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Lista 4 (I)

Ángel Munárriz

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Diez relatos falaces sobre la crisis:

1) Salir de la crisis. Mola la idea, ¿eh? Salir de la crisis. Y es fácil de entender, además. Digamos que la economía es un avión. No, mejor: la economía es una nave interplanetaria que va surcando el universo cuando, de repente, entra en una zona de turbulencias. Eso es la crisis. Estamos ahí metidos, zarandeados, agitados por una tormenta estelar de origen desconocido. Pero saldremos. Enderezaremos la nave y saldremos. Saldremos de la crisis exactamente a la misma velocidad y con el mismo rumbo anteriores. Hay que tener esperanza, apretarse los cinturones y rezar. Y saldremos. Y todo el mundo volverá a construir chalés en la costa, y los ayuntamientos se pondrán otra vez a recalificar como si no hubiera mañana, y España volverá a liderar el consumo mundial de farlopa per cápita, y tendremos al fin dos aeropuertos y un circuito de Fórmula 1 por provincia. Claro que sí, retomaremos el camino. Saldremos de la crisis, todo volverá a ser como antes de esa maldita nube de polvo interestelar. En 2008 contábamos que saldríamos en 2009, en 2009 contábamos que saldríamos en 2010, en 2010 contábamos que saldríamos en 2011, en 2011 contábamos que saldríamos en 2012 y este año contamos que saldremos entre 2013 y 2014, que la gente no es tonta. Qué gran sintagma: la salida de la crisis. La crisis como túnel, al final del cual ya se adivina, con un pelín de imaginación, una luz. Otro gran relato es ése del túnel. Y el del paréntesis. La crisis como paréntesis, como Kit-Kat, como interludio, como anécdota, como sobresalto, como renglón intrascendente en la gran novela del capitalismo. ¡Claro que estamos en el fin de la historia de Fukuyama!, ¡¡esto es sólo el típico guiño humorístico del epílogo!! Qué buen rollo da eso de salir de la crisis. ¿Quién no querría salir de la crisis? Nadie. Nadie, claro, salvo aquellos que crean que esto no es una crisis, sino un timo, una estafa. O incluso una guerra. Y claro, de las guerras no se sale. Las guerras se ganan o se pierden.

