Lista 3 (I)

Diez cosas que no:

1.- Dejar de fumar. Por supuesto que hay que dejarlo. Ya lo sé. Estoy tardando. Lo que no sé es cómo no le he dejado ya. Hoy mejor que mañana, ahora mejor que luego. ¿Por qué esperar a Nochevieja, a mi cumpleaños, al lunes? Hoy mismo debería. Cada cigarro me acerca indefectiblemente a la fosa, cada día aferrado al pitillo estoy más cerca de cambiar de barrio, de entregar la cuchara, de ponerme el pijama de madera. Hay que dejarlo, está claro. Por salud, por ahorro, ¡por estética!, ¡¡por trabajo!! Porque hasta viene mal para buscar curro, y luego para mantenerlo, porque se pierde tanto tiempo con los descansos para el maldito vicio. Viene mal, ya lo sé, hasta para hacerse uno un seguro de vida. Es de irresponsables, de guarros, ¡de pobres! Apesta, amarillea los dedos y la base del bigotillo, deja mal aliento, te jode los pulmones, el estómago, la garganta, la boca... Además, tal y como dicen las cajetillas, fumar envejece la piel (aunque es cierto que se han dado extraños casos de personas no fumadoras cuya piel también ha ido envejeciendo con el paso de los años). Ya, ya, todo eso lo sé. Todo eso lo sé. Todo lo malo. El tabaco es el demonio. Pero no, no, no. No. No sé. Es que... No es que no pueda. Lo dejo cuando me dé la gana. De hecho lo he dejado ya 23 veces. Es que... me gusta. Además tampoco fumo tanto. Ni es tan malo. Mira Carrillo. Y... me gusta. Y queda bien, en el fondo, ¿no? No es que no pueda. Tampoco sé si quiero. Bueno, en el fondo sí que quiero, creo. No sé. Qué cojones, que no puedo.

2.- Creer en extraterrestres. Está clarísimo. Negar la evidencia de la existencia de extraterrestres es de obtusos, de torpes, de arrogantes, de miopes, de pobres de entendederas, o en todo casos de científicos empiristas. ¿Cómo no va a haber? Y además mucho más inteligentes que nosotros, dónde va a parar. Ya lo sé, ya lo sé. Estadísticamente, ¿cómo no va a haber? Individuos cabales, críticos, fundamentados, que se dicen agnósticos o incluso ateos, con una visión del mundo asentada en principios racionales, que quizás de chicos vieron demasiados programas de Jiménez del Oso pero poco más, de repente pierden el oremus cuando de se habla de extraterrestres (y un poco con las caras de Bélmez también lo pierden). ¿Cómo vamos a estar solos? Si ellos lo dicen... Si lo dicen los más prestigiosos astrónomos, ¿o era astrólogos?, en fin, los más prestigiosos poetas, cabalistas, raelianos y Tom Cruise, ¿cómo no va a haber? Ya sé, ya sé que no estamos hablando de monstruitos verdes, que eso son topicazos made in Hollywood, que los extraterrestres en los que cree la gente guay son "formas de vida" que quizás nosotros los humanos, tan estrechos, tan homocentristas, tan geocentristas, tan conservadores, no veríamos ni aunque las tuviéramos delante. ¡Qué diablos!, ¡es que quizás las tengamos delante ahora mismo! ¿Quién te dice que lo que creemos el universo no es más que una ladilla diminuta en un testículo de toro gigante? ¿Quién te dice, de hecho, que en las pelotillas de tu ombligo no hay un todo universal? Es todo taaan complejo. El universo es taaan grande. La Teoría de Cuerdas, las realidades paralelas, la infinitud del todo, los agujeros negros, Gibraltar. Queda tanto por saber. Podríamos ser el sueño de un mono loco. Todo eso lo sé. Pero no, no, no. No. Yo no lo veo. No sé. Me da que esto de los extraterrestres, ¡que lo respeto!, ¿eh?, es un camelo, una pollada, una idiotez para incautos. Que lo respeto, ¿eh? Yo respeto todas las creencias, por ridículas y patéticas que sean, como lo son, en general, todas menos la mía. Y eso de los extraterrestres, tan de moda, me parece a mí puerta de entrada a nuevas religiones, nuevos pastores y los rebaños de siempre. No sé, no me sale creer en eso. Además no le veo las ventajas. Me parece una forma de quitarse presión, la abrumadora presión humana de ser la única vida inteligente que existe, con la inevitable responsabilidad que eso conlleva. La única vida que existe. Solos, así estamos, solos en el universo, sin ningún ojo gigante que mire, sin ni siquiera otras formas de vida misteriosas e ignotas que compartan sin saberlo nuestro destino. Solos, completamente solos. Coño, qué miedo.

