La violenta huella de cuatro ejércitos que combatieron hace 2.000 años en Montemayor
Hay guerras legendarias que solo viven en los textos y otras que permanecen enterradas bajo los campos de cultivo. En Montemayor, un pueblo de la campiña cordobesa que hace dos mil años se llamaba Ulia, el mito y la realidad están confluyendo gracias a un proyecto impulsado por la Universidad Autónoma de Madrid, y que se integra en una investigación más amplia sobre la transformación de las sociedades ibéricas del sureste de Córdoba durante la conquista y romanización.
Los textos atribuidos a Julio César describen una campaña especialmente turbulenta en torno a Ulia, la ciudad íbera que ocupaba la parte alta del actual municipio, durante las guerras civiles romanas. Ahora, las prospecciones arqueológicas realizadas en los últimos meses están empezando a dibujar sobre el terreno la dimensión de aquellos combates: más de 1.200 objetos antiguos de carácter militar, entre ellos más de 300 proyectiles de honda, puntas de flecha, proyectiles de artillería, lanzas, jabalinas y tachuelas de las botas de los legionarios confirman que los alrededores de Montemayor fueron escenario de operaciones militares de gran escala a mediados del siglo I antes de Cristo.
La imagen que emerge del suelo encaja con la que transmitieron las fuentes antiguas. Ulia sufrió al menos dos grandes episodios de asedio: el primero en el otoño del 48 a. C., cuando la ciudad se convirtió en el escenario de una guerra civil dentro de la propia guerra civil romana, y el segundo en enero del 45 a. C., cuando Cneo Pompeyo, hijo de Pompeyo el Grande, intentó someterla antes de la llegada de Julio César a Hispania. Los dos episodios tuvieron lugar sobre el mismo terreno y estuvieron separados por menos de tres años, una circunstancia que hace imposible distinguir hoy qué proyectil o qué arma pertenece exactamente a cada campaña.
El proyecto de investigación está dirigido por Fernando Quesada, catedrático de Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid, al frente del grupo de investigación junto a Javier Moralejo, profesor de la misma universidad y especialista en Arqueología e Historia Militar y de la Guerra. Quesada, todo un experto, arranca explicando que la romanización tuvo una primera fase “tremendamente brutal”, pese a la fama de progreso que arrastra una civilización como la de Roma. Lo dice alguien que conoce bien el terreno. Lleva desde los años 80 recorriendo distintos enclaves de la provincia de Córdoba, siguiendo las huellas del ocaso de los íberos y cómo sucumbieron a la llegada de los romanos, desde el Cerro de la Cruz, en Almedinilla, hasta el Cerro de la Merced, en Cabra, pasando por Ulia, en Montemayor.
En esta última localidad se halló hace unos años un carro ibérico en la necrópolis del Cerro de la Horca que mostraba ya el esplendor de la sociedad íbera siglos antes de Roma. Ahora, las evidencias de los campos de batalla permiten asomarse al extremo opuesto de esa historia: el momento en que el territorio se convirtió en escenario de las guerras que terminarían por transformar definitivamente la región.
Una revuelta dentro de otra guerra civil
La historia comienza en 48 a. C., poco después de que César derrotara a Pompeyo en Farsalia. Hispania seguía entonces bajo control cesariano, pero la gestión del gobernador de la Hispania Ulterior, Cayo Casio Longino, provocó una rebelión dentro de sus propias tropas. El enfrentamiento adquirió una dimensión inesperada cuando Longino se refugió en Ulia y sus adversarios, dirigidos por Marco Claudio Marcelo, sitiaron la ciudad.
No era todavía la guerra entre cesarianos y pompeyanos que acabaría imponiéndose en Hispania. Los dos bandos se proclamaban partidarios de César, aunque una parte de los amotinados había llegado a tantear incluso la posibilidad de pasarse al bando pompeyano. En sus filas había veteranos de antiguas legiones pompeyanas que habían cambiado de lealtad, tropas reclutadas recientemente en Italia y contingentes reclutados en la propia provincia.
Longino pidió ayuda. Y la ayuda llegó desde dos direcciones. El rey Bogud de Mauritania envió un tercer ejército, formado por una legión y cohortes auxiliares. Poco después apareció Marco Emilio Lépido, gobernador de la Hispania Citerior, al frente de un cuarto ejército y con intención de mediar. Así se configuró un extraordinario escenario militar alrededor de la ciudad.
Los cálculos de Quesada y sus colaboradores apuntan a que las fuerzas iniciales de sitiadores y sitiados sumaban cinco legiones, a las que posteriormente se incorporaron las tropas de Bogud y las de Lépido. Al final de la campaña, entre 50.000 y 70.000 hombres pudieron concentrarse en los alrededores de Ulia, incluyendo unas nueve legiones y media y tropas auxiliares. No fue, por tanto, una batalla campal de unas pocas horas. Fue una guerra de posiciones.
