Patio C/ Judíos, 6

Las calles estrechas, las casas blancas, las numerosas tiendas de souvenirs bordean los callejones, abanicos, mantones flamencos colgandos de las terrazas. Los camareros corretean con bandejas llenas de bebidas y en sus manos unos platos de flamenquín recién escurridos del aceite hirviendo. La Puerta de Almodóvar señala oficialmente la entrada al barrio de La Judería.

Inmediatamente a la derecha, llego a Calle Judíos, número 1: Desde 1967, año de su matrimonio, Basilia Bolaño se ha mudado allí, en el patio que alberga la fuente en forma de estrella con interiores azules, una pequeña sirena de piedra se posa sobre las verdes plantas. Las macetas cuelgan en filas ordenadas, cubriendo las paredes, coloreándolas de rosa, de rojo y, a veces, de blanco. Ahora Basilia vive sola, cuida el patio con su hija: le da mucha alegría.

Sigo hasta uno de los callejones que conduce a la Mezquita, es la Calle Céspedes. En el número 10 se entra por el zaguán, un pequeño pasillo que conecta las ruidosas callejuelas con el silencio doméstico, habitualmente oscuro y fresco, para llegar otra vez a la luz del patio: al pie, un tablero de ajedrez, sí, porqué el suelo está dividido en baldosas blancas y negras. Rosario Torrealba, la propietaria, vive allí con sus hermanos. Un gran rododendro da sombra a las begonias, a los helechos y a las hortensias. Rosario, ¿cómo es ser dueña de un patio? ¿Se despierta por la mañana y cómo se siente?, le pregunto. Ella sonríe y responde que él le da vida, y sobretodo recuerdos, vive en esa casa desde que era pequeña. Busca la atención de los visitantes y les pregunta si pueden acercarse a ella: ''Aquí, miren, aquí hay una vista especial: se puede ver la torre de la Catedral''.

Paso por la Plaza de Jerónimo Páez y llego a la calle Julio Romero de Torres, número 15. Un pasillo de paredes azules y piedras vistas conduce a un pequeño patio: escondido, secreto, fresco. Una gran higuera se eleva al pie de una fuente en forma de estrella. El salón de la propietaria da al patio, ella está cenando.

Un poco más adelante, se llega al patio en calle Maese Luis, número 9: un edificio de colores suaves, amarillo y blanco, luminoso y rodeado de azulejos andaluces. Una gran fuente de mármol blanco brilla en el centro del patio. Un turista pregunta al guía para qué servía este espacio: ’’Para reunirse los domingos, todos juntos’’, contesta. Un lugar especial para quienes lo habitan, en parte por razones climáticas -sin duda facilita el intercambio de aire frente al calor cordobés-, en parte por razones sociales: el patio es ciertamente un lugar de encuentro, descanso, placer familiar y vecinal.

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