DTF St. Louis: la bondad de los vínculos
En las semanas de locura futbolera y de calor en femenino, la que ya no cabe en la fugacidad de las olas, he buscado refugio en narraciones que, desde la pantalla, me permiten seguir cuestionándome y cuestionar el mundo en el que vivimos. Una búsqueda cada vez más complicada en un mercado saturado de productos de usar y tirar, de fórmulas exitosas repetidas y de segundas y terceras temporadas que pretenden reclamar la atención de espectadores cautivos. Supongo que como os pasa a muchos, cada vez paso más tiempo recorriendo la oferta de plataformas sin encontrar una historia que me zarandee. Con frecuencia no me queda más remedio que revisitar clásicos o adentrarme en alguna rareza que solo a veces, muy pocas veces, se transforma en agradable sorpresa.
Fue hace unos meses cuando mi querida y admirada Lola López-Mondéjar me puso sobre la pista de la serie DTF St. Louis. Me la recomendó con entusiasmo y le agradecí que no me adelantara ni un fragmento del relato. Al fin, en estos días de frenesí rojo y blanco he tenido la fortuna de disfrutar de la miniserie de Steve Conrad que, como tantas otras, parte de una muerte pero que, a diferencia de la mayoría, nos lleva por territorios inexplorados. El singular triángulo que componen dos hombres y la mujer de uno de ellos es el marco de siete episodios en los que nos vamos adentrando en los secretos, en los deseos y en las fragilidades de unos sujetos de mediana edad en un mundo, este en el que nos ha tocado vivir, en el que como bien explica Lola López-Mondéjar, huimos de la fricción que suponen los vínculos.
Uno de los mayores aciertos de esta serie, cuyo título hace referencia a una aplicación de encuentros sexuales en la ciudad de St. Louis, es que se inserta perfectamente en la geografía de esta época de soledades y expectativas frustradas, de aislamiento y de precariedades múltiples, incluidas también las emocionales. Un momento histórico en el que, por ejemplo, hemos abandonado la conversación entre los sexos y sobre el sexo, en una incesante búsqueda de ese imposible que es el goce de los acontecimientos. Un contexto espacial y temporal en el que muy especialmente los hombres, y sobre todo los que estamos en torno a las edades de los dos protagonistas, andamos desubicados, a la deriva, ante la progresiva pérdida de un estatus que nos vendió la ficción de la omnipotente virilidad. Frente a ese modelo, el personaje de Floyd- un magistral David Harbour – emerge como la antítesis, como la representación posible de un hombre bondadoso y tierno, más pendiente de las necesidades y el bienestar de los demás que de las suyas propias, paradójicamente “lastrado” por una impotencia sexual y por un físico no normativo pero capaz de atesorar justamente las capacidades que nos permiten la conexión con los otros. Un hombre que baila y que abraza y con el que Clark, el tipo supuestamente exitoso de la ecuación, y al que interpreta un impecable Jason Bateman, entabla una relación singular, a años luz de las que habitualmente construimos los tíos entre nosotros, hecha de cuerpo y afectos, de reconocimiento en las debilidades y complicidad en la búsqueda de una posible felicidad. Una relación en calzoncillos, como comprobamos en esa maravillosa escena en la que ambos bailan en lo que podría ser una bellísima escenificación del deseo entendido como salida de uno mismo para ser de alguna forma parte de otro.
De esta manera, DTF St. Louis nos ofrece uno de los más hermosos retratos que yo recuerde de una “masculinidad otra”, de un vínculo entre hombres que rebasa los estrechos límites de lo normativo y que se libera de jaulas, que nos reconcilia con esa voz humana, de la que habla en su último libro Carole Gilligan, que es la opuesta a la que trata de imponer un orden patriarcal, androcentrado y violento. Ese que también está jodiendo al hijastro de Floyd y al que éste trata de recuperar con los lazos de quién aprende con el corazón en la mano.
La estupenda serie que se puede ver en HBO, y que justamente ha recibido 8 nominaciones a los Emmy, nos habla de las rarezas que somos – “nadie es normal, aunque a simple vista nadie nos demos cuenta” - , de la superioridad del fluir sobre el follar, del querer de forma compleja, de cómo sentirse a salvo cuando te acoge la bondad de un extraño que acaba convertido en razón de tu existencia.
DTF St. Louis, en cuyo interior encontramos otros muchos hilos de los que tirar en lo que supone una honda descripción de tipos humanos que no saben bien cómo enfrentarse a la vulnerabilidad, y que como le sucede a la pareja de policías que investigan el caso (la brillante Joy Sunday y el magnífico Richard Jenkins), deben desmontar los relatos y desmontarse a sí mismos para entender, mínimamente, la naturaleza humana. Esa que al hijastro de Lloyd lo tiene atrapada entre la ira que le generan sus vacíos y la necesidad de, como chico raro, saberse reconocido.
En uno de los muchos diálogos hermosísimos de la serie, Lloyd califica a su amigo Clark como “rayo de sol”, a lo que éste le responde que es un “gran corazón de oro”. En esas dos imágenes se resume la belleza de esta miniserie en el que, a diferencia de lo que hemos visto estos días en el mundo futbolero, o de lo que en general nos vende el optimismo cruel del neoliberalismo, es posible que dos hombres se abracen y se consuelen, se quieran de forma compleja y, al fin, se sientan a salvo, tan lejos de los carteles que los reclamaban como paradigmas del éxito. Toda una lección sobre cómo, aunque puede parecernos cursi o utópico, o ambas cosas a la vez, la bondad de los vínculos puede salvarnos.
Sobre este blog
Padre imperfecto, primo hermano de Orlando, feminista en construcción, jurista nómada, cinéfilo “aguafiestas”, además de egabrense y catedrático de la UCO. Llevo años estudiando desde el punto de vista jurídico, pero no solo, los problemas y los dilemas de la igualdad. He publicado libros como El hombre que no deberíamos ser, Autorretrato de un macho disidente o John Wayne que estás en los cielos. Empeñado en mirar con lentes feministas, a lo Siri Hustvedt, la realidad y su reflejo en las pantallas, me quedé tocado cuando vi Thelma y Louise en el Cine Isabel la Católica.
Todavía hoy, mientras releo a Virginia Woolf, sueño con escribir un final distinto para la historia. Mientras llega ese happy end, no dejo de ver películas en las que busco las respuestas que no me ofrecen ni el Derecho ni Boyero. Imaginando un mundo con menos palomitas y más conversación.
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