Los proyectiles cuentan dónde se combatió
Ese es precisamente el valor de la llamada arqueología de los campos de batalla, que aplica Javier Moralejo, una disciplina relativamente reciente que aplica las herramientas de la arqueología convencional a escenarios donde los acontecimientos pudieron desarrollarse durante horas, días o semanas. En lugar de excavar únicamente edificios o estratos superpuestos durante siglos, los investigadores rastrean un territorio mucho más amplio en busca de los pequeños objetos que dejaron miles de combatientes: monedas, tachuelas de las botas, hebillas, elementos de tiendas, puntas de armas, proyectiles de artillería o glandes de plomo utilizados por las tropas de honda.
Así, según Quesada, en Montemayor han aparecido más de 400 proyectiles de honda, además de otros materiales militares. Cada hallazgo se georreferencia con GPS y se incorpora a bases de datos y sistemas de información geográfica con un margen de error inferior, en muchos casos, a un metro. El resultado es una especie de mapa de la batalla construido a partir de objetos que los soldados fueron perdiendo o lanzando hace más de dos milenios.
Uno de los hallazgos más reveladores es la propia distribución de los hallazgos. No aparecen repartidos de forma homogénea. Hay sectores donde se concentran decenas o incluso más de un centenar en una superficie de apenas una hectárea o hectárea y media, mientras que en otros apenas aparecen algunos. Pero hay algo todavía más significativo: algunos proyectiles conservan las huellas del impacto contra estructuras defensivas.
En la zona del Cerro del Molino, alrededor de un 23% de los glandes (proyectiles de plomo o arcilla) aparecen fracturados, aplastados o deformados, frente a porcentajes mucho menores en otros sectores. Para los investigadores, esa diferencia no es casual y podría estar relacionada con disparos contra una muralla o una empalizada, dado que la concentración de proyectiles dañados coincide además con un área en la que habría existido una puerta de entrada a la ciudad. El patrón permite identificar uno de los puntos donde los atacantes golpearon con mayor intensidad las defensas de Ulia.
El mapa arqueológico permite incluso distinguir dos grandes ejes de ataque. Uno se situaría al norte, desde el Cerro de la Horca hacia el entorno del actual cementerio y el Cerro del Molino. El otro se localizaría al sur, en la zona que hoy ocupa la calle Pompeyo. La ciudad íbera estaba entonces encaramada en la parte alta de Montemayor y era considerablemente más pequeña que el municipio actual, por lo que buena parte de aquellos espacios de combate se encuentran hoy cubiertos por viviendas, calles, caminos y carreteras.
Y ahí aparece una de las imágenes más llamativas de esta investigación: todavía hoy, en algunos solares que han quedado libres entre las construcciones modernas, pueden aparecer proyectiles de honda. Bajo el Montemayor contemporáneo permanece, en parte, el paisaje de un asedio de hace más de 2.000 años.
Tecnología LIDAR
El paisaje ofrece otras pistas, aunque aquí los investigadores introducen una importante cautela. El análisis mediante LiDAR —que permite eliminar digitalmente las construcciones modernas y observar las formas del terreno— ha detectado algunas anomalías rectangulares con esquinas redondeadas que recuerdan a la planta de los campamentos militares romanos. Son posibles candidatos para futuras investigaciones. Pero todavía no están confirmados arqueológicamente.
Los propios investigadores plantean varias posibilidades: que sean estructuras antiguas, falsos positivos o zonas donde los soldados recogieron cuidadosamente los objetos y enterraron los desperdicios. La única manera de resolverlo será realizar sondeos sobre el terreno.
Es una de las paradojas de este campo de investigación. Las fuentes permiten saber que allí tuvieron que existir campamentos enormes, algunos de unas 20 hectáreas, pero precisamente esos campamentos son hoy más difíciles de localizar que las pequeñas cosas que dejaron sus ocupantes.
La investigación ha pasado así de una primera fase de prospección a una nueva etapa en la que se plantean excavaciones en puntos concretos de Montemayor. El objetivo ya no es únicamente encontrar objetos aislados, sino localizar y documentar físicamente la muralla de la ciudad íbera y las estructuras relacionadas con la transición hacia la ciudad romana.
Dos campañas, los mismos contendientes
Porque la historia militar de Montemayor no termina en aquella guerra civil dentro de la guerra civil. Apenas tres años después, la zona volvió a convertirse en escenario de la lucha entre los partidarios de César y los hijos de Pompeyo. En el 45 antes de Cristo, Cneo y Sexto Pompeyo habían recuperado el control de Córdoba. César decidió intervenir personalmente y se desplazó hacia la Bética. Ulia volvió a desempeñar un papel estratégico porque era una de las pocas ciudades que había permanecido fiel a César. Sus partidarios se habían atrincherado allí mientras las fuerzas pompeyanas la sometían a presión.
César consiguió socorrer a la guarnición y, a partir de ahí, la campaña se extendió por el territorio cordobés: Ategua, Córdoba, Montemayor y otros enclaves quedaron integrados en una cadena de operaciones que acabaría desembocando en la derrota definitiva de los hijos de Pompeyo en Munda.
La investigación arqueológica intenta ahora seguir ese movimiento sobre el terreno. En Montemayor han aparecido monedas, entre ellas una acuñada durante los años inmediatamente anteriores a la campaña, que ayudan a situar cronológicamente la circulación de tropas. Y el proyecto ha ampliado su radio de acción hacia Montilla para intentar abarcar el conjunto de aquel escenario militar.
