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“¡Es la empatía, estúpido!”

Una multitud inunda la plaza de la Corredera el 8 de marzo | TONI BLANCO

Manuel J. Albert

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Es irónico que el mismo ministro franquista que en los años sesenta pronunció la memorable frase La calle es mía acabase fundando un partido en la transición cuyo heredero directo haya sabido, involuntariamente, aglutinar de manera transversal a millones de españoles manifestándose allí mismo: en la calle.

La del 8 de marzo fue solo el último ejemplo de una serie larga de convocatorias que, para desgracia de Mariano Rajoy, no han salido para celebrar logros del Ejecutivo, sino con ánimo de exigir reivindicaciones sociales laminadas durante años de políticas basadas en logros macroeconómicos obtenidos a costa de las clases medias y los ciudadanos más expuestos a la desigualdad económica y social: mujeres, jóvenes, mayores, desempleados...

Con este panorama no extraña que las pancartas que nos hemos acostumbrado a ver tengan como protagonista a los derechos de la mujer, la permanencia de un sistema público y justo de pensiones, la sanidad universal y la garantía de vivienda asequible para todos. Pero desde 2011, todas las convocatorias han chocado con un muro que el PP ha levantado con indiferencia y absoluta falta de empatía.

¿Hasta hoy? El gesto de los ministros y de los máximos responsables del partido ha cambiado. 2018 marca el ecuador de la segunda legislatura de Rajoy y el desgaste es evidente. La ausencia de políticas sociales empieza a pasar factura al Partido Popular por la izquierda justo cuando una formación parece cimentarse a su derecha como alternativa de gobierno. Incluso Ciudadanos ha visto las orejas al lobo y trata de barnizar su ideario ultraliberal con una pátina que al menos recuerde a la socialdemocracia. Su adhesión en el último minuto a las marchas feministas del Día de la Mujer puede que sea el primer ejemplo de lo que está por venir.

El PP se ha asustado. En cifras globales, los dos grupos sociales que ocupan estos días la calle -mujeres y mayores- suman mucho más de la mitad de la población y lo que es peor para el Partido Popular, ambos han sido granero tradicional de votos de la derecha. Y ahora en el partido se teme que el silo se esté vaciando por unas juntas reventadas a base de apretar sin cesar las tuercas del país.

Con este panorama, el Gobierno puede que no tenga suficiente con estrategias retóricas. Una de ellas es un clásico político: diluir la reivindicación sumándose en tropel a eslóganes y colectivos. De manera milagrosa, cual caída del caballo camino de Damasco, Rafael Hernando y Andrea Levy (PP) se definieron a sí mismos el 9 de marzo como feministas. El detalle, por hilarante, refuerza la duda de si será suficiente.

¿Puede un viraje político que no cristalice en políticas -y sobre todo en partidas económicas- reales detener la sangría de votos del PP? Lo veremos en los próximos meses. Mientras, el pulso en la calle parece que va a seguir. Ahora es el turno de los pensionistas. Y en el horizonte cercano más colectivos se preparan para tomar la calle. ¿Se acuerdan de las familias con dependientes a su cargo? Pues la calle también es de ellos.

De la misma forma que Bill Clinton recordó en 1992 y a las puertas de la Casa Blanca que su inminente primera victoria se debía a la mala marcha de la economía estadounidense -“¡The economy, stupid!”, le espetó al saliente presidente George Bush (padre)- algunos en el PP empiezan a sospechar que en su caso la frase que marque su desalojo de Moncloa puede cambiar en solo una palabra: “¡La empatía, estúpido!”

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