En caso de duda, las viejas, siempre
Hablemos del tema de las ciudades amigables. Con este término nos referimos a aquellas ciudades que se han parado a reflexionar acerca de la diversidad de necesidades de las personas que la habitan, por supuesto, pero fundamentalmente aquellas que llevan a cabo políticas activas a favor de las personas mayores. Urbes en las que se proyecta para hacer más amable el día a día de este enorme sector de la ciudadanía. Yo me pregunto ¿cómo lo entendemos en una ciudad como la nuestra en la que cuando salimos a la calle la hostilidad es la norma y el deambular cotidiano de los seres con diversidad de necesidades se convierte en una yinkana?
Una ciudad es un lugar donde compartimos la vida personas de diferentes y múltiples condiciones. Esta es una evidencia que no necesita demostración. Por esta razón se debería tener una mirada caleidoscópica hacia los habitantes diversos de manera que todos y todas, con y sin diversidades, vivamos en ella lo mejor posible.
En la ciudad moderna, un colectivo numeroso y significativo lo constituimos la población mayor, mujeres y hombres de más de 70 años que la habitamos en el sentido más pleno de la palabra, nos desplazamos por ella y participamos de la vida cultural, social, lúdica, económica, de forma bastante activa. La urbe está habitada por hombres y mujeres mayores que consumen ―seguramente mucho más que otros sectores de la población― que leen, van al cine, al teatro y a las conferencias y que ocupan los restaurantes y bares. Están llenas de viejas y viejos que arrastran carros de compra, carritos de criaturas o andadores propios, pero tropiezan con los malditos adoquines disuasorios y tienen que sortear las alteraciones del acerado descuidado. Personas frágiles que no encuentran una sombra en su recorrido y menos aún un banco sombreado donde sentarse a descansar en una ciudad como la nuestra en la que el calor insoportable es la norma de junio a septiembre.
Pienso en las pequeñas hostilidades que nos tienen preparadas las normativas de manera que cuando vamos a tomar el autobús nos encontramos con que el conductor no espera los treinta segundos necesarios para que andador y vieja lleguen a la puerta de acceso, que se cierra en sus narices. Ante semejante agravio ―escenificado en diversas situaciones: cuando el autobús no espera a que llegues aunque te vea corriendo; cuando no te abre porque acaba de cerrar y eso le han dicho que haga― me pregunto ¿son más importantes las normas que las personas?
Una ciudad amigable con la vejez facilita el ascenso y descenso del autobús no sólo en las paradas oficiales, sino también en otros momentos en que una viejales solicita subir o bajar, por el mero hecho de que se encuentra más cerca de la puerta de su casa o porque es ahí, justamente, donde necesita apearse o subir. ¿No debería ser esta una buena práctica sobre la que debería reflexionar y actuar en consecuencia Aucorsa?
Una ciudad amable con las personas mayores debería disponer de un equipo de personas únicamente dedicadas a pensar en cómo facilitar la vida de esta numerosa población, con ganas de marcha ciudadana, que, sin embargo, se encuentra con numerosos obstáculos y pequeñas puñetas que amargan su salida a la calle y en consecuencia su vida de ciudadan@s.
En caso de duda, siempre a favor de l@s viej@s.
Sobre este blog
Soy una barcelonesa trasplantada a Córdoba, donde vivo creyendo ser gaditana. Letraherida, cinéfila aficionada, cultureta desde chica, más despistada y simple de lo que aparento y, por lo tanto, una pizca impertinente, según decía mi madre. Desde antes de tener canas, dedico buena parte de mi tiempo a pensar y escribir sobre el envejecer, que deseo armonioso. Soy una feminista de la rama fresca. Yo, de mayor, vieja.
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