el verano. Es muy chiquito”. Ha sonado un poco irresponsable hasta que hemos entendido que el nieto es un perrete y que la hija tiene planes más cosmopolitas para este verano que regresar a Villanueva.
En cualquier caso, los abuelos parecen encantados. Llevan un buen rato conversando con el vecino, que ha terminado rindiéndose y apagando el motor. Los oímos disfrutar recordando esa “patriecita” de la que hablaba Gabriela Mistral cuando escribía sobre el Valle del Elqui: “La patria es el paisaje de la infancia y quédese lo demás como mistificación política”. Y todos representan aquella “patria campesina universal que es la de los criados y hechos por el campo”, en palabras de la Mistral, o “la gente de pueblo”, como reivindica en sus letras la banda extremeña Sanguijuelas del Guadiana, que ha convertido su Revolá en un himno al desarraigo de la juventud emigrada a las capitales.
Dice Silvia que no puedo envidiar a quienes tienen pueblo, “porque el pueblo no se tiene, porque no es una propiedad”. Silvia vive la contradicción de haber dejado el lugar en el que nació para estudiar, primero, y trabajar, después, y, sin embargo, desear que los pueblos sean lugares con una vida posible. No hay nada que su cabeza piense y sus dedos escriban que no esté atravesado por haber crecido, como Gabriela, entre montañas y calles de pueblo.
Como Silvia, Cristina hizo aquel viaje a las capitales desde un pueblo de campiña para convertirse en investigadora. Hemos coincidido con ella en el Valle de los Pedroches donde participa en un proyecto científico para controlar la enfermedad que está secando la dehesa andaluza, esos árboles de los que depende la economía de todos esos pueblos de sierra. Resulta esperanzador ver a ese equipo de jóvenes científicos dar la batalla junto a agricultores de la zona para evitar el desastre, aunque en la mirada de Francisco, propietario de una explotación ganadera, parece haber más resignación que esperanza. Ha crecido bajo encinas y sabe que esta vez el riesgo es más real que nunca. Se entrega sin cuestionarlas a las tareas de monitorización que le han pedido los responsables del proyecto, pero insiste en que sin medidas políticas de ayuda va a ser imposible salvar la dehesa. Y a pesar de ello no hay en sus palabras indicio de pesimismo.
Francisco, como Alejandra, como Consuelo, saben que si ellos pueden no dejarse llevar por el desánimo, los demás también.
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