2) Pedir el rescate. De toda la vida de dios, ¿quién ha pedido un rescate? El secuestrador, ¿no? Los malos, ¿no? Veamos un típico secuestro de cine. Unos encapuchados trincan por la calle a la hija de un ricachón, la meten en un furgón, se la llevan a una casona apartada de la ciudad con los ojos vendados, la atan a la cama, a lo mejor la magrean un poquillo, en la banda de secuestradores hay un payasete un poco torpe que cabrea al jefe... Lo típico. Pues bien, luego el jefe de la banda se pone un trapo en la boca, llama a su padre (al de la secuestrada, me refiero) y le pide un rescate. Lo repito, porque es clave. Los secuestradores piden el rescate. Es decir, piden dinero a cambio de soltar a la secuestrada, normalmente en un descampado y a cambio de un maletín lleno de billetes sin marcar. ¿Se entiende el procedimiento? Resumiendo: el secuestrador pide dinero al rico para liberar al rehén. Pero he aquí que ha llegado un nuevo tipo de relato sobre el rescate, habiéndose instalado en la opinión pública una pregunta: ¿España pedirá el rescate? O: ¿Cuándo pedirá España el rescate? Y mi pregunta es: ¿A quién coño tenemos nosotros secuestrado? A nadie. España no tiene a nadie secuestrado. España no es secuestradora, es rehén. Es rehén de sus deudores, que son los que nos tienen secuestrados, o cogidos por los huevos. Estos secuestradores serían los que tendrían que pedir un rescate al rico, es decir, al Banco Central Europeo, a Alemania. “Oiga, déme usted tanto y suelto al rehén”, sería más o menos el trato. Pero no lo hacen porque cada día que mantienen a su rehén amarrado a la cama con los ojos vendados sube el valor del rehén. No tienen prisa por cobrar, porque saben que van a cobrar. Así que sólo están dispuestos a abrir la mano si se produce la humillación suprema para su víctima: que sea el propio rehén el que pida al rico que lo rescate. Ojo, ¡no pedimos el rescate!, ¡¡pedimos ser rescatados!! Es como si fuera la hija del ricachón la que tuviera que llamar a casa porque cada vez que su padre y su secuestrador hablan, en vez de hablar del rescate, se lían hablando del tiempo y del partido del domingo y se olvidan de la pobre niña. Nuestra situación es igualmente jodida. Nuestro secuestrador, el secuestrador de España, nos permite ponernos un segundo al teléfono y balbucir: “Por el amor de dios, sáquenme de aquí, hagan lo que sea”. Así que España no pide un rescate, pide que por favor le suelten los huevos. Claro que no es precisamente un rescate de cuento de hadas lo que nos espera, porque el rico, o (por llevarlo al cuento de hadas) el príncipe que debe venir a sacarnos del cautiverio no es demasiado romántico y más bien le ha resbalado escuchar nuestra voz de moribundo al otro lado del teléfono. No obstante, al final el príncipe ha respondido: “De acuerdo, princesa, si me lo pides, y sólo si me lo pides, yo voy, te rescato y hasta te toco una teta, pero habrá condiciones. Para empezar, no vas a salir de la cocina en tu puta vida, Milady”. Ése es el panorama. ¿Pedir el rescate, España? Qué cojones vamos a pedir. Lo único que pide España es que sus secuestradores dejen de arrancarle dedos del pie como prueba de vida para Bruselas. Recorte a recorte, dedo a dedo, nos los han cortado ya casi todos. Lo que acabaremos rogando es la extremaunción cuando el encapuchado cabrón esté ya a punto de arrancarnos la p... aaasabalabra.

3) Al borde del abismo. Así estamos. De puntillas, braceando como un espantapájaros sacudido por un fuerte viento de cola en el filo mismo del precipicio. Como se comprenderá, no es cosa de planificar a medio plazo en estas circunstancias, ni de organizarse, ni de pensar, ni de nada que no sea controlar el esfínter y rogar un segundo más de vida. Al borde del abismo, que parece un nombre de peli de acción más bien chunga, quizás con Rugter Hauer o Mario Van Peebles. Ahí estamos. La subida de la prima de riesgo sitúa a España al borde del abismo. La crisis griega deja a Europa al borde del abismo. El euro, al borde del abismo por el déficit de los PIGs. La economía, al borde del abismo. La bolsa, al borde del abismo. Tu madre, al borde del abismo. Todo al borde del abismo. Hay overbooking al borde del abismo. No cabe un alfiler al borde del abismo. El promotor de la fiesta al borde del abismo ha vendido miles de entradas más de las permitidas. Y además cualquier proyección de acontecimientos más o menos racional nos lleva al mismo punto: al borde del abismo. Todo el mundo está allí o va para allá: los trabajadores, los derechos sociales y laborales, el tejido productivo, las cuentas públicas, el euro, las instituciones, la seguridad social, Europa, España, Grecia, Irlanda, Italia, la zona euro entera. En fin, que allí nos vemos todos, en las tierras del crack y del default y de otras cosas de quebrar. Ah, por cierto, que Estados Unidos también está, por supuesto, al borde del abismo. Y el diciembre que nos espera con el temita va a ser de aúpa. O sea, que si están pensando huir de al borde del abismo, sólo hay un sitio hacia el que escapar: el propio abismo.

