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Los años cordobeses de Víctor Coyote: dos discos y un proyecto inacabado junto a Rakel Winchester

Victor Coyote

Juan Velasco

14 de agosto de 2026 19:49 h

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Para cuando Víctor Coyote comenzó a bajar a Córdoba a grabar llevaba seis años sin publicar un disco. No era raro en él que dejara pasar tiempo entre grabación y grabación, puesto que siempre compaginó la música con su trabajo artístico y de diseño. Era el año 2010 y fue una amiga común la que planteó que las canciones que tenía maquetadas podrían gustarle al músico Fernando Vacas, que, en aquel momento, vivía una etapa creativa de enorme actividad, en parte gracias al éxito que cosechaba su sello Eureka, convertido en una de las referencias de la escena independiente española.

Aquella mujer, Estela Aparici, fue la que medió para que Víctor Coyote, que ha muerto este jueves en Segovia, acabara grabando en Córdoba dos discos seguidos. Dos trabajos en los que recuperó buena parte del sonido que hizo despegar su carrera hace cuarenta años, cuando Los Coyotes se convirtieron en pioneros en mezclar rock y géneros hispanoamericanos. Fernando Vacas coge el teléfono con la pena filtrándose aún a través de su voz. “Todavía lo estoy asimilando”, suelta el músico y productor, que comparte sus recuerdos de aquellos años en los que Víctor Coyote decidió confiar en su toque para grabar y publicar su música.

Cuenta el productor cordobés que, efectivamente, el músico gallego tenía en aquel momento un disco a medio grabar y las ganas de volver a publicar. Que escuchó aquellas primeras grabaciones y tuvo claro que necesitaban otro tratamiento. “Le dije que estaba bien, pero que eso no se podía sacar así y que había que producirlo bien”, recuerda. La respuesta de Coyote fue inmediata: “Me pongo en tus manos”.

Así comenzó la relación de Víctor Coyote con Eureka y con el estudio de Vacas, situado en la calle El Juramento. El primer resultado fue Dos años luz y cuarto, publicado en 2011. El segundo, De pueblo y río, llegó tres años después, y contó también con la participación de Pablo Novoa, que compartió con Vacas las labores de producción.

Del glam folk al crooner de pueblo

La propia hoja promocional de Dos años luz y cuarto resumía bien el espíritu de aquella etapa: “Víctor Coyote no hace muchos estilos, hace uno solo que es el de Víctor Coyote”. El propio artista había definido su música como glam folk, pero aquella etiqueta apenas alcanzaba a contener una trayectoria que había pasado por el rockabilly, por la música electrónica y por los sonidos y las músicas latinoamericanas.

Coyote había sido, desde los primeros tiempos de Los Coyotes, uno de los músicos españoles más atentos a los ritmos que llegaban del otro lado del Atlántico. “Fue muy pionero en mirar más allá del Atlántico. Fue de los primeros que hizo caso a ritmos caribeños y a todo el rollo este del folclore hispanoamericano. Después ya llegaron Radio Futura”, explica Vacas, que añade que una de las grandes virtudes del músico gallego era, precisamente, la ausencia de prejuicios.

La guitarra, no obstante, era lo que los unía. “Era un guitarrista muy muy bueno”, comenta sobre unos años en los que Coyote retomó su mirada a los primeros sonidos de Los Coyotes. Víctor había cambiado de registro muchas veces a lo largo de su carrera, pero en estos dos LP regresó de alguna manera a aquella mezcla de rock, folk y pop con músicas latinoamericanas que había caracterizado sus comienzos. Con matices, claro: tras un primer trabajo juntos era más rockero, el segundo sí que se ahondó en aquella idea primigenia.

Con De pueblo y río, publicado en 2014 y presentado como el trabajo de un “crooner de pueblo”, el músico recorrió a su manera repertorios y geografías que iban desde el sur de Italia hasta el norte de Portugal y desde Brasil hasta el sur de Estados Unidos, pasando por Grecia o Venezuela. Trece canciones populares reinterpretadas con su particular personalidad y con una instrumentación deliberadamente contenida.

“El que hubiera pocos instrumentos estaba claro desde el principio”, explicó Coyote entonces. El motivo era también práctico: estaba cansado de pedir a músicos que trabajasen gratis en sus discos y, además, había que hacer un álbum barato. La grabación se realizó fundamentalmente en analógico, aunque también se recurrió al digital, y buscó una sonoridad natural. “No me gusta hablar de si los discos suenan bien o mal; la clave está en adecuar el sonido al material”, defendía.

