ENTREVISTA

Antonio Manuel narra la primera revolución popular de Occidente: “Al Andalus es la epifanía de la historia”

Antonio Manuel presenta su nuevo libro 'La luz que fuimos'

A Antonio Manuel le han regalado un puñado de llaveros de Andalucía con una inscripción de unos versos suyos (incluidos en el disco de A Palos). Se los han traído desde La Carlota. El portador se confesaba enamorado del verbo y el discurso de este profesor, activista y escritor, una de las firmas más relevantes del andalucismo cultural, autor de ensayos polémicos y ultraleídos como La huella morisca o Arqueología de lo jondo, y que acaba de publicar La luz que fuimos, su nueva novela, que, al igual que los citados títulos, ha publicado la editorial Almuzara.

El escritor se tiene que refugiar con el periodista en una escalera para evitar interrupciones y peticiones de firma. Faltan 20 minutos para que presente su último libro en Córdoba capital, donde hablará ante una sala atestada de personas sobre el contexto histórico en el que ha ambientado la novela: la Córdoba del año 1009, cuando se produjo la primera revolución popular de la Península Ibérica (y de Europa), que llegó a deponer al poder instaurado para sustituirlo por una especie de gobierno popular que acabó desembocando en una guerra civil. Todo muy contemporáneo pero narrado, eso sí, desde la ficción, sin apartar la mirada del presente.

Una novela que se inscribe perfectamente en el universo literario y personal de un autor que, antes de empezar a hablar, le regala uno de los llaveros al periodista. Este, por su parte, antes de empezar a escribir, rebusca y encuentra un titular que dio el escritor en una entrevista hace nueve años y que hoy, a las puertas de unas nuevas elecciones andaluzas, parece un presagio. Como aquella revuelta popular que enciende los ojos de Antonio Manuel al recordarla.

Novela histórica es un oxímoron. Es imposible hacer historia desde una novela

PREGUNTA. Vuelves a un universo conocido, aunque desde un prisma distinto: la novela histórica.

RESPUESTA. Novela histórica es un oxímoron. Es imposible hacer historia desde una novela. En una novela histórica siempre hay ficción. Lo que yo he intentado es reflexionar sobre la búsqueda utopías, lo que supone perderlas, lo que suponen las traiciones en esta búsqueda, las causas que la provocan. Y yo creo que en eso no hay mucha diferencia, entre la revolución popular del 1009 en Córdoba con lo que debería estar ocurriendo ahora.

P. Cuéntame más de esa desconocida revolución.

Es imperdonable que Córdoba no sepa que cuando era capital del mundo, aquí tuvo lugar la primera revolución popular de Occidente, que condiciona, no ya la historia de Córdoba -que es la Nueva York del siglo XI-, sino la historia de la Península Ibérica y yo me atrevo a decir que la historia de la humanidad. Porque, frente a la tiranía de los descendientes de Almanzor, cuando uno de ellos se proclama califa, el pueblo, que es esa amalgama caleidoscópica de gente y de clases, pero siempre dividido entre los vulnerables y los poderosos y los interesados en alcanzar el poder, acaban destruyendo el símbolo de esa tiranía, que es Medina Alzahira. Hasta tal punto llegó la devastación que hoy no sabemos donde estaba aquella ciudad. Así que el pueblo acaba deponiendo a un califa para poner en el gobierno a panaderos, a carboneros… fue una verdadera rebelión popular con un ejército popular.

P. Que tuvo consecuencias.

R. Efectivamente. La reacción a esta primera rebelión popular fue la primera gran guerra civil peninsular. Porque esto se ha estudiado siempre como una fitna entre árabes, como una fitna entre musulmanes. Porque a las dos partes de la historiografía le ha interesado. Tanto a la nacionalcatólica le ha interesado que se piense que son otros los que se pelean, como a la historiografía oficial árabe, que sigue interesada en que sea una historia de árabes y musulmanes. Pero, en realidad, fue una historia de una guerra civil de la península, porque el pueblo pidió ayuda a aragoneses, a navarros y a los condes de Barcelona y de Urgel. Y los tiranos pidieron ayuda a Castilla y a los mercenarios beréberes y sudaneses. O sea, fue una guerra civil en toda regla en la que, como siempre, perdemos los mismos.

P. Frente al mito de la convivencia pacífica de culturas, que tiene más de mito que de realidad, lo que sí parece constante e inmutable es la realidad de una lucha de clases. Eso sí que estaba ahí, en aquella metrópolis de su época.

