Patio C/ San Basilio, 40

Filas interminables, los visitantes esperan al sol, algunos se mueven para buscar una sombra, otros piden una botella de agua fresca, algunos un paraguas parasol, otros ondean los abanicos. Encontramos un puesto de bebidas frescas. Estamos, por supuesto, en la calle San Basilio, la que, normalmente, durante el año es una de las calles más tranquilas y apacibles pero que, en la fiesta de los Patios, se convierte en el eje del turismo.

Logro entrar al patio del número 22 de esta calle. Observo los muros cubiertos con 500 macetas verdes de geranios, el pequeño pórtico que lo rodea y algunos elementos barrocos. 

Sigo la ruta por la misma calle. ''Tú no eres la tele, no tienes que entrevistarme, no tiene sentido para mí hacerte saltar la cola'', es la respuesta de uno de los dueños de un patio. No era por el calor, ni siquiera por la paciencia. La intención era optimizar los tiempos para dar espacio a más patios en este repotaje. ¿Qué ventajas tienen las cámaras y las palabras de los dueños? ¿Existe una jerarquía en el arte de la narración?

Me dirijo hacia la calle Duertas 2: el jardín jalonado por azulejos con las palabras 'PATIO', la propietaria Isabel Luque recibe a los visitantes, quienes le piden información sobre de qué se trata esa planta o aquella: se la disputan las lobelias y la flor de la bruja. Las margaritas al pie de la gran escalera, un pequeño rincón verde esconde una fuente. Hay menta, romero, albahaca.

Llego a la calle Martín de Roa, la cola para entrar en los números 7 y 9 sigue por la Plaza de Manuel Garrido Morena. Los turistas preguntan si pueden hacerse una foto con la emblemática estatua de bronce del abuelo que ayuda al niño a llegar a los maceteros de flores en la pared. En una misma fila, visitantes que vienen de Asturias, los de Huelva, Málaga y Madrid.

El guía recomienda no tocar las flores, solo olerlas, enfatizando que 'la cultura cordobesa es el patio, y no las flores'. A la izquierda, el patio de la calle Martín de Roa número 7 y a la derecha, el número 9. El primero, repleto de gitanillas y geranios, una buganvilla da sombra, un pozo medieval se asienta sobre el suelo de chinos. Juan Collado, el artista, fuma un cigarro, y sonríe al ver a los emocionados visitantes. Uno de ellos empieza a aplaudir, grita: 'Precioso, Juan', y luego todos los demás. A la derecha, en el patio de 'El Langosta', los maceteros se amontonan unos junto a otros, colgados de las paredes, y creando una verdadera obra de arte de gitanillas, pericones y alegrías guineanas.

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