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Pablo Téllez, desde el pincel de Gómez Losada.

Juan Velasco

1 de octubre de 2026 22:13 h

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Era lunes, 6 de junio. Poco antes de las 12:00 de la mañana. Pablo estaba en la playa. En bañador. Tirado en una toalla, a la sombra, claro. Se había escapado entre semana, que no era lo habitual, pero la peor parte del trabajo pendiente estaba cerrada ya.

Con el mar Mediterráneo como fondo, metió la mano en el bolsito donde guardaba el tabaco y, a tientas, tocó el teléfono. Como cualquiera de nosotros, sin darse cuenta, acabó cogiéndolo sin tener ni ganas de ello. Tenía varias llamadas. Cogió la siguiente que entró. Era importante. Tuvo que levantarse y marcharse a hablar, lejos del rumor del oleaje.

Cuando regresó, la persona que estaba con él disfrutando de ese hermoso día de playa le preguntó:

—¿Pero qué pasa?

Lo que pasaba era que el Ayuntamiento acababa de comunicarle que cancelaba la rueda de prensa de presentación de Cosmopoética 2026, prevista para dentro de un par de días, por un artículo que había publicado este periódico en el que contaba, a grandes rasgos, el leitmotiv de aquella edición, la primera en la que Pablo estaba al frente y no en la sombra.

“El puto Juan”, seguramente dijo Pablo, sin poder evitar reírse con los ojos, su rasgo físico más distintivo. Luego me enteré, porque la persona que estaba allí con él me lo contó, que desde el Ayuntamiento le acusaron de haberme filtrado la información y que, por eso, se suspendía hasta nueva orden la presentación del festival.

Lo cierto es que Pablo nunca hizo tal cosa: toda la información que publicamos salió de la Plataforma de Contratación del Estado, al alcance de cualquiera que supiera bucear entre pliegos administrativos. También es cierto que no era la primera vez que Juan le daba a Pablo un dolor de cabeza.

Los dos meses anteriores habíamos publicado el litigio que contra su empresa mantenía una de las licitadoras que perdió la adjudicación, con acusaciones muy fuertes. Siempre lo llamábamos para contrastar —él lo agradecía—, pero, en privado, deseaba no tener que ver el nombre de Verbo ni de Cosmpoética expuesto en un rifirrafe público. Es decir, si, como creían en el Ayuntamiento, Pablo y Juan eran colegas, Juan era un amigo de mierda para Pablo, que era, a su vez, un amigo fantástico, pues nunca se enfadaba, pese a que, como cualquiera, prefiriera un silencio cómplice a un titular contrastado.

La última vez que vi a Pablo fue el 10 de septiembre. También a mediodía. Era en la postergada presentación de Cosmopoética, en la Sala Orive. Pablo vestía de negro, como casi siempre, y llevaba un pin de plata con el hombre del sombrero que resplandecía desde lejos. Cuando terminó la rueda de prensa, me acerqué a él y le señalé el pecho.

—¿Y esto tan bonito, de dónde lo has sacado?

Pablo me contó que solo había diez, que eran para el equipo, y que se los había acercado ese mismo día un platero al que ambos conocemos. “¿Por qué? ¿Te gusta?”, remató riéndose con los ojos, una vez terminada la explicación.

Aquel jueves 10 de septiembre, Juan se fue a su casa con un pin de plata de Cosmopoética que le había regalado Pablo, quien sabe si en pago por haberle reventado aquel día de playa. O por algo más sencillo: porque así es cómo entendía Pablo la vida.

Recuerdos como este son la historia oral de estos días en Córdoba. Mucha de la gente que conozco tiene uno o cientos. Al final, cuando la película de la vida se funde a negro, todos nos convertimos en ficción: solo somos recuerdos que se amontonan y que, con suerte, forman una especie de narración oral popular. Frente al periodismo, las biografías y la autoficción, la verdadera novela de lo que fuimos se escribe cuando uno ya no está. Y no tengo claro si eso es un final triste o feliz.

Sea como sea, es un final. Un adiós como el de aquella canción de Leonard Cohen que se inspiraba en un poema de Kavafis, y que hoy sampleamos para Pablo:

Como alguien preparado para la ocasión

Con total mando sobre cada plan que hiciste naufragar


No elijas una explicación cobarde


Que se esconda detrás de la causa y el efecto

Tú que te desconcertaste por un significado


Cuyo código estaba roto, crucifijo descruzado


Dile adiós a Córdoba, que se va


Después, dile adiós a la perdida de Córdoba.

En loop

En este bucle nostálgico en el que andamos nadando, ahora se están desempolvando los sonidos de principios de siglo. En lo que a pista de baile se refiere, estamos a las puertas del revival del minimal dosmilero, y en pleno boom de recuperación de un estilo con tantos fans como detractores: el electroclash. Para los no iniciados, el electroclash era un subgénero que mezclaba actitud punk, simpleza compositiva y pegada electrónica. Era bien bastardo, y derivó malamente en subsubgéneros que conviene olvidar. 

Su declive convivió, como ocurrirá ahora, con el auge del minimal berlinés. Y, al igual que entonces, todo era producto de una necesaria bajada de revoluciones en la pista tras una época de exceso de bpms. El caso es que Pitchfork, ese medio tan objeto de la crítica como necesario, ha publicado lo que cree que es lo mejor del sonido electroclash. Y, hay quien se ha enfadado con razón y ha hecho su lista alternativa. Como no todo pueden ser penas, para este viernes vengo con una playlist casi definitiva del electroclash, elaborada por el bueno de Herb Sundays. Ni de coña están todas las buenas. Me guardo alguna bomba para la fiesta del X Aniversario del C3A de este sábado. Os veo en la pista.

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