Caracoles

Hace un par de años, despedíamos el invierno meteorológico, que tiene la dicha de coincidir con el día de Andalucía, con una más que interesante nevada en cotas bajas del sur peninsular, que vio copear sobre la Mezquita y tiñó de blanco más allá de la Aduana. Hace unos días celebrábamos de nuevo festividad, de la andaluza y de la que despide las nieves, y tuvimos el primer día de manga corta de una primavera que los que nacimos en Córdoba ya sabemos que va llegando para quedarse. El mismo viernes, como por arte de magia, uno de esos indicadores que alteran el pulso cordobita, vino a sembrar la ciudad de puestos callejeros para la venta de caracoles, una de tantas singularidades cordobesas que vestidas adecuadamente darían a la ciudad el sello personal que tantas campañas turísticas fabrican ex novo para aumentar la ratio de pernoctaciones de hotel.

El puesto de caracoles mantiene aún hoy esa esencia de antaño, cierto aroma a ranciedad y tradiciones de las de verdad, un santuario vivo de auténtica costumbre que nos sitúa en el mapa de la gastronomía cultural, viva mientras la modernez gastrofriki no haga suya la cosa de vender gasterópodos en vasos de diseño. Pocos lugares en el mundo tendrán el honor de acompañar el paso hasta el verano de la alegre sinfonía del churrepeteo justo al caer el Sol, una añeja costumbre que se convierte en delicia para quienes lejos de la modernez que todo lo inunda, añoramos lo sórdido como bien de interés cultural.

El paso de los días por la ciudad, lejos del cacareo electoral que pretende alejar al cordobés de las cosas importantes de verdad, empieza a acompañar el paseo de días largos y suavidad en el mercurio. Cerrada la jornada, al calor del anticiclón de las Azores, el cordobés desalmorrana la nalga y sale al paseo, imaginando los dos o tres meses en que la bondad meteorológica tiene a bien dedicar a la ciudad, dirigiendo sus pasos hasta el ritual ancestral de combinar baba, caldo y zumo de cebada en fino vaso aforado con una silueta sólo reconocible en los tebeos de Mortadelo.

Y es que aún acabando de comenzar marzo, ya se atisba un inicio de primavera de los que invitan a guardar el abrigo en el armario. La nevera ártica, todavía hoy bien parapetada, parece querer dejar los descuelgues para más allá de la primera quincena del mes, dominando estas primeras semanas las altas presiones sobre nuestra vertical, que además de la estabilidad en el cielo nos viene trayendo un adelanto  que bien se esperaba tras uno de los inviernos con mayor número de heladas matutinas que se recuerden por aquí.

El dibujo para los siguientes días no debería cambiar demasiado, salvo algún bajón puntual en las temperaturas, y tendría que acompañar lo que entendemos por buen tiempo al cambio de estación. Sol, días largos y caracoles con picantón, y cerveza, siempre.

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4 de marzo de 2015 - 07:00 h
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