En esa tarea tuvo un papel fundamental Pablo Novoa. “En esa labor de producción Pablo Novoa ha hecho un gran trabajo”, reconocía Coyote. Vacas también recuerda aquella colaboración con especial cariño: “Hicimos un disco muy, muy guapo”.

Víctor Coyote, en una imagen de archivo.

Los conciertos en el Automático y un proyecto inacabado

La relación entre Coyote y Córdoba no se limitó al estudio. Vacas recuerda especialmente un concierto en el Automático, donde intentaron incorporar al repertorio un toque flamenco. Invitaron a Lin Cortés para participar en el concierto y la noche terminó prolongándose más de lo previsto. Porque, entre conciertos y sesiones de grabación, también hubo tiempo para salir, compartir noches y conocer a otros músicos de la escena cordobesa.

Uno de aquellos encuentros tuvo como protagonista a Rakel Winchester, que llegó a hacerle unos coros en la canción Verbenita, y con la que ideó un proyecto que nunca llegó a materializarse: un disco de rancheras para la artista cordobesa. “Fue una idea que se quedó en el aire”, recuerda Vacas, que cree recordar que llegó a haber canciones escritas, aunque el proyecto nunca terminó de arrancar. “Nunca se llegó a hacer porque yo no tuve tiempo”, admite el productor. “Así de triste y así de gilipollas”, añade con la franqueza que atraviesa toda su memoria de aquellos años.

Rakel Winchester, fiel a su estilo, le quita hierro al asunto. “Yo creo que me pilló en el momento en el que le cogí tirria a la música”, dice la cantante, que reconoce que la muerte de Víctor Coyote, al que considera su amor platónico desde pequeña, le ha afectado más de lo que esperaba. Hace memoria la cantante y para hablar de Víctor se va incluso antes de la etapa cordobesa.

“Cuando publiqué mi primer libro, mi editor ya quiso que en la presentación en Madrid pusiera música de Víctor Coyote. Y, claro, me sorprendió porque yo siempre lo había amado, pero yo no veía, como sí que han visto otras personas, esa afinidad entre Víctor y yo”, relata. Años después llegaron los discos en Eureka y esos coros suyos que Coyote metió en Verbenita y que, para Winchester, constituyen un punto álgido de su vida. “Para mí fue algo a la altura de cuando tuve la suerte cantar con El Drogas”, confiesa.

Y sí, Coyote y ella hablaron en aquellos días de un disco de rancheras que nunca se hizo. La cantante reconoce que podría haber sido algo único, aunque prefiere quedarse con la amistad y el contacto que surgió entre ellos a partir de aquella etapa. Este jueves, sin embargo, tuvo que aceptar que no habría más mensajes contestados. “Me ha sentado fatal y lo he sentido muchísimo más de lo que esperaba. Me puse a llorar al instante y eso que yo tardo siempre en asimilar las muertes”, afirma la artista.

Un gallego muy cordobés

Víctor Coyote dejó en Córdoba algo más que sus grabaciones. Vacas recuerda a un artista con un enorme sentido del humor, “muy serio y con mucho sentido del humor a la vez”, una combinación que, a su juicio, lo convertía en perfecto cordobés. También destaca su otra faceta artística. Coyote era diseñador gráfico, pintor, realizador de videoclips y escritor, además de músico. Su trabajo visual estaba estrechamente relacionado con su actividad musical. Y llegó a encargarse de la portada y el diseño de algunos discos más de Eureka. “Nos dio mucho, con muy buen gusto. Era un gran artista”.

La relación se mantuvo con el paso de los años, incluso cuando Eureka dejó de tener capacidad para continuar publicando discos de otros artistas. La industria musical estaba cambiando y la crisis hacía cada vez más difícil mantener determinadas aventuras discográficas. El productor recuerda que Coyote trabajaba mucho y que siempre se buscaba la vida, pero que los cambios de la industria musical habían hecho cada vez más difícil la supervivencia de artistas de su generación.

Cuando recientemente se preparó un recopilatorio que reunía los grandes temas de sus últimos veinte años, Vacas recibió una llamada para pedirle cuatro o cinco canciones procedentes de aquellos dos discos grabados con Eureka. “Se los cedí del tirón”, recuerda. Ahora, después de su muerte, aquellos dos discos cordobeses vuelven a adquirir otra dimensión.

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