In Situ

Cerro Muriano: el invierno de la normalidad

Elena Lázaro / Ilustración: Rafael Obrero


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Hay en los olores de las mañanas de invierno una mezcla tan compleja de matices que si mirásemos las conexiones neuronales provocadas por nuestro olfato estoy segura de que nos sorprendería tanta actividad en la que presuntamente es la estación más aletargada del año. Las chimeneas, el suelo mojado por el rocío, el café, el frío (porque el frío huele) van abriéndose camino entre -digámoslo- los mocos directos al nervio olfativo para provocar un batiburrillo de sensaciones, que en mi caso caminan desde la nostalgia hasta una preocupante, eufórica y artificial ansia por vivir. Digo bien, preocupante, porque lo natural a estas alturas del año es hibernar, olvidarse del mundo y esperar la primavera. Pero no, eso no pasa si vives en una ciudad en la que, a poco que te despistes, acabas metida en mitad del monte.

Esta mañana, las legañas y el tufillo a invierno me han llevado sin darme cuenta hasta uno de los extremos de la ciudad: Cerro Muriano, la barriada frontera que separa Córdoba de Obejo. En la Plaza de Morriones he terminado de aliñar el aroma invernal con el olor de la churrería de las dos Anas. Cincuenta años de ruedas y aceite resumidas en euro y cuarenta por dos jeringos atados a un junco.

Los hemos devorado intentando no dejar huella en los pinceles y el cuaderno donde tomo mis notas. El sabor de la sierra al que sólo le ha faltado el café, pero ¿dónde acudir? ¿al Casinito de Obejo o al Equis en la misma frontera con Córdoba? Resulta complicado decidir. La Ciudad in situ nos obliga a mantenernos dentro del perímetro de Córdoba, pero, he terminado perdida entre las callejuelas, oliendo, mirando, oyendo, tocando y saboreando el límite de Obejo. Quizás se acerque el momento de retratar la provincia in situ.

Mientras regreso oigo de fondo los disparos del campo de tiro de la base militar. Son la prueba de que la barriada sigue siendo trinchera. Tengo que creer a mi oído porque mi vista está cegada por la niebla de la mañana, que a ratos se disipa dejando intuir la sierra y a ratos se espesa reforzando el misterio de un territorio mitificado por las leicas de Gerda Taro y Endre Friedmann, la pareja de fotorreporteros tras el pseudónimo de Robert Capa.

Pero esta mañana nada recuerda al pasado. Esta mañana cercana a la Navidad todo el mundo parece haberse dejado llevar por una preocupante ansia de vivir. En la puerta del centro de menores, un trabajador social bromea con uno de los jóvenes: “cuando llegaste no levantabas dos palmos, pero aunque has crecido sigues igual de plasta”. Ambos ríen. En la puerta del colegio, una maestra reclama el abrazo de un alumno: “que no nos vamos a ver tres semanas”, argumenta. En el supermercado, Mariví exhibe su décimo de lotería: “este año cae el gordo seguro”.

Hoy, el invierno suena, huele y sabe a invierno. No es nostalgia, es la certeza de la normalidad.

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