4) Una crisis moral. Esta crisis es, ante todo, una crisis moral. Qué gran frase. Mejor aún: Esta crisis es, ante todo, una crisis de valores. Esta frase la pueden decir ustedes tanto en un sínodo episcopal como en una asamblea del 15-M, que van a quedar bien. Quien la escuche entornará los ojos y, humildemente, asentirá con la cabeza con aire contrito. Es maravillosa, vale para todo. La socialización de la culpa a través de la moral. ¿Quién no hizo algo malo durante los años de bonanza? Usted vendió su casa por un 15% más del precio por el que la compró, usted invirtió en preferentes, usted viajó a Nueva York con toda su familia, usted firmó una hipoteca sin estar totalmente seguro de que mantendría su puesto de trabajo durante toda la vida, usted se hizo una vez una pajuela en el cuarto de baño del curro, usted le miró el escote a su prima la del pueblo, usted ha faltado a misa por sistema desde que se enganchó a la Fórmula 1... Todos, ¡todos hemos hecho mal! ¿De qué sirve ponerse a ver quién ha hecho más mal y quién menos? El mal es como el pecado, se comete o no se comete, y es absoluto. ¡Ah, se siente! También, claro está, han hecho mal los evasores de impuestos por millones; los corruptores de concejales y los propios concejales corruptos; los periódicos que abandonaron la vigilancia para lanzarse a las trincheras; los constructores tipo Atila; los blanqueadores de dinero de la mafia; los gerifaltes de los partidos que blindaron sus privilegios... Esos también han hecho mal, cómo no. Igual que todo el mundo. Igualito. Ni más, ni menos. El mal no admite grados. Todos tenemos nuestra parte de culpa. La crisis es ante todo una crisis moral. Repitámoslo ante el espejo. Y, como pecadores que somos, pongamos la otra mejilla.

5) Los primeros resultados. La dinámica es ésta. El Gobierno aprueba una medida completamente contraproducente o, en el mejor de los casos, inútil. No logra ninguno de los resultados para los que se dijo concebir; muy al contrario, obra exactamente en dirección opuesta a los fines establecidos. La reforma laboral, en resumen. Entonces, contra toda evidencia, el Gobierno empieza a atisbar los primeros resultados de la medida en los posos del café. Y si no los atisba ya, los anticipa, los vaticina, los augura, los pronostica. Los primeros resultados llegarán en 2013, o 2014, o 2015. Los primeros resultados. Este relato de los primeros resultados permite desviar la atención de lo que de verdad tiene interés: los resultados definitivos, que son los que valen. Lo que solemos llamar el balance. Pero jamás llegaremos al balance porque: A) la norma será sustituida por otra antes de tener muestra suficiente para el análisis riguroso; B) los promotores de la norma serán sustituidos por otros antes de que tener muestra suficiente para el análisis riguroso. Así que mientras tanto, lo que hay que ir atisbando, o vaticinando, o pronosticando, o augurando, son los primeros resultados, indicios de esperanza, indicios de salida de la crisis, que nos permiten alejarnos del abismo. Y estos indicios se pueden acompañar de metáforas florales, coloristas, la más socorrida de las cuales es la de los brotes verdes en medio del secarral. Los brotes verdes, otra maravilla. Y otra manera de decirlo, encantadora: el paciente mejora. ¿Se han dado cuenta? Referirse a la economía, a España, como el paciente. España entra en la UVI, se suele decir. Y, cuando vemos algún brote verde, algún primer fruto o resultado, decimos que el paciente mejora. En agosto escuché en la tele que había sido “la mejor subasta de deuda desde mayo”, lo que había permitido al paciente (España) “experimentar una leve mejoría”. Leí la letra pequeña: habíamos colocado 3.532 millones al 3,2%, con la prima de riesgo cerrando en 465 puntos básicos. Un puto desastre. El paciente mejora, dijeron en la tele. Es como si a un tipo lo han apuñalado cuarenta veces en el corazón y, cuando ya está moribundo, lo empiezan a apuñalar en una mano y entonces alguien dice “¡¡eh, el paciente mejora!!”.

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