Montilla entra en el mapa de la guerra
Este año el equipo ha iniciado un nuevo convenio de investigación con el Ayuntamiento de Montilla. La prospección se ha centrado en el entorno del castillo, donde trabajos recientes habían documentado la existencia de un asentamiento ibérico, y en otros puntos considerados estratégicos para detectar campamentos o movimientos de tropas.
Los primeros indicios son ya de naturaleza inequívocamente militar: un sello de hierro con una imagen posiblemente relacionada con Júpiter, tachuelas de calzado militar y proyectiles de honda del mismo tipo que los documentados en Montemayor. Para Quesada, la conexión resulta especialmente interesante porque los ejércitos que combatieron en la campaña del año 45 eran esencialmente los mismos que habían participado en las operaciones del año anterior.
La investigación comienza a detectar así posibles movimientos de tropas en el entorno de Montilla y los Llanos de Vanda. No significa todavía que se haya identificado allí un campo de batalla concreto ni que estos hallazgos permitan situar definitivamente Munda, pero sí que el territorio empieza a mostrar las huellas materiales de la campaña. Y esa es precisamente una de las grandes preguntas que persigue el proyecto.
¿Dónde estuvo Munda?
La ubicación de Munda continúa abierta. Existen diferentes propuestas, con sectores al sur de Montemayor y en el entorno de Montilla, por un lado, y otras posibilidades hacia el suroeste, en dirección a Écija. La arqueología ha localizado en distintos puntos grandes concentraciones de proyectiles, armas y otros materiales militares, pero las fuentes literarias no ofrecen coordenadas suficientemente precisas como para resolver por sí solas el problema.
Quesada introduce además una cautela fundamental: la ausencia de un episodio en las fuentes no significa que no sucediera. Los autores antiguos seleccionaban qué acontecimientos contar y cuáles omitir. La arqueología puede, por tanto, hacer algo que los textos no pueden: encontrar batallas, escaramuzas, campamentos o movimientos de tropas que nunca fueron narrados.
Es lo que permite reconstruir el proyecto cuando sigue las huellas de los soldados por la Campiña. Miles de hombres desplazándose por un territorio relativamente reducido dejaron monedas, tachuelas, proyectiles y otros objetos que hoy funcionan como diminutos marcadores arqueológicos de aquella campaña. Por eso localizar Munda no es únicamente encontrar un lugar con muchas armas. Hay que distinguir entre los materiales correspondientes a una batalla concreta y los que pueden proceder del movimiento de los ejércitos durante semanas o meses. La propia magnitud de la campaña —con decenas de miles de soldados desplazándose entre Córdoba, Ategua, Montemayor y Montilla hace que la respuesta definitiva requiera todavía mucho trabajo.
La guerra que cambió para siempre el paisaje ibérico
La investigación de Montemayor y Montilla forma parte, en realidad, de una historia mucho más larga, sobre cómo la conquista romana transformó las sociedades íberas de la Campiña y la Subbética. En el Cerro de la Merced, en Cabra, los investigadores documentaron la destrucción sistemática, a finales del siglo III o comienzos del II antes de Cristo, de un complejo aristocrático asociado a un caudillo ibérico. Unas décadas después, el Cerro de la Cruz, en Almedinilla, sufrió un episodio todavía más violento: incendio, edificios derrumbados y cadáveres con signos de muerte violenta y, en algunos casos, mutilación.
Montemayor representa otro momento de esa transformación. Primero aparece como uno de los grandes centros del mundo íbero, como demuestra el carro hallado en su necrópolis. Después se convierte en escenario de la lucha entre los propios romanos, precisamente cuando aquel mundo íbero está entrando en su fase final. Y después de la victoria de César llega la transformación política definitiva.
Ulia se convierte en una ciudad especialmente favorecida por haber permanecido fiel a César y terminará integrándose plenamente en el sistema romano. El monte que domina la Campiña acabará ocultando bajo el municipio actual las huellas de una ciudad íbera, una ciudad romana y, entre ambas, los restos de algunos de los episodios militares más intensos de las guerras civiles romanas.
El trabajo de este verano en Montilla y Montemayor, por tanto, no es una excavación aislada, sino de un proyecto que lleva años siguiendo el mismo proceso histórico en distintos puntos de Córdoba: del esplendor íbero a la conquista, de la conquista a la romanización y, en el caso de Montemayor, de una ciudad sometida al asedio a uno de los escenarios de las campañas que terminaron llevando a César hasta Munda.
Bajo los olivares y las tierras de cultivo de la Campiña quedan todavía muchos de aquellos pequeños objetos que sobrevivieron a la batalla. Una tachuela de una bota. Un proyectil de plomo. Una moneda perdida por un soldado. Un sello militar. Cada uno ocupa hoy un punto preciso sobre el mapa. Juntos empiezan a reconstruir la geografía de una guerra sangrienta que los textos contaron hace más de dos mil años, pero cuyas huellas hay que buscar debajo de la tierra fértil y arcillosa de la Campiña cordobesa.
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