R. Es que no se puede embutir la historia de Al Andalus, que son ocho siglos, en una caja de zapatos. ¿Es que acaso hay una convivencia pacífica en occidente entre 1900 y 1950? En ese tiempo se desarrollan dos guerras mundiales, dictaduras, guerras civiles… Pues evidentemente en ocho siglos de Al Andalus pasó mucho. Y no es un mito, en efecto convivieron personas de distintas razas y religiones. Pero en Al Andalus convivieron exactamente igual que en otros periodos de la historia en los que ha habido guerras y conatos. Pero convivir, convivieron. El problema del mito es su idealización. Lo que no podemos es idealizar lo que ocurrió. Pero caemos en un error cuando, al llamarlo mito, lo demonizamos. O sea, lo que tenemos que hacer es normalizarlo y naturalizarlo. Al Andalus es la historia de Córdoba y, probablemente, sea la epifanía de la historia de Córdoba. Es decir, si Córdoba es un sustrato civilizatorio, a mí no me cabe la menor duda de que, después de la bética, después la bizantina, Al Andalus es la Córdoba de mayor esplendor y que allí convivieron gentes de distinta raza, de distinta religiones y de diferentes condiciones económicas. Y ahí sí es verdad, eso ha existido siempre. Pero no neguemos la realidad mordiendo el anzuelo de quienes lo llaman mito. 

P. Es que creo que la convivencia humana suele ser muy poco pacífica.

R. Claro. Es que me parece increíble que los que niegan la convivencia sean los que han estado matando, batallando y persiguiendo constantemente hasta hoy, porque va en la naturaleza del ser humano. Es que en los primeros capítulos del principal vademecum espiritual, que es la Biblia, un hermano mata a otro. Una cosa es eso y otra que neguemos que judíos, cristianos, musulmanes, no creyentes, beréberes, sudaneses, mujeres convivían en Al Andalus. Eso fue así, eso fue una realidad.

Todos los libros de lengua y literatura española deberían empezar con 'El collar de la paloma' de Ibn Hazm

P. De hecho, en esta novela te pones en los ojos de ellas. No es muy común en las ficciones sobre Al Andalus dar la voz a las mujeres, y eso que, al contrario de lo se piensa, tenían un papel muy activo. 

R. Tienes razón. Si miras las diferentes visiones sobre las épocas históricas, son siempre hombres. No sólo en Al Andalus. Según quién cuente la historia aparecen moros con cimitarra. Yo lo que hago es quitar el velo a una doble invisibilidad. Por un lado, el Al Andalus que sigue en el diván de nuestra historia en un periodo que no es menor -hablamos de cómo Córdoba realiza un engranaje social casi en una asamblea y consigue derrocar a un califa-; y, por otro lado, a las mujeres de Al Andalus. Porque, si ya están olvidadas las mujeres en general y Al Andalus está olvidado, las mujeres de Al Andalus están en el fondo del trastero.

Pero es que, en el resto de Europa, no existía lo que pasaba aquí. Aquí, fíjate que no tanto la nobleza, sino en el pueblo llano, muchas mujeres eran libres, oficios desarrollaban de toda índole, las mujeres, esclavizadas es cierto, eran las que ensañaba a leer, las que enseñaban a escribir, las que traducían, las que escribían poemas, las que sabían tocar el laúd, venían extranjeros a Córdoba a que les enseñasen a tocar los instrumentos que habían aprendido con Ziryab. Pero es que, además, las regentes, las madres de los califas, eran las que realmente detentaban el poder. Y tienes razón: yo he colocado la cámara ahí. La luz que fuimos es una novela en la que las cronistas son las mujeres.

P. Entonces, como ahora, eran guardianas de la cultura.

R. Yo es que creo que lo han sido siempre: Las verdaderas transmisoras de las culturas más perseguidas han sido las mujeres. Han sido ellas quienes, en muchas ocasiones, lo resguardaron en los ámbitos más privados, en los más íntimos, en las casas, y eso es lo que han hecho siempre. Lo hicieron en Al Andalus, lo hicieron después de Al Andalus y lo siguen haciendo ahora. Porque, si el ámbito íntimo, el privado, si la red de los cuidados estaba atribuida a las mujeres, las cadenas de los secretos, las cadenas de los saberes más inaccesibles las tenían ellas. Tú no puedes encerrar en la cárcel la manera de regar una clavelino, ni puedes enclaustrar la manera de hacer un dulce. Eso lo han mantenido ellas de generación en generación. 

