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1 de agosto de 2026 20:03 h

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Una alambrada de espino limita el perímetro del Colegio Hernán Holguín Maibee en la comuna Lo Espejo en Santiago de Chile. Está arrancando el invierno, los colores del mural que hemos ido a fotografiar encajan a la perfección en esa mañana fría.Un enorme murciélago en blanco y negro abre sus alas dejando ver un cuerpo que es en realidad un edificio de cimientos que empiezan a caer. Ocupa parte del muro nororiental del centro educativo en una comuna que sufre la violencia del narco y la desidia de un sistema que algunos soñaron derrotar en 2019. Fue ese año cuando el artista porteño Sebastián Varas Mackenzei viajó desde Valparaíso a Lo Espejo, en la Región Metropolitana de Santiago, para tomar parte de las asambleas y encuentros vecinales en los que se debatía cómo iniciar un nuevo proceso constituyente en el país dentro de un momento político conocido como “Estallido Social” en Chile.

Han pasado siete años y el mural está intacto. Nadie lo ha rayado. Varas nos lo cuenta mientras conversamos en torno al papel del arte en las sociedades contemporáneas. Nos hemos conocido al terminar de visitar el Museo Baburizza de Valparaíso, del que salgo ojiplática tras descubrir en su interior dos obras que desconocía de Julio Romero de Torres: “Carmen la desolada” y “Maruja la gaditana”. De hecho son los dos primeros cuadros del recorrido pictórico del Museo. Cruzar un océano para tocar casa. Varas reflexiona sobre el academicismo artístico y lo contrapone al muralismo que tan bien representa a la ciudad conocida como la joya del Pacífico. Su postura es clara: el arte es una forma más de intervención política.

A miles de kilómetros de distancia, en la misma dirección hacia la que se abren las alas del murciélago de Lo Espejo, en Córdoba, Margarita Merino abraza una figura humana de tela y cerámica mientras nos cuenta en su estudio qué significa para ella el proceso creativo y el arte: “una manera de sanar”. Marga explica su trabajo desde lo íntimo. “Lo mío es una obra demasiado personal, no sé si es política…”. Nos miramos, las dos tenemos la respuesta: “lo personal es político”. Nos lo enseñó el feminismo. La figura que sostiene en su regazo es la pieza principal de su obra “Palos y astillas” y representa a su madre. Está hecha con las telas de los colchones donde nacieron Marga y sus tres hermanas, las astillas, y es una reflexión en torno a los cuidados, el trauma y las ausencias del padre.

Margarita Merino en su estudio de Córdoba con una de las figuras de su obra Palos y Astillas

Han pasado cuatro meses entre una conversación y otra. Cuatro meses entre el verano chileno y el español reflexionando sobre la utilidad del arte y los retos a los que se enfrenta. Un debate en el que metimos a Virginia Filardi, muralista como Mackenzie y diseñadora gráfica, para abrir el melón que todo el mundo devora últimamente: ¿cómo afecta el desarrollo de la IA a la creatividad, en general, y al arte en particular? Viajamos en coche hacia Cardeña acompañando a Virginia a la presentación de uno de sus últimos murales. No la vemos ni remotamente preocupada: “la IA es una herramienta; la creatividad es nuestra y el oficio también”, dice.

En la reivindicación de lo manual hay un regreso al mundo de las abuelas. Lo pienso mientras Virginia explica cómo crea collages colectivos en su taller dejando jugar con el arte a quienes participan. Encuentro esa misma idea cuando Marga dice que “se maneja bien con todos los materiales” y miro en su estudio cómo conviven sus cerámicas de pechos entrelazados con sus pinturas y sus murales. Entre todos los objetos de este espacio tan creativo como su dueña, una cría de mirlo aletea sin prestar demasiada atención a nuestra charla. Hace varios días que se coló en el estudio. Marga la ha bautizado como Martina.

El pecado, de Romero de Torres, representada por Tablaux Vivant

El arte del siglo XXI tiene mucho del virtuosismo del pasado. La destreza manual, aquella que dominaba Julio Romero de Torres, es ahora trendy y obliga al artista a “regresar a los oficios”, como insiste Virginia. Y si importa tanto la técnica, la parte formal del arte ¿qué hacemos preguntando por la función social del arte? Varas, Virginia y Marga nos han dado sus razones. Podríamos haber contado esta historia solo con ellos, pero otra vez, sin buscarlo, Romero de Torres se cruza en el camino.

El Teatro Municipal de El Carpio acoge el espectáculo “Julio Romero Tableaux Vivant”, en el que un grupo de actores va recreando en vivo, al ritmo de la música y utilizando apenas unas telas y algo de escenografía, hasta 14 cuadros del cordobés. Lo hacen perfectamente sincronizados, casi sin que el público caiga en la cuenta de sus movimientos hasta que, de pronto, la imagen se compone y las obras más icónicas de Romero de Torres se revelan. En las caras y exclamaciones de asombro de los vecinos de El Carpio encontramos la respuesta: provocar el placer estético también sigue siendo tarea del arte. Es verano, vemos familias que salen al fresco tras el espectáculo y que han venido solo a echar un buen rato, no a meditar sobre la función social o la tarea política y transformadora del arte. Así ha sido siempre.

Regreso mentalmente al mural de Varas, a la alambrada de espino de Lo Espejo y a la palabras de Fabio cuando lo fotografiaba: “está igual que en 2019, nada cambió en el mural ni en Chile”.

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