Pedro Sánchez: el viaje del 'héroe' y el abismo andaluz

Imagen de archivo de Pedro Sánchez con Juan Pablo Durán | MADERO CUBERO

"Está completamente ido. Ha perdido el juicio. Empieza a dar pena". A principios de 2017, poco antes de un acto de partido, un muy alto dirigente del PSOE andaluz me hablaba en esos términos de Pedro Sánchez. El hoy flamante nuevo presidente del Gobierno llevaba por entonces tres meses defenestrado por sus propios compañeros de siglas. Y entre quienes le empujaron se encontraba mi interlocutor.

Ni el alto cargo socialista ni yo mismo nos percatamos de que Sánchez había comenzado, casi en solitario, un viaje que se ha tornado en ejemplo viviente de lo que el antropólogo estadounidense Joseph Campbell definió en su ensayo El hombre de las mil caras como el monomito. Este término hace referencia al tronco común que comparten todas las mitologías universales: una serie de trances que los héroes sufren de forma similar en todas las culturas, independientemente de su momento histórico o su ubicación geográfica.

El viaje del héroe siempre supone una transformación profunda de quien lo protagoniza. Sus distintas etapas están inexorablemente marcadas por traiciones en abismos insondables, muertes irremediables y resurrecciones catárticas e imposibles. Un trayecto de ida que guarda en su seno un regreso, una expiación y un triunfo final, a pesar de las heridas y los traumas.

No son pocas las cicatrices que atesora Pedro Sánchez. Antes de ser virtualmente arrojado por una de las ventanas de Ferraz, muchas -y las más certeras- puñaladas que recibió por la espalda el 1 de octubre de 2016 fueron asestadas con todo el arte -y la mejor tradición cainita- que los socialistas andaluces atesoran. De esta forma, el PSOE andaluz cumplió inconscientemente con el perfecto arquetipo del mayor enemigo del protagonista: aquel al que primero cobija, luego aúpa y finalmente trata de liquidar.

Sumido en su propio universo de cuatro décadas de gobierno, los socialistas andaluces han creado una cuidada escuela política de sonrisa, beso y abrazo que resuelve sus problemas con un acero de mango corto. Puñal de los que no ves venir, pero lo suficientemente cercano para identificar el aliento de quien te lo clava mientras te dice al oído "Pedro, cariño". Una manera de entender la res publica que tiene su máximo exponente en la presidenta de la Junta y secretaria general socialista en Andalucía, Susana Díaz.

Como en las sagas más predecibles, Díaz ordenó a los suyos que acabasen políticamente con Sánchez. Y así hicieron, aunque con más focos y cámaras de lo que sus huestes están acostumbradas. No fue un trabajo limpio ni rápido pero supuso la forja imprescindible del futuro héroe al que querían hacer desaparecer. Por eso, la figura del hoy presidente del Gobierno no podría entenderse sin ese empujón cercano y políticamente homicida de sus compañeros andaluces.

Sin querer, Susana Díaz buscó su propia derrota al ordenar el fin de Sánchez y animarle indirectamente a reanudar su viaje iniciático a lomos de un Peugeot 407. Un tránsito que supondría encontrarse de nuevo las caras en mayo de 2017 en unas Primarias que ganó holgadamente el madrileño frente a la mismísima sevillana, a pesar de estar apoyada por toda la maquinaria del aparato del partido y sus correas de transmisión mediáticas. De alguna forma, Sánchez no es sino la criatura, la obra, de Díaz.

Relatos épicos similares nos acompañan desde siempre: la cultura sumeria lo registró por primera vez por escrito hace cuatro milenios con el poema de Gilgamesh. El trance se ha repetido siguiendo parecido esquema en personajes como Moisés, Odiseo (Ulises), Jasón, El Cid, Luke Skywalker, Bilbo Bolsón o el Neo de Matrix.

Por eso, cuando fuera de la ficción uno se encuentra con una historia pautada de la misma forma -llamada a la aventura; inicio del viaje; retos y tentaciones; abismo, muerte, resurrección y catársis; transformación, revelación y regreso- no deja de sonreír por dentro al identificar perfectamente la melodía. Y eso mismo ocurre en el momentáneo cierre de cuento que supone la llegada, contra todo pronóstico, de Sánchez a La Moncloa.

Pero todo buen relato tiene otros muchos dentro y, a su vez, forma parte de uno mayor. El viaje de Sánchez no ha terminado. De hecho, muchos apuntan a que está conclusión no es sino un cliffhanger de final de temporada para mantenernos atentos a la siguiente, que promete ser salvaje.

Los colegas de sonrisa y puñal afilado vuelven a palmear la espalda del hoy presidente -tal vez buscando el lugar idóneo para ensartárselo de nuevo-; los inesperados compañeros -independentistas, nacionalistas y Podemos- desconfían entre aplausos; la cabeza cortada del presidente Mariano Rajoy amenaza con seguir convirtiendo en estatua -cual Medusa- a todo aquel que ose cuestionarla; y Ciudadanos busca convertirse de nuevo en protagonista, envuelto en una bandera, tras ser relegado a incómodo secundario.

Veremos qué nos depara el próximo episodio.

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3 de junio de 2018 - 13:54 h
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