Las verdaderas transmisoras de las culturas más perseguidas han sido las mujeres

P. Otra cuestión clave del libro es esa obra gigante, muy poco reivindicada, y española, El collar de la Paloma, que cumple mil años y que definió la poesía de su época. 

R. Es que todos los libros de lengua y literatura española deberían empezar con El collar de la paloma de Ibn Hazm. Es una obra mayúscula, el mayor tratado de amor jamás escrito en la península por uno de los intelectuales más desconocidos. Porque a Ibn Hazm lo que le pasó es que, además de escritor, jurista, astrónomo… fue un activista político. Y los activistas tienen el baldón ignominioso de ser perseguidos siempre por los de su época, y tiene que pasar mucho tiempo para que al final se les reivindique y se les de la razón.El fue un legitimista omeya que defendió la restauración del régimen de los omeyas cuando llegaron los diferentes tiranos. Llegó a ser visir en el 1023, cuando se nombró al califa entre tres candidatos por el pueblo en el Patio de la Mezquita de Córdoba, en una lección democrática. Es verdad que se cumplen mil años desde que escribiera El collar de la paloma, en Xativa, en el destierro, después de que tuviera que salir de Córdoba.

P. ¿Qué papel tiene en tu libro?

R. He hecho como un ejercicio de reivindicación de alguien fundamental en la historia de Córdoba. Tú piensa que, cuando haces un repaso de las grandes estatuas que tenemos en Córdoba, está Osio, está Séneca, está Averroes y está Ibn Hazm. Ibn Hazm no es un intelectual cualquiera, estamos hablando de alguien que es uno de los más grandes intelectuales de Córdoba, y yo he querido rendirle tributo. La novela empieza con el nacimiento de Ibn Hazm y la protagonista de la novela se llama La Paloma, que es un personaje revolucionario.

P. El amor es la otra constante.

R. Para mí es una metáfora esencial. Tú piensa que hoy podemos disfrutar todavía de Medina Azahara. Y eso que Medina Azahara fue devastada también por la guerra, pero sobrevive. Y sobrevive porque fue construida por el amor. Aunque sea una metáfora simbólica, pero Medina Alzahira fue construida por un tirano, por la ambición, por el odio. Y de ella no queda ni el olvido. Así que sí, el amor es una reivindicación constante en todas mis novelas porque, al final, el poso que quiero transmitir es el de la victoria. Porque, a pesar de la derrota aparente, merece la pena luchar por las utopías. En realidad perder es dejar de luchar.

En realidad perder es dejar de luchar

P. No sé si lo has hecho adrede, pero coincide la salida del libro con las declaraciones de la presidenta de Madrid desdeñando Al Andalus como si no fuera parte de la historia de España. 

R. Evidentemente no está hecho adrede. Es ella y todo su entorno ideológico los que hacen algo así. Díaz Ayuso sabe perfectamente que Al Andalus forma parte de la historia de la península. Reivindicar la palabra España es un presentismo que sólo sirve para que ellos lo sepan, porque lo que ha habido es la historia peninsular. No existía España durante la época romana, ni existía España durante hispánica visigoda ni mucho menos con la historia bizantina. Pero insisto: yo no tengo nada que ver, son ellos, que buscan generar una respuesta. Y nuestra respuesta tiene que estar fundada en la razón y en el respeto. Si quieren lanzar un mensaje de odio, nuestra respuesta debe ser el amor. Si quieren lanzar un mensaje de ignorancia, nuestra respuesta debe ser la razón. Y si ellos lo que quieren es abrasar nuestra cultura, nosotros lo que debemos es abrazarlos para hacerles entender que nosotros, al menos, no entendemos de otros.

P. Aquí en Córdoba hay ahora otro movimiento que intenta situar a la Córdoba preislámica como una ciudad esplendorosa. 

R. Y me parece muy bien. Los que nos consideramos andaluces porque entendemos que Andalucía es un palimpsesto de culturas no podemos negar ningún sustrato. A mí me parece fantástico que se haga una cata arqueológica y aparezcan todos. A mí lo que me parece increíble es que cuando sacas todos los sustratos de repente haya una burbuja de vacío y que además se corresponda con el periodo más longevo porque algo no encaja. Eso lo primero. Porque luego haya otra cosa. Esta España perdida es de la que se aprovechan económicamente en la Mezquita, en la Giralda, en la Alhambra… Y, si no existió, no existió para nadie ni para nada. Lo que no puede ser es andar negando que las huellas más importantes todavía son hoy las andalusíes. 

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