3.- Engañar a Hacienda. Ya sé que se puede intentar, ¡que se debe intentar! Poniendo aquí o quitando allá, todos tenemos derecho a probar suerte contra el avieso fisco con la ayuda de algún primo o cuñado que sepa del tema. Incluso los que estamos pillados por la nómina tenemos una oportunidad. Al fin y al cabo destrozar lo que es público es deporte nacional en España y quienes lo practican gozan del respeto y consideración generales. Todo el mundo que es alguien lo hace. Y si lo haces con suficiente insistencia y fortuna incluso te premian con una amnistía y un diez por ciento. ¿Por qué voy a ser yo el tonto? Ya, ya, todo eso lo sé. Pero no, no. No. Por civismo, por patriotismo. ¡Hacienda es un deber! ¿Dónde queda la ética, dónde la moral? ¿Qué clase de mundo dejaremos a nuestros hijos si vamos por ahí preguntando "con IVA o sin IVA"? ¿Cómo financiamos la sanidad, la educación, la justicia, los transportes, las pensiones y sobre todo los rescates bancarios de las generaciones venideras si todos evadimos impuestos? No, no, eso no es para mí. Engañar a Hacienda es robar. Y eso jamás. Además, y sobre todo, ¿y si me cogen?

4.- Comer setas (alucinógenas). Ya lo sé que mola. Me lo ha dicho mucha gente. Gente con criterio, con buen gusto, formada, instruida, sin apenas lesiones cerebrales. Un viaje revelador, un acercamiento a las simas de nuestro propio ser, dicen mis colegas existencialistas. Un descojone, dicen los normales. Ideal entre amigos, las setas no deberían faltar en ninguna fiesta campera ni cumpleaños adolescente. Si yo lo sé. Que es una pena pasar por este valle de lágrimas sin echarle un vistacito al abismo interior, a la Fosa de las Marianas del subconsciente. Y para eso nada como una tarde de monguis. Si ya lo sé, lo sé. Me hago cargo. Que si ves dragones, que si adquieres oído felino, que si recuerdas exactamente el momento de tu nacimiento, que si te conviertes en una gárgola de Notre-Damme, que si te pierdes con el pelotazo y acabas durmiendo en una escombrera del extrarradio abrazado a lo que parece ser un lémur mágico. Admito que el anecdotario asociado a las setas es rico, variado y estimulante. Pero no, no. No, no y no. Me da, no sé cómo decirlo, me da miedo. Miedo no, respeto. Como las viejas con el agua de la playa. Mejor no entrar ahí. Las setas, servidor, en caldereta.

5.- Decir lo que uno piensa. Es lo suyo. La sinceridad. Un valor irrenunciable. Hay que decir las cosas a las claras y a la cara. Las verdades del barquero. Si yo lo sé que es lo suyo, que lo demás son tonterías. Decir lo que uno piensa es de gente de bien, de gente que no se achanta, que va por la vida con la cabeza alta. Pum, pum y pum. Esto es lo que hay, como las lentejas. Si te gustan bien, y si no... Además decir lo que uno piensa previene las úlceras, que permite estar en paz contigo mismo y con los demás, sobre todo contigo mismo. Y ayuda a dormir a pierna suelta. No puede uno guardárselo dentro, que luego vienen los tumores, en serio. Ya lo sé. Hay que ser claro. Soltar las cosas como vienen, como los concursantes de Gran Hermano. Primero decir, luego pensar. Si lo piensas, acabas mintiendo. La diplomacia es un eufemismo para no decir la mentira. Sobra la hipocresía. Si todos dijéramos lo que pensamos, el mundo sería un sitio mucho más habitable. Eso lo sé, lo sé. Pero es que... No, no. Definitivamente no. No digo lo que pienso, no. Aunque aquí voy a hacer una excepción. Para explicarlo brevemente. No digo lo que pienso, y esta es la puta verdad, porque ni a mí me iba a gustar decirlo ni, sobre todo, a ti te iba a gustar escucharlo.

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Publicado el
3 de noviembre de 2012 - 17:25 h
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