Semana Santa

Rozamos abril, y eso, según marque la Luna, significan dos o tres cosas, la primera, que la flor del naranjo anda a punto de empalagar las ya muy empalagosas plumas de los numerosos gongorinos de Córdoba, de los que alaban hasta las cagadas que brillan en los lomos del caballo de las Tendillas. La otra, que en breve el Sol tardará en marchar más de lo normal como por arte de magia, en el tránsito que durante la madrugada del sábado al domingo del último fin de semana de marzo, tiene a bien devolvernos una hora más de vida que perdemos mientras aún retozamos en la cama. La tercera, que desde el domingo miles de personas se darán el gran atracón anual de pipas, salaillos y cacahuetes en la gran pasarela del barroco andaluz que es la Semana Santa.

Como siempre, según llegan estos días que anteceden al Viernes de Dolores, desde el mundo cofrade se va virando el ojo derecho hacia todo lo que tenga que ver con información meteorológica. La antesala de la Semana de Pasión tiende a ser un calvario de espera e indefinición, propia al tiempo loco e impredecible que marca la dinámica atmosférica de comienzos de primavera. El cofrade mata el día actualizando la previsión del tiempo a la hora exacta en que la primera cruz de guía deba hacer aparición. Compara pronósticos con la misma avidez que un corredor de bolsa revisa el estado del Dow Jones. Tiembla y maldice con cada nubarrón que asoma por el balcón, y con cada bandazo que en el pronóstico meteorológico devuelve nubes donde antes ponía sol.

Un ritual que ya es casi tan propio a la Semana Santa como el freír torrijas, cagarse en San Pedro y en sus representantes en Tierra, los hombres y mujeres del tiempo. El Tiempo, así con mayúscula, se convierte casi en cuestión de Estado por cosas del turismo, y de un buen o mal pronóstico dependerán ilusiones, alegrías y hasta puntos del PIB nacional. El meteorólogo tiende a tenerlo complicado en estos días en que la atmósfera es un puñetero mejunje en ebullición, en que se conjuga la fría humedad que nos llega del desmantelamiento ártico con un Sol que ya va teniendo más que cierto poderío en la vertical del horizonte. Casi siempre, la función de predecir el tiempo se conjuga en condicional compuesto, como una suerte de "puede qué", "a lo mejor es" o "yo no dije eso", en que vaticinar el tiempo que hará en una o dos horas requiere prodigio y cierto malabarismo.

Pero afortunadamente, existen años en que la estadística quiere romper su propia norma con aquello de los extremos, devolviendo semanas enteras de estos extraños tránsitos primaverales con cielos claros entre el alfa y el omega. Este que enfilamos, todo parece indicar, podría ser uno de ellos. Los días de lluvia torrencial que hemos disfrutado han servido para calmar en algo los suelos y refrescar el ambiente recordando que hace dos días era invierno, pero quiera que desde mañana el anticiclón de las Azores vaya a ganar terreno sobre la Península Ibérica y quedarse anclado, al menos hasta mediados de la semana que viene, sobre la misma vertical de Andalucía. Esto, para el cofrade y el que vende bocadillos en el Realejo, es toda una alegría porque traducido al español-cofrade viene a significar un "ar sielo con ella".

Salvo catástrofe las calles se llenarán, como cada año, de aroma a incienso, naranjos en flor y aceras con dueño. El que empieza mañana promete ser un viaje bastante plácido para los que informen sobre el tiempo, en cuanto que será el Sol quien domine los cielos, dejando temperaturas de las que invitan al manso paseo y refrescar el gaznate de vez en cuando. Una alegría para el PIB local, para quienes se animen a montar barras de bar o tengan camas de alquiler, una semana, al fin, de lo más primaveral.

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25 de marzo de 2015 - 07:00 h