'Iván y Hadoum': Los cuerpos atravesados
En una época en la que se ha hecho tan frecuente hablar de vulnerabilidad, me temo que tal vez para esquivar la potencia política de términos como subordinación o desigualdad, pareciera, sin embargo, que el frenesí de los discursos y la aceleración comunicativa nos impidieran darnos cuenta de que todas y todos somos seres corpóreos y, por tanto, crepusculares, inacabados, siempre en tránsito. De ahí que todos los procesos de exclusión social atraviesen justamente los cuerpos y se traduzcan en heridas que, desde lo físico y lo emocional, acaban teniendo la radicalidad propia de lo político. Quizás ante la furia de las identidades trinchera hemos ido prescindiendo, o como mínimo situando en un lugar secundario, la experiencia brutal que supone saberse un sujeto con las alas más cortas o, dicho de otra manera, con la dignidad en entredicho. Una realidad que, por cierto, deberíamos tener presente ante un próximo 28 de junio que no debería olvidar que tanto la vindicación como la celebración pasa por los cuerpos múltiples e imperfectos. O sea, lo más opuesto a las demandas crueles de felicidad con que el mercado, también el de la diversidad, nos nubla la mente.
De todo ello nos habla uno de los debuts cinematográficos más reveladores de la temporada. Me refiero a Iván y Hadoum, el primer largometraje del almeriense Ian de la Rosa, que cuando era adolescente, y se llamaba Rosa, ya les dijo a sus padres que quería ser director de cine. La película, que tan facilonamente podríamos explicar como una suerte de Romeo y Julieta en la Almería de los invernaderos, tiene la gran virtud de mostrarnos esa parte de la realidad que no solemos mirar, incluso me atrevería a decir que nos molesta mirar, y que tiene que ver con las condiciones de precariedad que genera un sistema que, atravesado por las jerarquías de clase y por el orden binario de género, provoca exclusiones y sitúa a muchos sujetos al borde de la dignidad. La historia de amor entre Iván, un chico trans, convertido a su vez en el “hombre de su casa”, con toda la carga de sostén que eso tiene en un mundo todavía patriarcal, y Hadoum, la joven hispano-marroquí que no se conforma con las cartas marcadas para ella, nos lleva de la mano por territorios sobre los que, privilegiados, a veces sentamos cátedra sin ton ni son. Esa, supongo que para muchos, “extraña pareja”, nos interpela, sin necesidad de subrayados didácticos, sobre la práctica del pluralismo de cuerpos, deseos y opciones. En un mundo en el que, más allá de las conquistas formales que se traducen, con suerte, en leyes, la efectividad de los derechos depende del disfrute de unas condiciones socio-económicas y culturales que sostengan nuestra autonomía. En este sentido, el periplo de Iván y Hadoum es la historia de ese proceso de conquista de su autonomía para, desde ella, ser capaces de manejar el timón de sus vidas. Una autonomía que siempre es relacional y que, por tanto, está condicionada por los entornos familiares, las culturas de referencia y, por supuesto, la posesión de los recursos necesarios para escapar de las dependencias.
Además de mostrarnos una realidad todavía escasamente visible en el cine, la de las masculinidades trans, Ian de la Rosa es valiente en su apuesta por hacer cine “social”, una etiqueta que no siempre se traduce en narraciones capaces de elevarse por encima de lo documental, al tiempo que cuida con mimo esos “pequeños” espacios – como los que representan las familias de los dos protagonistas – que tan bien nos explican cómo nuestra autopercepción es siempre parte de una realidad colectiva. Y, todo ello, claro, en ese entorno casi mágico que es siempre Almería, el Sur tan ignorado de Agustín Gómez Arcos, y no solo desde el punto de vista de los mares de plástico o de las soledades del desierto, sino también de ese mar y esas rocas en las que los cuerpos, los cuerpos de Iván y Hadoum, nos muestran cicatrices y posibilidades, deseo y ternura. Un espejo frente al que evidenciar que la normalidad siempre es un ejercicio de furia del poderoso y, en paralelo, un refugio para que quienes nos creemos ilusamente a salvo de la hermosa vulnerabilidad que nos define.
Sobre este blog
Padre imperfecto, primo hermano de Orlando, feminista en construcción, jurista nómada, cinéfilo “aguafiestas”, además de egabrense y catedrático de la UCO. Llevo años estudiando desde el punto de vista jurídico, pero no solo, los problemas y los dilemas de la igualdad. He publicado libros como El hombre que no deberíamos ser, Autorretrato de un macho disidente o John Wayne que estás en los cielos. Empeñado en mirar con lentes feministas, a lo Siri Hustvedt, la realidad y su reflejo en las pantallas, me quedé tocado cuando vi Thelma y Louise en el Cine Isabel la Católica.
Todavía hoy, mientras releo a Virginia Woolf, sueño con escribir un final distinto para la historia. Mientras llega ese happy end, no dejo de ver películas en las que busco las respuestas que no me ofrecen ni el Derecho ni Boyero. Imaginando un mundo con menos palomitas y más conversación.
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